Cada vez que respires
(Every breath you take)


Por
Altair
Letra original de Sting

Para Dey, por decirme “¡Tienes que escribir esa historia!” cuando se me ocurrió la idea, y para Esme, por dibujarme *ese* regalo de cumpleaños.

Nota: Mi primer fanfic slash, lleno de clichés, pero aun así con un lugarcito especial en mi corazón.

Cada vez que respires
Cada vez que te muevas
Cada vez que rompas un lazo
Cada vez que des un paso
Te estaré observando



Tuvo que devolverle la mirada para que comprendiera que se había quedado viéndolo, aún cuando no habían pronunciado palabra alguna en un rato. Y al enfrentarse con sus ojos azules, su reacción natural fue apartar la vista de inmediato.
Originalmente, lo que Remus había estado observando era el pergamino sobre el que Sirius escribía. Estaba lleno de cálculos sobre horas, días y posiciones estelares, extraídos de varios libros de Astronomía Aplicada que había sobre la mesa. Sirius había estado comparando sus cálculos con los que se mostraban en el facsímil del Tratado de Animagia que James había extraído de la biblioteca; a veces se auxiliaba con un astrolabio, pero por lo general hacía la cuenta con sus propios dedos. Un sólo error y tenía que tomar otro pergamino y volver a comenzar. Pero en contraste con el carácter a veces explosivo de Black, no se había quejado, gruñido o lamentado ni una sola vez.
Cualquiera que lo hubiera visto pensaría que era tarea, pero Lupin estaba mejor informado. Sirius estaba preparando una tabla astronómica para algo mucho más importante que un reporte escolar. Tenía que hacer los cálculos sobre los días en que se llevarían a cabo diversas etapas del ritual que los convertiría a James, Peter y él en animagos. Y si de ordinario era una labor compleja, el hecho de que tuvieran que programarlo para acompañar a Peter en los procesos más difíciles (esto es, procurar que no cayeran en vacaciones) no lo hacía más sencillo.
Y todo lo estaban haciendo por él. Su amigo, el licántropo. Con tal de acompañarlo en las noches de Luna Llena. La parte controlada que había desarrollado desde joven le decía que debía detenerlos y evitar que expusieran sus vidas de esa forma. Pero la parte de él que había estado sola desde los cinco años ansiaba que ya llegara el día del ritual.
Además, de nada serviría intentar disuadirlos. James sentía fascinación hacia todo lo relacionado con transfiguraciones. Peter haría cualquier cosa por ellos. Y Sirius, por algún motivo, estaba más que entusiasmado ante el proyecto.
Remus había empezado mirando los signos que, con tinta negra, Sirius escribía sobre el pergamino. Pero no pudo detenerse en ellos, incluso aunque su voluntad no había estado de acuerdo. Pronto había estado viendo las manos de Black y reparando en que, a pesar de la agilidad con que se movían, estaban muy lastimadas. Sus dedos mostraban quemaduras obtenidas en Pociones, cortadas obtenidas en Transfiguraciones, una ampolla obtenida en Herbología y un moretón en la muñeca obtenido durante un improvisado juego de Quidditch. Y aún así, sin que les prestara cuidado alguno, Sirius tenía unas manos bonitas; fuertes a la hora de golpear a alguien, suaves a la hora de consolar a un amigo.
De ahí, y todavía sin darse cuenta de lo que hacía, Remus pasó a la parte del pecho de Sirius que dejaba ver la mesa frente a la cual trabajaba. Cubierto en su totalidad por la túnica de Hogwarts, subía y bajaba rítmicamente, a menos de que su amigo contuviera la respiración al encontrarse con algún problema demasiado grande, para luego expulsarla de golpe al detectar un error o encontrar la respuesta, daba igual. En esos momentos, a su mano izquierda le daba por tamborilear sobre la mesa, y de ahí Remus había pasado a su siguiente punto de observación.
Porque cuando Sirius comenzaba a perder la paciencia, dejaba escapar un resoplido de entre sus labios que le apartaba un mechón de cabello del rostro. Tenía un cabello envidiable, negro y muy brillante. A pesar de las ocasionales protestas de la profesora McGonagall, le caía hasta los hombros, a veces un poco más abajo. Se lo ataba cuando jugaba Quidditch o tenía clase de Pociones, y en esas ocasiones Remus (y quien fuera) podía ver mejor su rostro.
Justo como en esa ocasión había visto sus labios, fruncidos antes los mayores problemas, su nariz ligeramente ganchuda, sus ojos fijos en el pergamino. Ojos azules, casi transparentes. Como el cielo de día, lejos de la Luna.
Y entonces esos ojos habían abandonado el pergamino. Y se habían encontrado con los suyos.
Remus sabía que, de haber sido James o Peter, habría dicho algo. Pero por algún motivo, apartó la vista sin decir nada. No había pensado en algo en específico. Había sentido algo.
Y los sentimientos no se explican. Se justifican, pero no se explican.
Era solamente gratitud, se dijo. Gratitud hacia uno de los pocos amigos que tenía. Que sabía lo que era, que no lo había rechazado. Que iba a arriesgar su vida por él.
La gran pregunta era por qué no sentía lo mismo hacia James o hacia Peter.
Por fortuna, no se sonrojaba. Desde los cinco años, se acostumbró a que todos lo vieran con recelo y había dejado de sonrojarse. Así que mejor devolvió la vista al libro que había estado leyendo.
No volvió a alzarla.
Pero de haberlo hecho, habría descubierto que Sirius lo estaba observando.
Quizá habría descubierto que reparaba, primero, en la novela que leía. Que luego alzaba la vista, fijándola en la palidez de sus manos, en la delgadez de su torso, en el cabello castaño claro que, en suaves ondas, caía sobre su rostro. En el mechón blanco que lucía sobre la frente, aparecido la misma noche que obtuvo su maldición.
En los ojos amielados... no, dorados, de mirada triste.
Ojos de humano y de lobo.
En que él también se justificaba pensando que sólo lo sentía porque había jurado protegerlo contra la soledad, el rechazo y el dolor.
Pero Remus no alzó la vista. Un rato después, Sirius tuvo que devolverla a su pergamino.

Cada uno de los días
Cada palabras que digas
Cada juego que juegues
Cada noche que te quedes
Te estaré observando



Sabía que había cometido una estupidez. Tenía suficientes recordatorios. Los puntos perdidos para Gryffindor, la prohibición de ir a Hogsmeade, el castigo que le impuso la profesora McGonagall, la mirada de odio, constante y permanente, de Snape.
Pero su peor castigo era otro.
Remus lo evitaba desde esa noche.
Claro, mientras estuvieran los cuatro juntos no habría problema. Frente a James y Peter, el único cambio era que no le hablaba tanto como hasta dos noches atrás. Seguían trabajando en equipo en las clases y acompañando a Prongs a las prácticas de Quidditch y todo lo demás.
Pero ya por tres días no habían tenido sesiones de estudio. Esos tranquilos momentos en que cada uno tomaba un libro y se sentaban en la misma área de la Sala Común, acompañándose aunque no hablaran mucho. Ahora, Remus sujetaba su libro y se iba al lago, como hacía cuando quería estar solo.
Sirius no había sabido cuán importantes eran esos momentos para él hasta que los había perdido.
Y lo peor es que Remus tenía todos los motivos del mundo para odiarlo. Si no lo perdonaba, igual que Snape no lo perdonaría jamás, nadie podría culparlo.
Por su culpa, pudo haber matado a alguien. Y raras veces se envía a un licántropo a Azkaban. A pesar de las reformas que se intentaban implantar en el Ministerio, seguía existiendo una carta blanca para quien matara uno en Luna llena –o por lo que hubiera hecho en ella.
Por suerte, nadie se había percatado de que había escapado de la reunión que, en esos momentos, tenía lugar en la Sala Común de Gryffindor. Medio mundo había ido a Hogsmeade y ahora compartían el botín. Había visto a Remus conversando muy en privado con Lily Evans, su compañera de grado, y por algún motivo no había podido soportarlo.
¿Cómo podía actuar con tanta normalidad frente a los demás, cuanto lo rehuía siempre que estaban a punto de quedarse solos?, se preguntó.
¿Cómo podía fingir que nada había pasado, al menos frente a los otros?
¿Por qué había mirado con tanta fijeza a Lily?
Sirius, recostado sobre su cama en la obscuridad del cuarto, cerró los ojos. No podía estarse preguntando eso, al menos lo último. Remus era su amigo, cuando mucho su protegido. No tenía por qué sentirse celoso.
O al menos, ese tipo de celos
Y aún así, sabía que si Remus jamás volvía a hablarle, habría perdido a una de las personas más importantes de su vida. Habría perdido algo tan hermoso que ni siquiera se atrevía a imaginar cómo serían las cosas en adelante.
Todo por una broma. Por una broma muy estúpida.
Escuchó que alguien abría la puerta del cuarto. No le daría tiempo a correr las cortinas de su cama, así que se limitó a fingir que estaba dormido.
Escuchó el movimiento de una túnica, pasos que se acercaban a su cama... Fue como si la persona que había entrado a la habitación se quedara mirándolo en silencio unos instantes y luego se retirara a su propia cama.
Desde que era Animago, Sirius se había vuelto muy perceptivo. Quizá no podía identificar a alguien sólo por el olfato, pero era más receptivo que antes a la forma de caminar de otras personas. Y por el volumen y ritmo de los pasos y por la dirección a la cual se había ido, supo quién era.
– Lo siento –dijo en voz alta, sin moverse.– Perdóname.
Abrió los ojos. La puerta estaba cerrada y el sonido de la reunión llegaba muy apagado a la habitación. Y vio a Remus sentado sobre su propia cama, observándolo a pesar de la obscuridad. Tal vez él sí podía verlo claramente.
– No debiste hacerlo –respondió con voz calmada.– Severus estuvo en peligro.
– Lo sé –dijo Padfoot, sin atreverse a moverse.– Lo sé, lo sé... no sé qué decirte.
Por un segundo, ninguno de los dos habló. Al final, Remus murmuró:
– Sólo dime por qué lo hiciste.
Sirius se sentó sobre su cama, mirando a su amigo, y dijo:
– No sabría explicarme. Snape estaba hablando mal de mí, pero eso no me importa. Hablaba mal de James y de Peter... De ti... Quería que nos expulsaran, sospechaba que había algo raro contigo...
– ¿Y por eso querías que lo matara?
Sirius apartó la mirada, aunque apenas podía distinguir la silueta de Moony en la penumbra.
– No quería eso –murmuró.– Sólo que lo asustaras.
– Pero pude matarlo.
Pasó un instante antes de que Sirius respondiera:
– Ahora lo sé.
Remus se levantó de su cama y fue hacia una de las ventanas del cuarto. La luna, ya no tan llena como hacía algunas noches, iluminó su rostro. Todavía lucía ojeras y su expresión era cansada, como si hubiera estado enfermo. Sirius, en reacción, se puso de pie.
– Debí pensarlo mejor –insistió.– Te juro que, si pudiera regresar el tiempo, cambiaría todo esto. En serio.
Remus no respondió. Su mirada pareció mucho más triste.
– Lo sé, Padfoot. No te lo tomo a mal.
– Entonces, ¿por qué me has estado evitando?
No obtuvo respuesta. Sin pensar, Sirius se le acercó hasta que quedó a su lado, frente a la ventana.
– ¿Remus? –murmuró.
– No te evito a ti –dijo en voz baja, sin mirarlo de frente.– Es sólo que cada vez que te veo, recuerdo lo que pasó y recuerdo lo que soy.
– ¿Y qué se supone que eres? –insistió con suavidad, buscándole la mirada.
Remus suspiró. Alzó la vista y miró a la Luna. Sirius imaginó que un licántropo no contempla lo mismo en ella que ve una persona normal, y no por primera vez deseó ser un licántropo para saber qué era lo que Remus sentía.
– Una criatura obscura... –murmuró, comprendiendo de repente.– Rem, ¡tú no eres una criatura obscura!
Hasta tiempo después, se daría cuenta de cómo lo había llamado. Pero en ese momento, sólo vio cómo Remus volvía a bajar la vista.
– Agradezco tus palabras, pero no puedo negar lo que soy.
– ¡No digas eso!
– Sirius, –y hasta entonces, sus miradas volvieron a encontrarse, azul enfrentándose a dorado– cada noche de Luna Llena puedo matar, sin meditar siquiera si debería hacerlo. Al contrario, quiero hacerlo. Necesito sangre, y si no encuentro otra, tomo la mía. No importa lo que pase el resto del mes, esa noche la obscuridad me domina. Algún día mataré a alguien o lo convertiré en un monstruo como yo, y tendré que vivir con esto hasta que muera.
Black no pudo interrumpirlo ni una sola vez. La voz de Lupin era calmada, como si lamentara su destino pero comprendiera que no podía cambiarlo.
Sin pensar, Sirius colocó las manos en los hombros de su amigo y, mirándolo fijamente, dijo:
– Por una noche de obscuridad, nos das todo un mes de luz. ¿Eso no cuenta?
Remus intentó desviar la mirada, así que Sirius lo tomó de la mejilla para impedirle hacerlo. Curioso, nunca se había dado cuenta de que se podía acariciar el rostro de alguien y sentir...
Dioses, lo que estaba...
– No me importa lo que digan que eres –continuó, sin meditar en lo que hacía.– Tú no eres una criatura de la obscuridad. Tienes más luz que la mayoría de las personas que conozco. Hay más luz en ti que en Snape, o que en James, o incluso que en Peter.
“¿Qué es esto que estoy sintiendo?”
– Tienes más luz que yo.
Y antes de que pudiera darse cuenta, acercó su rostro al de Remus y lo besó en los labios.
Una alarma instantánea comenzó a sonar en su cabeza, gritando frases diferentes al mismo tiempo. “¿Qué demonios estoy haciendo? ¡Estoy cometiendo un error! ¡Remus se alejará de mí para siempre!”
“Entonces, ¿por qué él también me está besando?
“Siento sus manos en mi cabello, resbalándose por él como si fuera arena.
“Siento sus pulgares tocándome el rostro, con tal delicadeza que pareciéramos estar hechos de cristal.
“Siento cómo mis manos van a su cabello. Lo estrecho contra mí. No sólo no se resiste, es cómo si hubiera deseado que lo hiciera.
“Siento mis labios separándose; mi lengua toca sus labios, pidiéndole permiso para entrar.
“Siento sus labios separándose.
“Siento su lengua encontrándose con la mía. Se tocan, se entrelazan, se frotan una contra la otra.
“Remus sabe a chocolate.
“¿Qué es esto que estoy sintiendo?“
Y con el corazón muy ligero, Sirius supo, de algún modo, que Remus se sentía igual que él.
Cuando se separaron, volvieron a verse a los ojos. Sirius descubrió que la expresión de Remus brillaba, a pesar del cansancio traído por el Plenilunio, y que sus ojos relampagueaban con una luz que nunca le había visto. Era como si la luz de la que hablaron hubiera pasado de su corazón a su mirada. En cuanto a su propio corazón, latía con mucha fuerza dentro de su pecho. ¿Remus alcanzaría a escucharlo?
Seguro, sí no era que estaba escuchando a su propio corazón.
– Sirius, yo...
– No, no lo digas –respondió, sonriendo.– No necesitas decirlo. Yo tampoco diré nada, pero lo sabes, ¿verdad?
Y por primera vez en varios días, Remus sonrió. Le sonrió.
– ¿Regresamos a la Sala Común? –preguntó Moony.– Van a echarnos de menos.
– Sobre todo Lily, ¿verdad? –preguntó Padfoot, sin contener las ganas de molestar.
Y hasta entonces notó que Remus lo había tomado de la mano. Que él la había estrechado a su vez, entrelazando mutuamente sus dedos.
– No lo creo. Quería que le diera una excusa para invitar a James a cenar.

¿Qué no puedes ver
que me perteneces?
¿Cómo duele mi pobre corazón
a cada paso que das?



Le dolía verlo así, y sin embargo, raras veces encontraba palabras para consolarlo. En esos momentos, añoraba la sencillez de la vida escolar, lo poco complicados que eran los problemas de aquel entonces aunque en ese momento no lo hubieran parecido. Pero el tiempo había transcurrido y las cosas cambiado, y de nada servía lamentarse por lo que ya no era.
Sirius había salido intempestivamente de la reunión y se había adentrado en el Bosque Prohibido, como hacía cuando estaba enojado. Remus, por supuesto, se había ofrecido a buscarlo. Y en ese instante, lo rodeaban los sonidos, olores y colores que habían caracterizado a algunas de las mejores noches de su vida.
Mentalmente, agradecía la discreción de los demás. Mundungus, por supuesto, había fruncido el ceño, como si adivinara por qué precisamente Lupin se había ofrecido a buscar a Black. Pero Mundungus fruncía el ceño por prácticamente todo, a fin de cuentas. Podía jurar que James y Lily, y tal vez Peter, lo sabían, pero no comentaban nada. La discreción siempre se agradecía, aún cuando ellos eran casi familia y no le molestaría saber qué pensaban.
O qué imaginaban.
Porque aunque Sirius y él se habían convertido en pareja desde aquella noche en el sexto curso, las cosas no habían pasado de besos, abrazos y una dosis cada vez mayor de manoseos, en palabras de Padfoot. A pesar del tiempo, no habían dado el siguiente (y lógico) paso. Pero existía una muy buena razón.
Cuando un lobo elige una pareja, ésta es para siempre. Con los licántropos pasaba igual: el día que Remus se entregara físicamente a alguien, no podría elegir a otra persona después, sin importar lo que ocurriera entre ellos. Estaría unido a esa persona de por vida, aunque se separaran por cualquier motivo, o al menos eso era lo que tenía entendido.
Sirius lo supo desde el inicio, y comprendió lo que ambos se estaban jugando. Habían prometido pensarlo mejor apenas salieran de la escuela y tuvieran más tiempo libre y menos preocupaciones.
Y entonces apareció Voldemort y tuvieron que dejar de pensar en ellos.
Cuando pensó en el peor hechicero maligno que había surgido en años, el Bosque Prohibido le pareció mucho más lúgubre. Recordando las palabras y advertencias que Dumbledore había pronunciado en su graduación, Remus lo había buscado de inmediato, ofreciendo sus capacidades y dones al integrarse al grupo que combatiría a Voldemort. James y Lily también se unieron al grupo, y Peter después. Sirius fue el último.
Suspiró. A veces, se preguntaba si el que el primer contacto de Sirius con los hechiceros obscuros hubiera sido precisamente así era lo que lo había vuelto tan impaciente.
Y es que esa tarde, todo había parecido normal. Sirius había salido a pasar en su moto cuando vio una Marca Tenebrosa en el cielo. Al seguirla, encontró que habían asesinado a la familia de un Auror. Los dos hijos habían tenido menos de siete años.
Remus no podía culparlo. Él se había unido al grupo de Dumbledore porque sabía lo que la obscuridad podía hacer –vamos, la llevaba en su interior. Sirius lo había hecho porque había visto, en primera fila, lo que hacía la obscuridad
Avanzaba con la varita en la mano, listo para lanzar cualquier hechizo de defensa que necesitara. Era irónico, pensaba de vez en cuando, que él, precisamente él, se hubiera convertido en el experto en cómo combatir a la obscuridad. Trató de olfatear a Sirius, pero la luna era nueva y no podía percibirlo. Tal vez odiaba la Luna Llena, pero también odiaba la Luna Nueva. Sus sentidos se reducían al mínimo.
– ¡Sirius! –llamó en voz alta, esperando que lo escuchara.– ¡Sirius!
De repente, le respondió un gruñido. Volteó, la varita al frente y a punto de hechizar a lo que fuera que le estaba gruñendo, pero se topó con un perro negro de ojos claros.
– Padfoot... –murmuró mientras guardaba la varita.– ¿Ya te sientes mejor?
Padfoot bajó la vista y, en un destello luminoso, volvió a convertirse en un ser humano. Tampoco en esa forma buscó la mirada de Remus.
– No. No me siento mejor.
Y dicho esto, se dejó caer sobre el suelo, doblando sus brazos y colocándolos abajo de su cabeza mientras revisaba el cielo nocturno. Remus conocía muy bien esa actitud. Sirius sólo buscaba su Estrella Guía cuando se sentía mal.
Se sentó al lado de Padfoot, apoyando la espalda contra el tronco de un árbol cercano.
– Es sólo que no entiendo, Moony –confesó de repente.– Todos saben que Voldemort está destrozando nuestro mundo. A nadie le sorprende escuchar que han matado a alguien. ¿Por qué el Ministerio no se esfuerza más por detenerlo? ¿Por qué no nos apoya?
Por un momento, Remus no supo qué responder.
– Quizá sea –dijo finalmente– porque somos la última línea de defensa.
– Bonita línea de defensa. Somos muy pocos. Claro, a menos de que también cuentes a los fantasmas de Hogwarts.
Remus guardó silencio. Trató de buscar la estrella de Sirius, pero las copas de los árboles se lo impidieron.
– Ya no puedo, Rem –confesó, y su pareja supo cuán grave era la situación porque casi siempre lo llamaba por su apodo.– Ya no. Quiero hacerlo y sé que debo hacerlo, pero sólo soy una persona de un grupo muy pequeño que va en contra de un ejército de Death Eaters. Y ya no puedo.
– ¿Te sirve saber que a veces me siento igual?
Sirius sonrió, pero su gesto fue muy débil.
– Me sirve de mucho.
Y al decir esto, alzó una de sus manos, extendiéndola hacia él. Remus comprendió y la estrechó en una de las suyas. Descubrió que estaban helados y supo que no se debía únicamente a que fuera de noche y estuvieran en el bosque.
– Dumbledore hace lo que puede –murmuró, apretando con fuerza la mano de Sirius.– Se han salvado varias vidas, pero no es un dios como para poder salvarlos a todos. Ni siquiera podemos reprochárselos.
– Pero no podemos decirle eso a los chicos Bones, ¿o sí?
Volvieron a guardar silencio. Sirius murmuró, más para él que para su pareja.
– El mayor de ellos tiene nuestra edad, Remus. Tiene hermanos pequeños. Hoy perdieron a sus padres sólo porque se rehusaron a unirse a Voldemort. ¿De qué nos sirve estar unidos si no podemos hacer nada?
Remus no supo qué responder. En lugar de ello, llevó la mano de Sirius a sus labios, besándola suavemente a manera de consuelo.
– ¿Qué va a pasar –dijo Padfoot con mayor tristeza– si algún día Voldemort va tras de Dumbledore? ¿De James, Lily o Peter, o incluso de Bella o del tarado de Mundungus?
Y añadió en voz más suave:
– ¿De ti?
– Mientras hay vida hay esperanza.
– ¿Y si...?
– Sirius, no sufras desde antes. No te quedes con los muertos, piensa en los vivos.
Sirius no respondió, obviamente meditando en esas palabras. Se incorporó y se arrodilló frente a Remus, mirándolo a los ojos.
– Te enviaron a buscarme, ¿verdad?
– Me ofrecí a buscarte –corrigió Moony.– James quería venir. Él y Dumbledore se quedaron muy preocupados.
– Se preocuparán más si no regresamos pronto, supongo.
Remus asintió. La expresión de Sirius seguía siendo triste, el pesar mostrándose en sus ojos usualmente alegres. Lupin comprendió que Voldemort los estaba destruyendo, aún cuando siguieran vivos.
Ese pensamiento debió reflejarse en su rostro, porque de repente Sirius se le acercó más y lo besó suavemente en los labios. Respondió de igual modo y, cuando se separaron, Padfoot dijo:
– Basta con que uno de los dos esté triste y hoy es mi turno. Vámonos.
Y en silencio, ya sin querer comentar sobre aquellos que morían a diario en aras de los sueños de un loco, regresaron al castillo.
Pasaron algunos días. El humor de Sirius pareció mejorar un poco, y un par de semanas después Remus dejó de verlo tanto como acostumbraba. Dumbledore le había pedido a Padfoot que fuera a un par de poblaciones en Irlanda a comunicarse con un nuevo integrante del grupo, el cual les ayudaría a establecer un núcleo de resistencia en esa región. Remus se había quedado en las cercanías de Hogwarts, siguiendo su vida normal para que nadie sospechara de él.
El día anterior a la llegada de Sirius, recibió una lechuza. La carta decía:
“El viaje de negocios salió como esperaba. Papá se pondrá feliz”.
“Papá”, por supuesto, era Dumbledore.
“He pensado mucho en lo que hablamos en la última Luna Nueva. Me gustaría explicarte las conclusiones a las que llegué. ¿Nos vemos mañana por la noche? La moto añora su tierra natal. ¿Qué dices?
“Hasta mañana. P.”
Remus sabía qué significaba el que la moto “añorara” su tierra natal. Que la noche siguiente, Sirius y él saldrían a recorrer la campiña cercana a sus respectivas casas, quizá a buscar estrellas, para que le platicara cómo le había ido. Lo único que no le convencía mucho era la idea de ir en moto, hacía demasiado ruido. Pero Sirius amaba esa moto, y por él estaba dispuesto a soportarla.
Así que, a la mañana siguiente, fue al departamento de Black. No vio la moto en la acera, así que imaginó que aún no la sacaba de la cochera o bien que la estaba limpiando. Prefirió ir primero al departamento a ver si Padfoot seguía ahí.
Llamó a la puerta y oyó, el sonido apagado por ésta, que pasara. Así que todavía no estaba listo, pensó.
Entró y halló que el departamento estaba completamente a obscuras, pero antes de que pudiera llamar a Sirius para saber si todo estaba bien, escuchó:
– Incendia.
Y a esa frase, varias decenas de velas se encendieron en toda la casa, inundándola en una suave tonalidad dorada. Al acostumbrarse a la cálida luz que generaban, Remus descubrió que Sirius estaba frente a él. Vestía una túnica azul marino, de corte sencillo pero una tela muy fina. Caía sobre su cuerpo en gentiles pliegues, y por un instante, Remus pensó que jamás había visto una persona más hermosa que él.
– Estuve pensando mucho en lo que dijiste antes de irme –dijo, sus azules ojos mostrando una seriedad poco común en él.– Me dijiste que no me quedara con los muertos, sino con los vivos.
Remus supo que debía decir algo, pero no encontró las palabras adecuadas. Sirius sonrió, su gesto el más tierno que jamás le hubiera visto. Dio dos pasos hacia él y continuó:
– Sé lo que esto representa para ti. Pero también sé algo, Rem, y es que te amo. Jamás pensé que sentiría esto por alguien. Si tú estás dispuesto, yo...
A Remus Lupin, profesor sustituto en una pequeña escuela muggle, jamás se le habían dificultado las palabras. Era parte del trabajo y de su propio carácter. Pero en ese momento, no encontró ninguna que fuera apropiada.
Sólo conocía una respuesta ante lo que Sirius le proponía.
Se acercó, lo abrazó y comenzó a besarlo.
Fue como si nunca se hubieran tocado. Sus lenguas se entrelazaron como si fuera la primera vez y no estuvieran en medio de una guerra, sino de nuevo en la Torre de Gryffindor. Remus sintió como si las manos de Sirius estuvieran hechas de fuego; podía percibir su calidez aún a través de la ropa, y era como si ésta no existiera y Padfoot tratara de descubrir su piel de inmediato.
De nada servía quedarse con los muertos. Los dos estaban vivos.
Y quería que él fuera su pareja de por vida, pasara lo que pasara después.
Y por eso, no protestó cuando sintió cómo Sirius recorría las partes más secretas de su cuerpo con las manos, con tal intensidad como si quisiera grabar la sensación en la punta de sus dedos. No esperó protestas cuando, a su vez, empezó a quitarle la túnica y comenzó a ver su piel desnuda a la luz de las velas. No ofreció resistencia cuando Sirius, su amigo, su pareja... no, su amante, lo empujó suavemente hacia el piso sin dejar de besarlo y de acariciarlo.
Sólo murmuró una palabra:
– Nox.
Y por primera vez, la obscuridad fue una bendición. Para ambos.

Cada movimiento que hagas
Cada juramento que rompas
Cada sonrisa que finjas
Cada frase que digas
Te estaré observando



¿Cómo podía alguien con esa mirada ser un traidor? ¿Cómo podía serlo alguien que dijera más con sonrisas y con silencios que con palabras, por más que fuera experto en ellas? ¿Cómo podía serlo alguien que todas las mañanas despertara a su lado, le diera un beso en lugar de los buenos días, escuchara todas las penas de su corazón y en la noche fundiera su cuerpo con el suyo sin titubeos ni reservas?
¿Cómo podía amar a un traidor?
Porque Remus tenía que ser el traidor.
Sirius pensó en ello mientras lo veía continuando su preparación en Defensa, su escritorio cubierto con libros sobre Criaturas de la Obscuridad. Él se había echado sobre uno de los sillones de la estancia y fingía escuchar música. Remus podía concentrarse lo suficiente como para que el sonido no lo molestara. Pero Sirius no alcanzaba a oír las palabras del cantante.
Sólo escuchaba sus propios pensamientos.
Remus tenía que ser el traidor.
Vio a su alrededor. Como había sido por los últimos cuatro años, lo rodeaba una de las habitaciones más sobrias y aún así acogedoras que conocía. La casa de Remus, aunque sencilla, era agradable. No supo si decirse que también era su casa: más de la mitad de sus cosas, incluyendo a la moto, estaban ahí. Su propio apartamento era más una bodega que un hogar. Y al fin y al cabo, ahí dormía. O al menos decía que dormía.
En los años anteriores, la razón de ese insomnio había sido muy agradable. Él y Remus se amaban, y aprovechaban cualquier oportunidad para demostrárselo físicamente y compensar el tiempo previo a su primera vez. Sí, Voldemort seguía matando inocentes y ellos, o mejor dicho todos, estaban en peligro. El poco consuelo en una guerra se encuentra en las personas, y ellos se habían unido de forma similar a como habían hecho James y Lily.
Pero en las últimas semanas, el insomnio se había debido a otra cosa. A algo que jamás habría querido saber y que, sin embargo, tenía que comprobar antes de que su vida se destrozara.
No, su vida ya estaba destrozada. Junto con su corazón.
Aunque en ese momento ambos cometieran la suprema hipocresía de estar juntos en la misma habitación y fingir que todo se encontraba bien.
Todavía recordaba las palabras exactas de James. Cómo aquel hombre al que consideraba más que un hermano le había confesado que Dumbledore tenía un espía entre los Death Eaters, y que había averiguado que prácticamente desde el nacimiento de Harry, hijo y ahijado respectivamente, alguien había estado pasando información sobre los Potter al señor Obscuro. Ellos, tarde o temprano, serían las siguientes víctimas de la locura de Voldemort.
La primera medida de protección había sido cortar, poco a poco, con todas las amistades tanto de James como de Lily. Al final, su círculo se redujo prácticamente a Dumbledore, Peter, Remus y él. Sirius pensó que con eso James y su familia estarían a salvo.
Hasta que el espía de Dumbledore informó que alguien seguía pasándole información a Voldemort y que éste se encontraba a nada de ordenar sus muertes. O mejor dicho, de matarlos él mismo, por alguna razón que debía resultar lógica a su megalómana mente.
Sirius había tenido que deducir quién era el traidor. James y Lily quedaban automáticamente descartados. Sabía que él no era –jamás lo haría y, sólo por si acaso, nunca le habían aplicado un Imperius, que pudiera recordar. Era una tontería pensar que Dumbledore fuera el traidor; era el líder del grupo, adoraba a los Potter y por algún motivo tenía un gran interés en Harry.
Eso sólo dejaba a Peter y a Remus.
Su primer impulso fue pensar que Peter era el traidor. Más que nada, porque Remus no podía serlo. El Remus que lo amaba sin jamás decirle un “te amo”, el que buscaba cualquier pretexto para estar a su lado, el que había dado sentido a su vida... Ese Remus no podía ser.
Y sin embargo, tenía que ser.
Peter era demasiado bueno y demasiado temeroso como para traicionar a James y a Lily. Desde la escuela, había idolatrado a Prongs. Había arriesgado su vida para convertirse en animago aunque no tenía la capacidad necesaria y estaría en un mayor peligro durante todo el proceso. En ocasiones, palidecía a la sola mención del Señor Obscuro, y Sirius comprendía que permanecer a su lado era un sacrificio enorme al cual lo impulsaba la amistad. Peter no podía ser el traidor.
Y Remus...
Sirius miró los libros que tenía sobre el escritorio. Criaturas de la Obscuridad. Remus era una criatura de la obscuridad. Parte de la escoria del mundo de la magia, pensó con un prejuicio que nunca había sentido.
Voldemort había reunido a su alrededor a dicha escoria. Gigantes, dementores, trolls, vampiros...
Licántropos.
No los traicionaría por maldad, trató de convencerse. Sería por su propia naturaleza.
Eso quería creer.
Él lo había acompañado en cada Plenilunio que le había sido posible. Padfoot y Moony, jugando bajo la luz de la Luna Llena como cuando eran más jóvenes. Noches de inocencia y de alegría que sólo podían compararse con las noches que Sirius y Remus pasaban juntos, amándose con los sentidos y sin palabras.
Y, sin embargo, no había podido acompañarlo en todos los Plenilunios. Remus había conseguido trabajos pequeños en algunas escuelas muggles, pero a Dumbledore le había convenido que él permaneciera sin un empleo aparente. Así tenía mayor oportunidad de ir a diversos lugares del país a buscar aliados contra Voldemort.
Algunos de esos viajes habían coincidido con Lunas Llenas. Remus le había dicho que se quedaba encerrado en la cochera, las puertas hechizadas para evitar que alguien entrara o él saliera.
Pero a nadie, ni siquiera a él mismo, le constaba que efectivamente hubiera pasado esas noches a solas.
¿Y si alguien lo había encontrado?
¿Y si alguien, conociendo su naturaleza obscura, lo había hechizado?
¿Y si alguien le había aplicado un Imperius?
Cuántas posibilidades pueden formularse con tal de no aceptar que te han traicionado con plena conciencia de ello.
En eso, notó que Remus le había hablado. Volvió a mirar en su dirección y descubrió que lo estaba observando. Por un instante, deseó poder mandar todo al infierno y recuperar la confianza suficiente para perderse en esos ojos dorados que siempre habían sido la respuesta a todos sus problemas.
Pero supo que, en ese momento, esos ojos eran el problema.
– ¿Perdona? –preguntó.
– Estabas lejos de aquí, ¿verdad? –respondió Remus, sonriendo débilmente.
Sirius se obligó a sonreír a su vez.
– Creo que sí.
– Te preguntaba cuándo harán el hechizo.
Sirius no respondió de inmediato. Dumbledore había propuesto usar el encantamiento Fidelius, en el cual se guardaba un secreto en el alma de alguien, como última medida para proteger a James, Lily y Harry. James le había pedido que fuera su Guardián del Secreto pero, incapaz de creer que Remus fuera el traidor, se lo había comentado también.
Las cosas habrían sido tan sencillas si nunca se lo hubiera dicho.
– En dos días –mintió.– Pero tengo que irme desde mañana.
Sin querer desvió la vista hacia la ventana. Había anochecido. Si sus cálculos eran correctos, a esa hora Peter ya era el Guardián del Secreto de los Potter.
Remus lo miró en silencio algunos instantes y luego devolvió la vista a su pergamino.
– ¿Sigues con la idea de esconderte? –preguntó con voz que pretendía ser serena pero no lo lograba.
Ésa era la parte más difícil de su plan, pensó. Todos tendrían que esconderse, o al menos él. Al cortar todos los lazos con Remus, éste se vería obligado a revelar lo que realmente era. Si en efecto los estaba traicionando, le diría a Voldemort que su pareja era el Guardián del Secreto y lo perseguirían hasta matarlo.
Si tan sólo no doliera tanto temer que la persona que lo vendería sería a quien más amaba en el mundo...
– Será sólo por un tiempo –dijo Sirius, mirándolo fijamente para tratar de interpretar sus reacciones.– Luego regresaré y todo volverá a la normalidad.
Notó que Remus apretaba la plumilla más que antes. Sus labios se habían convertido en una línea muy delgada. Sin poderlo evitar, preguntó:
– Estarás bien, ¿verdad Moony?
Por toda respuesta, Remus asintió y trató de volver a escribir. Sirius notó que la mano le temblaba y, cuando quiso tomar más tinta, sin querer tiró el frasco sobre el papel en el que estaba escribiendo y sobre su escritorio.
– Maldición –gruñó, poniéndose de pie.
Sirius, mucho más tranquilo, se acercó varita en mano. Murmuró un hechizo que limpió la tinta del escritorio antes de que alcanzara los libros, pero el pergamino estaba arruinado.
– Qué estúpido... –murmuró Remus, viendo cómo las enormes manchas de tinta cubrían todo el trabajo de una tarde.
– Oye, no te preocupes –dijo Sirius con absoluta sinceridad en lo que acababa de limpiar.– Ahora mismo te ayudo a volver a escribirlo, no será tan difícil la segunda vez.
– No es eso. No es eso. ¿O realmente crees que lo más importante en mi vida es realizar una investigación sobre seres obscuros?
Su voz, usualmente calmada, estaba estrangulada por la emoción. Sin duda que se debía a la proximidad del plenilunio, pensó Sirius, pero, ¿y si se debía a algo más? ¿A que ya no sería capaz de hacerles daño?
¿A que no quería separarse de él?
¿Por qué no era capaz de decidir lo que quería pensar?
– Remus, es sólo un tiempo corto –dijo, obligándose a verlo a los ojos.– Pronto acabará todo esto.
Moony sonrió, pero su gesto no se reflejó en su mirada.
– Llevas meses diciéndome lo mismo. ¿Qué te hace pensar que ahora sí será cierto?
– Que alguien debe tener esperanza por los dos –dijo, tratando de convencerse a sí mismo de lo que estaba diciendo.
Remus desvió la mirada y, aunque sus ojos permanecieron secos, Sirius percibió su dolor. Quizá porque él también se sentía así.
¿Cómo podía amar a un traidor?
¿Cómo podía permitir que un traidor lo amara?
Sin pensar, lo estrechó entre sus brazos y lo sujetó con fuerza, aún cuando Remus intentó liberarse. Percibió cómo finalmente se derrumbaba y, sin poder evitarlo, se soltaba llorando. Por favor, que sean lágrimas de arrepentimiento, suplicó a quien pudiera escucharlo. Por favor, por favor...
Le tomó un rato notar que él también estaba llorando. No sólo por el miedo a lo que habría de ocurrir o por el dolor de su corazón roto. También era porque no podía encontrar respuestas y, por más que su alma le decía que Remus era inocente, su mente lo obligaba a enfrentarse a la verdad.
Ese mismo pensamiento lo calló cuando, horas después, estuvo a punto de confesarle lo que sospechaba y que habían cambiado de Guardián del Secreto. Porque los dos compartieron la última noche que estarían juntos, al menos –pensó– hasta que todo se aclarara. Remus pocas veces lo había amado con tal pasión pero también con tanta dulzura, como si su cuerpo pudiera decir las palabras que nunca pronunciaba. Sirius no se daría cuenta de que él había actuado igual, al menos hasta horas después.
Porque no era empatía, ni cariño, ni siquiera amistad lo que habían sentido por años. Había sido amor. Y por unas breves horas, olvidó que quería que le arrancaran ese amor del alma para no dudar en hacer lo que tenía que hacer.
¿Quién habría dicho que sólo los licántropos tienen una pareja de por vida?, se preguntó. ¿Por qué no habría dicho nada sobre la pareja de un licántropo?
A la madrugada siguiente, antes de que amaneciera, Sirius se preparó para marcharse. Había hecho una maleta desde el día anterior, así que básicamente sólo tuvo que vestirse. Buscó con la mirada cualquier objeto personal que pudiera estar dejando.
Pero lo único que pudo ver fue a Remus, dormido en la cama que habían compartido por años. Su cabello castaño, con cada vez más canas, lucía revuelto sobre su almohada, y sus ojos dorados, los mismos que lo habían ganado desde que tenía trece años, estaban cerrados.
Sin contenerse, Sirius se inclinó y besó su frente, aunque su pareja no despertó. “Que todo sea un error”, deseó mentalmente. “Si lo es, volveré a suplicarte que me perdones. Pero si no lo es, no permitiré que nadie te torture o te envíe a Azkaban. Primero te mato.”
Sintió que se le formaba un nudo en la garganta y se obligó a abandonar la habitación, sin mirar una sola vez hacia atrás.
Jamás notó que Remus había abierto los ojos. Estaba despierto, formulándose las mismas preguntas que él se había hecho por semanas.
¿Cómo se podía amar a alguien a quien crees un traidor?
Pero no encontraron respuesta. Al menos no entre ellos.
Porque pocos días después, la noche de Halloween, Sirius quiso verificar si Peter seguía a salvo y sólo encontró su habitación vacía.
Vio un papel con una dirección y dedujo que ahí estaban James, Lily y Harry. No debería haberlo comprendido si el Guardián del Secreto hubiera mantenido su juramento.
Supo que le había entregado las vidas de la familia de su mejor amigo a Voldemort.
Que por eso Remus había conservado esa mirada. Porque él jamás los traicionó. Jamás los había engañado. No había mentido.
Había dudado de un inocente. Y peor aún, de un inocente al que amaba.
Que lo amaba.
Y Sirius, sin pensar, trató de vengar a James y a Lily primero, antes de hablar con Remus. Y cayó en una trampa.

Desde que te fuiste, he estado perdido y sin rumbo
Sueño por la noche, pero sólo veo tu rostro
Busco a mi alrededor, pero no puedo reemplazarte
Tengo tanto frío y extraño tus brazos
Sólo sigo llorando, por favor, por favor...



Cuando el corazón se rompe, sin importar el dolor, seguirá latiendo. En ocasiones, ese sonido será lo único que escuches, sobre todo si es de noche, estás solo en casa y el otro lado de la cama está vacío. Lo ha estado por meses. Jamás volverá a llenarse.
Y aún así no te atreves a dormir de ese lado.
Remus no sólo escuchaba el sonido de su corazón, sino también el de la lluvia que golpeaba contra el techo y los cristales. No le extrañó seguir despierto a esa hora. La lluvia siempre lo había alterado; quizá era parte del instinto animal que poseía, pensó, pero cada vez que llovía sentía ganas de acurrucarse en algún rincón y cerrar los ojos para no ver los rayos ni escuchar los truenos.
Y, por supuesto, se despertaba por otras razones que ahora quería olvidar.
Cada vez que se acercaba la Luna Llena, le resultaba más difícil conciliar el sueño. Por algunos años, cuando no quería pasar una noche de insomnio, le bastaba con acurrucarse al otro lado de la cama. Sirius, según su humor y su propio cansancio, apartaría un brazo para recibirlo o gruñiría, pero le dejaría estar ahí de cualquier modo. A la mañana siguiente, le diría que lo había pateado. Pero curiosamente, descubriría que “alguien” le había dejado la porción más grande de la frazada. Claro, eso si no pasaban la noche aprovechando el insomnio en lugar de combatirlo.
Ya nadie gruñía, ya nadie lo arropaba, ya nadie compartía su soledad.
Habría sido más fácil pensar que Sirius había muerto. Que esos chispeantes ojos azules, esa sonrisa alegre, ese maravilloso cabello negro lo esperaban en el otro lado, incluso aunque en ese mundo se hubieran convertido en polvo. Sí, pensó, Sirius estaba muerto y enterrado, y lo aguardaba, y se encontrarían cuando él muriera y ya nada podría separarlos.
Un relámpago cayó muy cerca de la casa, al grado que todo adquirió por un instante su color opuesto. El lobo en su interior se asustó, pero Remus lo tranquilizó. Al menos en apariencia.
Porque Sirius no estaba muerto.
Su recuerdo no era el de alguien cuya ausencia hubiera empobrecido al mundo. O al menos, el ajeno a Remus.
Y no se había marchado solo.
¿Cuándo fue la última vez que los cinco se reunieron en un día de lluvia? En poco tiempo, encontró la respuesta. Fue cuando celebraron el cumpleaños de Harry. James había organizado una pequeña fiesta a la que invitó a los antiguos Merodeadores y a algunos ex-integrantes de su equipo de Quidditch. El día había iniciado con sol, pero como corresponde a fines de julio, a media tarde empezó a llover. La mayoría de los invitados se fueron hasta que sólo quedaron los cinco. Para ese momento, la lluvia se había convertido en una tormenta y Lily los invitó a quedarse a pasar la noche.
Aunque en ese momento no podía ver más que la obscuridad de su habitación, Remus casi pudo volver a contemplar la escena. Un fuego mágico relucía en la chimenea, entibiando el ambiente aunque en teoría era verano. Harry se había quedado dormido en los brazos de Sirius, quien todavía no permitía que Lily lo llevara a su cuna. James se había sentado en una silla frente a su mejor amigo, y Lily había apoyado la cabeza en su regazo. Peter narraba viejas historias sobre lo que habían hecho en Hogwarts, y él se conformaba con sentarse junto a Sirius, percibir cómo sus caderas se rozaban y sentirse amado, contento y tranquilo.
“No”, se dijo. “No estuve tranquilo ese día. No lo estuve por meses. Esa noche lo olvidé por momentos, pero no estuve tranquilo.”
James le había dicho que, de acuerdo con un espía de Dumbledore, había un traidor entre ellos. Incluso aunque ya sólo quedaban ellos cinco. Cuando Sirius se enteró de que lo sabía, se puso de un humor terrible.
El primer impulso de Remus fue pensar que Sirius no quería que se preocupara. El segundo, que Sirius podría dudar de él –y sería algo comprensible, dada su naturaleza obscura. El tercero, sin embargo, fue el peor.
Que Sirius era el traidor.
Claro que rechazó esa idea de inmediato. Pero James, Lily y Dumbledore no podían serlo. Peter era incapaz. Eso únicamente los dejaba a ellos dos.
Suspiró. Sólo le respondió la lluvia. En meses anteriores, quizá habría escuchado otro suspiro, un gruñido o algo así.
Había estado más dispuesto a dudar de él mismo que de Sirius; después de todo, no recordaba una noche de cada mes.
Pero siempre había amanecido encerrado.
Y solo.
Y lo que Voldemort sabía tenía, a fuerza, que provenir de uno de ellos.
Por eso, la noche que Sirius se marchó, justo antes de convertirse en el Guardián del Secreto, se había derrumbado de esa forma. Porque no sabía en qué creer o en quién. Ni siquiera en su amante. O en sí mismo.
Poco menos de una semana después, todo había terminado. James, Lily y Peter estaban muertos. Harry había sido entregado a muggles.
Sirius había sido encarcelado en Azkaban.
Y él, desde entonces, no sentía más que deseos de morir, sobre todo cuando llovía de noche.
¿Qué le dolía más? ¿Comprender que sus sospechas habían sido correctas? ¿Comprender que quizá pudo hacer algo por salvar las vidas de sus amigos, pero que el amor había sido más fuerte que la lealtad?
¿Comprender que Sirius, su pareja, su amante, el amor de su vida y por el resto de ella, lo había traicionado? ¿Que le había mentido? ¿Que lo había engañado?
¿Nunca comprendió que un licántropo elige pareja de por vida? No, su mirada esa noche era la de alguien que “sabía”... ¿Acaso prefirió olvidarlo?
Remus nunca encontraba respuestas a esas preguntas.
Tampoco encontraba la respuesta a por qué, si cada noche deseaba morir, continuaba despertando al día siguiente. Sería tan fácil... Clavarse una daga de plata, dormir en un sembradío de luparia, tal vez hasta aplicarse un Avada Kedavra: rápido, limpio, relativamente indoloro.
Y sin embargo, no lo hacía. Igual que tampoco buscaba otra pareja. Quizá porque sabía que ambas opciones serían inútiles. Estaría unido a Sirius para siempre, no desde la visión fatalista de su licantropía, sino desde la perspectiva objetiva de su propia alma. Tal vez podría encontrar a otra persona, pero jamás podría volver a amar con tal fuerza. Y tampoco le interesaba buscarla.
Saldría adelante, aunque fuera por inercia.
Y saldría solo.
Tal vez algún día se atrevería a dormir del otro lado de la cama, pensó, cerrando los ojos y descubriendo que estaban llenos de lágrimas.
No tenía forma de saber que muy lejos, en el Mar del Norte, el hombre al que le había prácticamente entregado su vida también estaba llorando. Porque quería recordarlo, pero no se atrevía a hacerlo.
O los Dementores se llevarían su recuerdo, igual que la lluvia se lleva al silencio.

¿Que no puedes ver
que me perteneces?
¿Cómo duele mi pobre corazón
a cada paso que das?



Lo curioso de los seres humanos es que, a pesar de lo que se jure, jamás se olvida. Pueden pasar años y siempre se recuerdan los favores, las injurias y, por supuesto, a las personas que se amaron. En su caso, lo sorprendente era que pudiera recordar, en ocasiones con una claridad sorprendente, eventos ocurridos doce años atrás.
O que pudiera haber conservado uno de sus recuerdos más queridos, si no era el que más, a pesar de la presencia constante y eterna de los Dementores.
El enorme perro negro de ojos claros observaba con curiosidad a la clase que tomaba lugar en los linderos del Bosque Prohibido. Por lo general, no se acercaba tanto; no se puede ocultar prácticamente nada de los aguzados sentidos de un licántropo.
Excepto, claro, en Luna Nueva
Era demasiada buena suerte, pensó.
El grupo, le pareció, tendría que ser de Ravenclaw. Quizá de Séptimo Grado. Estaban muy callados, pero a diferencia de los Hufflepuff (y para esto de las demás casas), tomaban demasiadas notas. Atendían las indicaciones de un profesor que les mostraba un extraño objeto negro de forma cúbica y con vetas rojizas. Con razón daba la clase en el exterior, sólo los árboles podían neutralizar las vibraciones negativas que emanaban de él.
El profesor era delgado y vestía una túnica vieja y parchada, aunque en su actitud innatamente digna no parecía darle importancia. Su cabello lucía muchas más canas que la última vez que lo vio, y su rostro tenía algunas líneas a pesar de su juventud.
Pero esos ojos, los maravillosos ojos dorados que lo cautivaron cuando tenía trece años, no habían cambiado demasiado. Seguían llenándose de chispas bajo la luz y brillando con orgullo cuando alguien respondía bien una pregunta. Reflejaban paciencia y aprecio y también mostraban una chispa de inteligencia y otra más de fuerza.
Pero su mirada se había vuelto mucho más triste. Imaginó que lo mismo habría pasado con su propia expresión, alguna vez brillante y llena de alegría.
James siempre le había dicho que ellos dos se complementaban de una forma asombrosa. Sí, porque James lo sabía. No había nada que pudiera ocultarle a su mejor amigo. Y, como esperaba del buen Prongs, le dijo que se alegraba muchísimo por ambos. Ni una crítica, ni un juicio, ni una opinión en contra. Vamos, ni siquiera se había sorprendido. Tal vez ya lo sabía. Remus no se lo habría dicho (en todo caso, se lo habría confesado a Lily), pero hay actitudes que no pueden ocultarse.
Se alegró de nunca haberle guardado un secreto a James. La vida de su mejor amigo había sido tan breve que no toleraría no haber sido completamente franco con él, sobre todo en lo relacionado con su felicidad. Era un remordimiento menos.
La punzada de dolor que sintió le permitió recordar por qué había regresado a Hogwarts. No había sido por Remus. Había ido por Peter.
El destino jugaba de formas muy curiosas. No había otra explicación a por qué el único periódico que Fudge le había regalado tenía la foto de los Weasley con la mascota de uno de ellos. O por qué ese chico estaba precisamente en el curso de Harry. O por qué había descubierto, a su llegada a Hogwarts, que ese muchacho era el mejor amigo de su ahijado, que era tan parecido a su padre pero tenía los ojos de su madre.
El destino le había obligado a escapar de la prisión y a nadar con todas las fuerzas que le quedaban hasta llegar a tierra. En más de una ocasión, creyó que no llegaría jamás a su destino y había estado a punto de dejarse morir. Pero en esos momentos, se obligaba a pensar en James y en Harry, y en el rencor que sentía hacia Peter.
Iba a matarlo y nada ni nadie lo detendría. No le importaba que lo volvieran a capturar y lo regresaran a Azkaban. Habiendo vivido el infierno siendo inocente, no le importaba regresar a él siendo culpable.
Claro que hubo una variable con la que no había contado, y era que Remus también había regresado a Hogwarts.
¿Por qué estaba ahí? ¿Le había pedido trabajo a Dumbledore? ¿Dumbledore lo había llamado, acaso para proteger a Harry? Podía deberse también a la casualidad, pero si algo había aprendido –y muy caro– era que no existían las casualidades.
La presencia de Remus no había cambiado en nada sus planes. Estos se habían retrasado debido a la desaparición de Peter, por más que el gato color jengibre trataba de ayudarle a encontrarlo. Estaba seguro de que no abandonaría Hogwarts; ahí estaba su presa. Pero seguro que no se revelaría hasta que él hubiera sido capturado y devuelto a Azkaban. Así que la hora de la justicia (o de la venganza) se había pospuesto. Momentáneamente.
Y mientras tanto, él observaba a Remus. No se acercaba ni a su ventana ni a su aula cuando se aproximaba el Plenilunio, pero cuando no había luna en el cielo, lo contemplaba y trataba de recuperar todos sus recuerdos.
Cómo sonreía débilmente cuando debía pensar en la respuesta a una pregunta (fuera un “¿Y por qué los kappas le temen a los pepinillos?” o un “¿Qué quieres de desayunar, waffles o muffins?”).
Cómo su voz adquiría un tono de acero en situaciones delicadas (fuera ante un “¿Y qué más da que cualquier persona pueda ejecutar un Avada Kedavra?” o un “¿Pero por qué insistes en que eres una criatura obscura?”)
Cómo esperaba que recibieras sin protestas lo que quisiera darte (fueran 10 puntos para tu casa o un regalo en el que obviamente ha gastado todos sus ahorros).
Si su destino le perteneciera, Sirius volvería a entrar a Hogwarts usando los pasadizos que descubrieron cuando eran jóvenes, teniendo mucho más cuidado esta vez. Buscaría la habitación donde Remus dormía y entraría en ella. Le suplicaría que lo escuchara y le explicaría lo que realmente había pasado. Le suplicaría su perdón y le pediría su ayuda. Y si estaba de acuerdo, harían el amor hasta la mañana siguiente, por los viejos tiempos y por el futuro que habría de venir.
Pero su destino no le pertenecía. Si atra... no, cuando atrapara a Peter y lo matara, lo sabía, todo dejaría de importarle. No podría ofrecerle nada a Harry. Tampoco podría ofrecerle nada a Remus. Seguiría huyendo, tal vez hasta que el Ministerio lo atrapara. Quizá su castigo sería peor que la cadena perpetua a la que había sido condenado.
En el ínter, observaba. Observaba a Remus y recordaba poco a poco. Pensaba en cómo podría haber sido su vida de no haberle propuesto a James el cambio de Guardián del Secreto. Y así, cuando atrapara a Peter, no sólo se vengaría por la muerte de su mejor amigo o por sus doce años en Azkaban.
Se vengaría por el amor y la felicidad que había tenido y que, gracias a su traición, habían quedado en el pasado.

Cada movimiento que hagas
Cada juramento que rompas
Cada sonrisa que finjas
Cada frase que digas
Te estaré observando



Se sentía nervioso. Mucho. Quien lo viera, por supuesto, no lo notaría; era un experto en ocultar sus emociones. Pero eso no impedía que supiera que esa noche no habría tranquilidad para él.
Para comenzar, era Plenilunio. La noche que menos le gustaba de cada mes. De hecho, Severus debería estar a punto de llegar para darle la última copa de poción de luparia de ese ciclo. Sabía espantoso, pero era lo único que evitaba que se convirtiera en un peligro.
Y era 6 de junio. Dumbledore le había dicho que el Ministerio de Magia había decidido matar al hipogrifo de Hagrid al atardecer.
– Tengo que acompañarlo, director –había respondido al escuchar la mala noticia.– Será un trance muy difícil para Rubeus. No debe estar solo.
Dumbledore lo había observado con una expresión triste, si bien sus ojos nunca dejaban de centellear.
– Es muy amable de tu parte, Remus –había afirmado.– Pero no quiero que Fudge te vea ahí. Puso muchas objeciones a tu nombramiento y no quiero someterte a una situación tensa.
– He vivido esas situaciones desde que era niño, director. No será nada nuevo.
Y Dumbledore había sonreído débilmente al añadir:
– Habrá Luna Llena esa noche.
Remus ni siquiera había podido protestar.
– Fudge cuestionaría por qué sigues afuera, aun cuando la ejecución sea rápida. Es por tu bien, Remus. Quiero garantizar que puedas quedarte en Hogwarts.
No existía protesta posible ante esa intención, y Remus no había tenido más remedio que encerrarse en su oficina a esperar a Severus y al momento del cambio. Lo que no le había dicho a Dumbledore era que temía que Harry, Ron y Hermione se escabulleran a visitar a Hagrid, pero comprendió que no le informaría nada nuevo. Se tranquilizó un poco al saber que el director estaría ahí.
Al menos alguien podría proteger a Harry si Sirius aparecía.
Porque estaba seguro de que Sirius estaba en Hogwarts. Sabía cómo había entrado al castillo, cómo había podido llegar hasta la habitación de Harry y de sus compañeros de curso.
No, no es así, se dijo por enésima vez. Sirius no necesitaba recurrir a lo que había aprendido durante su época de estudiantes. Voldemort debía haberle enseñado artes obscuras; no en vano era uno de sus servidores más leales. Nada tenía que ver con el que pudiera convertirse en Padfoot y pasar desapercibido, nada tenía que ver el que fuera un animago no registrado, nada tenía que ver el que conociera a la perfección todos los atajos y pasajes secretos del castillo.
Nada tenía que ver que todo eso lo hubiera aprendido para estar con él.
Se dejó caer sobre la silla de su escritorio, suspirando. Lo que el último año le había demostrado era que el pasado no puede dejarse atrás. Regresar a Hogwarts había sido difícil porque cada rincón le traía recuerdos. Pero había sido peor averiguar que Sirius había escapado de Azkaban para matar a Harry.
Era espantoso pensar en ello. Sirius tratando de matar a su propio ahijado, al hijo de aquel que muchos consideraban su hermano. Y él de nuevo estaba cerca de Black y de Potter, preguntándose cuál papel le tocaría interpretar y si debería decirle a Dumbledore todo lo que sabía.
Un licántropo sólo tiene una pareja de por vida.
Pero él sólo tenía un vacío enorme en el pecho.
Porque aunque ya habían pasado doce años, seguía sin comprender lo que sentía. No podía odiar a Sirius. Cada vez que intentaba hacerlo, pensaba en el muchacho alegre de cabello brillante que había compartido su soledad, que había arriesgado su vida por él y que le había enseñado a amar sin palabras.
Pero tampoco podía amarlo, ni siquiera a su recuerdo. Porque cada vez que intentaba evocar su sonrisa o la mirada con que lo observaba cuando se quedaban callados, también recordaba un funeral al que no había querido asistir, tres lápidas en un cementerio y doce años de soledad y de frío.
Y aún así, sabía que no quería estar presente cuando los dementores atraparan a Sirius y lo besaran. Preferiría imaginar que lo habían matado, no saber que lo habían matado en vida.
Pensar en los dementores devolvió su mente a Harry. El atardecer se aproximaba. Y podría jurar que Harry, Ron y Hermione no se encontraban en la Torre de Gryffindor.
Comprendió que se había quedando mirando un cajón de su escritorio. El mismo donde estaba el Mapa del Merodeador.
¿Cómo no lo había pensado antes?
Abrió el cajón y tomó el pergamino, una avalancha de recuerdos azotándose dentro de su mente. James, desapareciendo bajo su capa invisible; Peter, mordiéndose los labios para permanecer en silencio... Sirius y sus ojos brillantes, su sonrisa alegre, su hermoso cabello negro.
Tomó su varita y murmuró, golpeando el pergamino:
– Juro que no tengo buenas intenciones.
Y, como años atrás, la presentación de los señores Moony, Wormtail, Padfoot y Prongs apareció en su superficie. Moony. Hacía una década que nadie le llamaba así.
De un vistazo, localizó a los chicos. Caminaban sin precaución alguna por los terrenos del colegio, en dirección a la cabaña de Hagrid. Debían estar usando la capa invisible de James para ir tan confiados.
Dejó el pergamino sobre la mesa y fue a prepararse un té. Estaba demasiado nervioso y el té siempre lo tranquilizaba un poco. Para cuando regresó al escritorio, vio que los chicos estaban dentro de la cabaña.
¿Tardaría mucho Severus? Ojalá. Así podría comprobar que regresaran al castillo sin tener que ocultar el mapa o borrarlo.
Los rayos del sol poniente comenzaron a entrar por la venta de su oficina. Todo tomaría una tonalidad anaranjada en minutos. Bebió un sorbo más de té al ver que los chicos comenzaban a salir de la cabaña.
Y sólo el que fuera un experto en ocultar y dominar sus emociones impidió que tirara la taza por la sorpresa.
Harry, Ron y Hermione ya no estaban solos.
Alguien más iba con ellos.
El mapa claramente decía “Peter Pettigrew”.
Con manos temblorosas, dejó la taza sobre el plato que estaba en su escritorio. Contra su voluntad, parte del líquido se derramó sobre la loza, pero ni cuenta se dio.
– Esto es un error... –murmuró.– Peter está muerto.
Sobre el Mapa apareció una viñeta. Claramente decía:
“El Mapa del Merodeador nunca se equivoca.”
– Estás funcionando mal –insistió, como si le hablara a una persona y no a un trozo de pergamino.– Estuviste años encerrado en la oficina del señor Filch.
“Funciono igual que siempre, lunático.”
– Pero...
Y entonces apareció la última frase.
“Peter Pettigrew está vivo.”
Remus sintió que el corazón se le iba a los pies. Peter, ¿vivo? ¡Pero Sirius lo había matado! ¡Lo había matado junto con doce muggles!
Sirius había sido enviado a Azkaban un par de días después y no había escapado sino hasta hacía menos de un año. Si Peter había sobrevivido, ¿por qué se había ocultado?
Pero no pudo meditar en sus razones. Un punto con un nombre nuevo se acercaba a toda velocidad hacia Harry, Ron, Hermione y Peter.
“Sirius Black.”
Remus se puso de pie, sin dejar de mirar el mapa. En un parpadeo, Sirius se había llevado a Ron y a Peter. ¿Por qué no había atacado a Harry?
Una sola persona no podría dominar a un adulto y a un adolescente, comprendió. Eso significaba que...
Peter estaba en forma de rata.
Un momento, ¿no había oído algo durante el curso? ¿Que Ron tenía una rata que había muerto?
Y vio a dónde se dirigían. A la Cabaña de los Gritos.
Sin pensar, Remus sujetó su varita y salió corriendo de su oficina. Olvidó borrar la superficie del mapa. Olvidó que era Plenilunio y que no pasaría mucho tiempo antes de que la luna llena, su brillante enemiga, alumbrara en el firmamento. No tuvo forma de saber, cuando llegó al pasadizo, de que Snape acababa de entrar a su oficina a llevarle la última copa de poción del ciclo. Que vería el mapa.
Sólo sabía que tenía que enfrentarse al pasado. Tenía que saber qué había ocurrido en realidad la noche que murieron James y Lily.
Sintió que algo renacía en su corazón.
Esperanza.
Pero de inmediato la ahogó. Al menos, hasta que entendiera qué estaba pasando.

Cada vez que te muevas
Cada vez que des un paso
Te estaré observando



Sabía que era entonces o nunca y había considerado todo lo que podía salir mal. Había pensado que, en el último de los casos, aturdiría a su ahijado y a sus amigos y mataría a Peter antes de que despertaran. Sólo hubo una cosa con la que no había contado y que, sin embargo, debía haber resultado lógica. Y era que no había podido lastimar a Harry.
Y por eso, Harry y sus amigos habían podido atacarlo. Estaba en el piso, apenas apoyado contra la pared, la nariz sangrándole. La chica se había echado hacia atrás, los ojos enormes y espantados y una cortada en el labio. El pelirrojo había regresado a la cama, el rostro lívido por el dolor provocado por su pierna rota. Y Harry apuntaba hacia su pecho con su varita.
Harry, idéntico a James pero con los ojos de Lily.
James, Lily...
Remus...
La época más feliz de su vida.
– ¿Vas a matarme, Harry? –preguntó con voz ronca, la voz de alguien que hace mucho que no habla mas que en sus pesadillas.
Sintió que el ojo izquierdo le ardía. ¿En qué momento lo habían golpeado? Ya no importaba; a menos de que Harry lo oyera, todo habría sido en vano.
– Mataste a mis padres –dijo el chico, estremeciéndose.
Si Sirius no sintió una puñalada de dolor en ese instante, fue porque la sentía a todas horas. Quizá James y Lily seguirían vivos de no haber sido por su genial propuesta.
– No lo negaré –susurró.– Pero si supieras la historia completa...
– ¿La historia completa? Los vendiste a Voldemort. Eso es todo lo que necesito saber.
No, no, no, no los había vendido. Se los había estúpidamente entregado a la única persona que jamás pensó que los traicionaría. La maldita rata que, en silencio, contemplaba la escena desde la cama.
– Tienes que escucharme –dijo, y notó que su voz era mucho menos calmada que antes.– Te arrepentirás si no lo haces... No comprendes...
– Comprendo mucho mejor de lo que crees –interrumpió Harry y añadió con voz temblorosa.– Nunca la escuchaste, ¿verdad? Mi mamá... tratando de evitar que Voldemort me matara. Y tú lo hiciste, tú lo hiciste...
Antes de que Sirius pudiera decir algo más, un manchón color jengibre se interpuso entre ambos. Sintió su peso sobre su pecho, y pronto vio que era el gato que le había ayudado desde su llegada a Hogwarts. Protectoramente, se había colocado sobre su corazón.
– Quítate –murmuró.
Y trató de empujarlo, pero el gato clavó sus garras en su túnica. La chica comenzó a llorar, pero lo único que hizo Harry fue titubear un instante antes de volver a alzar la varita en su contra. Sirius buscó su mirada, pero ya no dijo nada.
¿Cómo iría a matarlo? Era demasiado joven como para usar un Avada Kedavra. ¿Usaría una transfiguración, convirtiendo su corazón en piedra o algo por el estilo? ¿Levantaría algún objeto pesado y se lo dejaría caer en la cabeza? A Sirius no le quedó más remedio que sostenerle la mirada.
Su propio ahijado, por el que había hecho todo, iba a matarlo. Peter vería desde la cama. Y el único que le habría creído hasta el final habría sido un gato.
En eso, se empezaron a escuchar pasos en el piso de abajo. La chica, apenas los oyó, gritó:
– ¡Estamos aquí arriba! ¡Estamos aquí arriba! ¡Sirius Black! ¡Rápido!
Y Sirius comprendió que todo había terminado. Harry tenía segundos para matarlo, pero casi prefería que lo hiciera. O quien fuera que hubiera llegado volvería a entregarlo a los dementores. Regresaría al helado infierno de Azkaban.
Trató de levantarse, pero Harry apretó su varita con más fuerza.
No podía dejar de ver a la cama, donde Peter seguramente respiraba aliviado, ni a la puerta, que se abrió con una cascada de chispas rojas.
Lo que nunca esperó era quién entraría al cuarto.
Era Remus.
Su rostro estaba muy pálido, pero fue la primera vez en meses que Sirius pudo verlo bien. El cuerpo que tantas veces había abrazado de noche o de día estaba más delgado que cuando eran jóvenes; su rostro, cuyo recuerdo ocultó de los dementores, lucía líneas que deberían haber aparecido años después; su cabello castaño, que tanto recordaba revuelto sobre su propia almohada, tenía muchas canas. Pero si algo no había cambiado eran sus ojos. Los ojos dorados que amó desde adolescente y que ahora, con el profesionalismo de un experto en combate, recorrían la habitación.
– ¡Expelliarmus! –exclamó Remus, su voz grave resonando contra las paredes.
Las varitas de los chicos, la de Harry incluida, salieron disparadas y Remus las atrapó en el aire. Fue hasta entonces que se permitió ver bien a Sirius, todavía a los pies de su ahijado y protegido por el gato.
Su primera reacción fue sentir una oleada de compasión.
Sirius, su Sirius, había cambiado demasiado. Estaba muy delgado, el bien formado cuerpo que durmió a su lado por años reducido a un marco de huesos y músculos débiles. En lugar de estar cubierto por túnicas de moda, apenas lo protegía la túnica gris que identificaba a un prisionero de Azkaban. Su alguna vez hermosísimo cabello negro, por el que tanto le había gustado pasar sus dedos como si fuera arena, estaba enmarañado, sucio y muy maltratado, y había perdido todo su brillo. Al ver su rostro, sólo encontró piel pálida apenas adherida al hueso, la piel de alguien que hacía mucho que dejó de comer bien y ya no recordaba la luz del sol. Y sus ojos, que tantas veces evocó justo antes de que la luna apareciera porque le recordaban al cielo a medio día, estaban hundidos. Como si la noche hubiera caído de repente, sin luna y sin estrellas, sobre dos lagos gemelos.
Sin darse cuenta ni saber qué estaba sintiendo, se le había acercado. Mil dudas y preguntas dominaban su mente y pocas veces en su vida le había resultado tan difícil contener sus emociones.
Viéndolo a los ojos, sólo preguntó:
– ¿Dónde está, Sirius?
Sirius notó que la voz de Remus había sido demasiado tensa y que Harry miraba con sorpresa a su profesor. ¿Acaso...?
Su rostro no mostró emoción alguna, pero sus ojos no se separaron de los de Remus. Azul contra dorado, como había sido en el pasado. Por años, había bastado con una mirada semejante para que el uno comprendiera qué quería el otro, incluso sin palabras. Ya fuera algo de comer, el manifestar comprensión hacia lo que se sentía o se pensaba, o incluso una muda invitación para ir al dormitorio.
¿Cómo era que habían pasado doce años de dolor y separación y aún así pudieran seguirse entendiendo con una mirada? Porque Sirius comprendió que Remus, de alguna forma, sabía sobre Peter.
Hasta entonces, descubrió que había permanecido inmóvil. El tiempo había vuelto a recuperar su ritmo y ya no era la lenta agonía de Azkaban.
Alzó la mano y apuntó hacia Ron. Porque ambos sabrían que no era exactamente hacia Ron.
Remus no volteó a ver al chico, y de momento no prestó atención a los débiles chillidos de la rata que ocultaba. Al contrario, sólo podía mirar los ojos de Sirius.
– Pero entonces... –murmuró.
Sólo estaban los ojos de Sirius, luz de día en medio de la noche, recordatorio del Sol aún frente a la Luna. No los veas, le dijo la parte fría y precavida que había surgido en su interior durante la última década. No vuelvas a creerle, no vuelvas a enamorarte, o volverá a destrozarte el corazón.
– ¿Por qué no se ha mostrado antes?
Sirius, silencioso esa última tarde, consultando el reloj y las estrellas como si esperara algo. Sirius, sin cantar las canciones que están escuchando. Sirius de repente abrazándolo, como si temiera y lamentara algo.
Sirius, haciéndole el amor como si nunca fuera a volver a verlo.
– A menos...
Y los ojos de Remus se abrieron por completo, o al menos eso le pareció a Sirius. Había mostrado esa expresión antes, recordó, como si estuviera viendo algo que estuviera muy lejos, algo que solamente él y quizá su pareja pudieran contemplar. Remus, comprendiendo que estuvo a punto de matar a Snape. Remus, después de que Sirius se ha atrevido a besarlo por primera vez. Remus, averiguando que alguien quiere matar a James y a Lily.
Remus, escuchando la confesión de amor de Sirius en un cuarto obscuro repleto de velas.
– A menos de que fuera él... a menos de que cambiaran... ¿sin decírmelo?
No rompas el contacto, pensó Sirius.
No vuelvas a romperlo.
O te arrepentirás para siempre.
Y sin apartar la vista del rostro de Remus, asintió.
– Profesor, –preguntó Harry en voz muy alta– ¿qué está...?
Pero nunca terminó la frase.
Porque Remus bajó su varita, la vista fija en los ojos azules que amó desde adolescente. Sin pensar, se acercó a Sirius, se inclinó y lo tomó de la mano. De inmediato reconoció el tacto de esa piel que pensó que jamás volvería a tocar. Lo sujetó como si su mano fuera el única ancla que le quedaba, o más bien que había existido hacia la felicidad, y tiró de ella.
Sirius se puso de pie, el gato cayendo al piso.
Y de pronto, sintió los brazos de Remus rodeándolo, estrechándolo contra su propio cuerpo. Como en las noches de lluvia en que había relámpagos y el lobo quería ocultarse.
Era como si, con ese gesto, le pidiera perdón y le diera la bienvenida.
Sirius supo que iba a derrumbarse. Necesitaba un soporte que lo impidiera.
Y abrazó a Remus, justo como hizo esa última noche mientras trataba de convencerse de que no podía ser un traidor.
No era igual que antes. No podría serlo. Los dos estaban demasiado cansados y lastimados. Había canas por un lado y recuerdos perdidos por el otro. Había dolor y dudas por un lado, culpa y angustia por el otro.
Pero había cosas que no cambiaban aunque hubieran pasado doce años.
Sirius seguía tratando de percibir su piel a través de su túnica.
Remus seguía oliendo a chocolate.
– ¡No puedo creerlo!
Se soltaron y miraron a Hermione. La joven se torcía las manos en su desesperación, sus ojos brillantes por la decepción. En la cama, Ron se había puesto muy pálido. Harry no parecía comprender del todo qué estaba pasando, como si fuera algo demasiado horrible ver a su profesor favorito abrazando al asesino de sus padres.
Una rata chillaba frenéticamente.
Y tanto Remus como Sirius supieron que las cosas no serían tan fáciles como podría pensarse, aún cuando estuvieran juntos de nuevo.

Te estaré observando
Cada vez que respires
Cada vez que te muevas
Cada vez que rompas un lazo
Cada vez que des un paso



Un enorme perro negro caminaba por las calles de una población muggle que le era muy conocida. Algunos lo veían y a algunos niños les llamaba la atención, pero no se atrevían a acercarse. Era demasiado grande como para garantizar que no le arrancaría a alguien una mano de una mordida. Así pues, seguía su camino sin mayor problema.
La gran ventaja de los perros es que siempre parecen saber a dónde van. Y vaya que él sabía a dónde iba.
Ya había estado ahí en otras ocasiones, tratando de recuperar a algo más que un amigo. Doce años de separación no pueden resolverse en una noche (y vamos, ni siquiera habían tenido dicha noche). No importaba tanto el que fueran un fugitivo que tenía que cambiar de escondite con frecuencia y un licántropo incapaz de conservar un trabajo, sino el hecho de que habían dudado el uno del otro cuando ambos habían sido inocentes.
¿Cómo habían dudado primero uno del otro que de Peter?
Bueno, eso era algo que tenían que resolver. O algo de lo mucho que tendrían que resolver con el tiempo.
Las lechuzas habían servido de mucho, y de vez en cuando había ido a visitar a Remus. Habían hablado mucho sobre lo ocurrido años atrás. Sirius era la única persona con la que Remus se permitía recordar a James y a Lily, y viceversa. Y, por supuesto, estaba Harry. Al fin Sirius había comprendido la magnitud de su responsabilidad tanto hacia su ahijado como hacia su mejor amigo, y por eso mismo había pasado el último año en las cercanías de Hogwarts.
Ni Remus ni Sirius sabían por qué le había dolido la cicatriz a finales del verano anterior, pero Dumbledore (que se escribía con ambos) pensaba que podría estar relacionado con Voldemort. Los tres temían que se estuviera reiniciando la pesadilla de años atrás; empezaba a desaparecer gente, los Death Eaters se habían manifestado en la Copa Mundial de Quidditch y no habían podido averiguar nada sobre el paradero de Peter. Cuando el nombre de Harry apareció dentro del Cáliz de Fuego, fue demasiado obvio que su ahijado y ex-alumno estaba en peligro.
Y ahora Sirius regresaba al que había sido su hogar por un tiempo muy breve. Pero no volvía con el usual buen humor que sentía cuando se aproximaba a la casa de Remus.
Al contrario, estaba muy preocupado. Y muy triste.
¿Sería por ello que las instrucciones de Dumbledore habían sido tan precisas? “Comunícate con Remus Lupin, Arabella Figg, Mundungus Fletcher, el Viejo Grupo... Ocúltate en casa de Lupin un tiempo, yo me comunicaré contigo.”
Dumbledore los había conocido mejor que nadie, claro, después de James. Sabía lo que estaba pasando en el alma de Sirius, y sabía (o debía hacerlo) que sólo había un lugar en el cual podría sanar antes de que la guerra volviera a comenzar.
Así, el perro negro se apostó cerca de la pequeña casa que consideraba suya en parte. Al parecer no había nadie, así que se echó y comenzó a vigilarla.
Pasó un rato. Se preguntó por qué Remus no había puesto una puerta para perro en la entrada. De acuerdo, con Peter libre sería demasiado sospechoso que hubiera una sin que tuviera un perro, pero al menos podría estar echado sobre una alfombra y no sobre el césped.
Esto es, hasta que escuchó pasos. Vio a un muggle aproximándose, pero él fue el único que supo que de muggle sólo tenía la ropa. Los muggles no poseen ojos dorados.
Remus se aproximó a la puerta de su casa, y fue el momento que el perro negro aprovechó para acercársele. Vio que su pareja traía un libro. Moony no cambiaba; podía vestir las túnicas más viejas, pero gastaba todo su dinero en libros.
A pesar de lo silencioso de sus pasos, Remus volteó a verlo antes de que lo alcanzara.
– ¿Padfoot?
Por toda respuesta, el perro de ojos claros lo miró fijamente. El humano abrió la puerta, permitió que el perro entrara y lo siguió, cerrando la puerta tras de sí.

Te estaré observando
Cada uno de los días
Cada palabra que digas
Cada juego que juegues
Cada noche que te quedes



Para cuando Remus cerró la puerta, Sirius ya se había transformado de vuelta en humano. De nuevo estaba demasiado delgado, pero no fue eso lo que le preocupó.
Fue la extrema palidez de su rostro.
– ¿Qué pasó? –preguntó.– ¿Le ocurrió algo a Harry?
Sirius trató de hablar, pero de momento no salieron las palabras de sus labios. Al final, sólo pudo murmurar:
– Voldemort ha regresado.
Únicamente el control que Remus tenía sobre sus emociones impidió que hiciera o dijera algo. Dejó el libro sobre la mesa y miró a Sirius en silencio, pidiéndole que continuara.
– Dumbledore me pidió que me comunicara con Bella, con Mundungus y contigo. Tenemos que volver a estar juntos.
– ¿Y Harry? ¿Está bien?
De momento, Sirius no pudo responder. De nuevo, se encontraba en la oficina de Dumbledore, esperando y temiendo lo peor, esperando escuchar pasos que se acercan y teniendo a Fawkes por única compañía.
Desvió la mirada.
– Voldemort estuvo a punto de matarlo, Moony. Peter estaba con él.
Y sin hacer caso a la silenciosa maldición de Remus, continuó:
– Usó sangre de Harry para revivirlo, pero hubo un Priori Incantatem y ecos de James y de Lily acudieron a protegerlo.
Al llegar a esa parte, la voz se le quebró. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, así que los cerró para detenerlas, sin mucho éxito. Antes de darse cuenta, añadió:
– Peter mató a un compañero de Harry.
– No... –murmuró Remus, esforzándose por conservar el control aunque sabía que lo estaba perdiendo.– ¿Ron? ¿Hermione?
Sirius negó con la cabeza.
– El hijo de Amos Diggory.
Apenas si escuchó cundo Remus murmuró "Cedric". Toda la fortaleza que se había obligado a demostrar frente a Harry y Dumbledore comenzaba a desvanecerse y ya no podía fingir una seguridad que no sentía.
Volvió a mirar a Remus a los ojos y dijo:
– Está comenzando de nuevo, Rem. Por culpa de Voldemort, han muerto una bruja del Ministerio, el infeliz de Crouch, un muggle... y un chico, un muchacho que sólo estuvo en el lugar equivocado y que podría haber sido Harry. Ya empezó y no sé, no quiero pensar cuántos van a morir esta vez.
– Sirius...
– Es como si nada hubiera cambiado, como si las muertes de James y de Lily hubieran sido en vano, como si estuviéramos al inicio otra vez.
Contra su voluntad, las lágrimas comenzaron a derramarse por su rostro. No, no llores, se dijo, pero su mente prestó más atención a lo que decían sus labios.
– Va a ir detrás de Harry. Y ni siquiera podré protegerlo porque el Ministerio me persigue. Y tiene que ir de nuevo con los idiotas muggles que tiene por familia y si los Death Eaters llegan por él, Bella no será protección suficiente.
– Sir...
– ¡Les fallé, Remus! ¡Les fallé a James y a Lily y le fallé a Harry! ¡No pude protegerlo cuando me necesitó y casi lo matan!
Sirius no pudo soportar la mirada comprensiva, casi compasiva, de su pareja y menos cuando sus ojos dorados también se llenaron de lágrimas. Le dio la espalda; verlo así era como contemplar su propio fracaso.
– Debimos matarlo, Rem... Debimos matarlo...
En eso, sintió los brazos de Remus rodeándolo. Hasta entonces, descubrió que se había puesto helado. No volteó a verlo, pero escuchó sus palabras en su oído.
– No podemos regresar el tiempo. Sólo podremos actuar desde hoy.
– Pero...
– No te culpes, Sirius. Dumbledore también estaba ahí y tampoco pudo evitarlo. Era algo que iba a ocurrir aunque no lo hubiéramos dejado solo.
Black no pudo responder. Odiaba sentir un sollozo en la garganta, y no tenía idea de cómo deshacerse de él sin soltarse llorando.
– Entonces, ¿qué? ¿Debemos esperar a que nos ataquen? ¿A que la próxima vez Voldemort tenga más suerte?
– Harry no está solo –murmuró Remus, apretando con más fuerza el cuerpo de Sirius.– Tiene a Dumbledore, a Arabella, a los Weasley... tiene a Lily y a James.
Y en voz más baja, añadió:
– Nos tiene a ambos. Y esta vez, vamos a permanecer juntos.
De nuevo los envolvió el silencio. Sirius llevó sus manos a los brazos de Remus, que no lo soltaba, y comenzó a acariciarlo con suavidad a través de su ropa. Sintió los labios de Remus besándolo con ternura en el cuello, subiendo lentamente hacia su rostro.
Era la primera vez, en trece años, que se permitían tocarse así.
Sirius volteó hasta encontrarse de frente a Remus y comenzó a responder, apenas pasando sus manos por el rostro de su pareja. Sus dedos, más de una década después, volvieron a recorrer un cuerpo que le había pertenecido, y pronto recibió una respuesta idéntica a sus movimientos al sentir cómo las manos de su amante comenzaban a bajar hacia su cadera.
– Rem, yo... –murmuró.
– No lo digas.
– Perdó...
No pudo terminar la frase. Remus había encontrado la forma para entretener sus lenguas mutuamente, y Sirius comenzó a sumergirse en una sensación que creyó haber perdido para siempre. Su corazón empezaba a aligerarse y a palpitar con fuerza a la vez que percibía algo semejante al fuego en la boca, en la parte superior de las piernas, en la punta de sus dedos, donde quiera que Remus lo tocara y él empezara a tocarlo. Antes de darse cuenta, lo apretó contra su cuerpo, tratando de recuperar un ritmo que llevaba adormecido más de una década. Notó que el cuerpo de Remus también comenzaba a despertar y que su pareja, sin soltarlo y dejar de besarlo, empezaba a guiarlo hacia el dormitorio.
Lo último que Sirius pudo pensar fue que sí, que la guerra había vuelto a comenzar, que todos volverían a estar en peligro, que no había forma de saber qué les deparaba o qué sufrimientos tendrían que enfrentar.
Pero también supo que no sería igual que la última vez.
Porque iban a permanecer juntos. Pasara lo que pasara.

Te estaré observando
Cada movimiento que hagas
Cada juramento que rompas
Cada sonrisa que finjas
Cada frase que digas



La luz de la media luna se cuela por la ventana. Da un extraño brillo azulado a todo lo que hay en la habitación. Los libros, los muebles, la ropa en el piso.
A los dos cuerpos que duermen, uno en los brazos del otro, en la única cama que hay en el cuarto.
Los dos están soñando. Hace mucho que dejaron de hacerlo, pero esta noche no los acompañan pesadillas.
Uno, cuyo cabello castaño y canoso se apoya sobre el pecho de su pareja, sueña con una noche semejante años atrás. Con la tenue luz de las velas que ilumina con suavidad la habitación.
Por años se preguntó si el que alguien de su clase sólo pudiera tener una pareja de por vida era una maldición. Pero justo antes de quedarse dormido, comprendió que no era así.
Sí, un licántropo sólo puede tener una pareja de por vida. Pero él es quien decide elegirla. Esperarla. Amarla.
El otro, cuyo cabello obscuro cae sobre sus hombros, pasa una noche tranquila por primera vez en semanas. Ya no tiene pesadillas a diario, producto de un dementor que se ha acercado de más. El helado infierno de Azkaban no se ha alejado, pero está quedando atrás. Ya sabe qué está pasando en su mundo y, aunque eso lo angustia, ha decidido olvidarlo por unas cuantas horas.
No sueña con culpas, con frío ni con una separación.
En su mente, ha vuelto a Hogwarts. Tiene trece años de nuevo. Frente a él, hay un pergamino lleno de cálculos y de símbolos.
De pronto, se da cuenta de que un chico de cabello castaño lo está observando.
Alza la vista.
Y el azul se enfrenta con el dorado como si fuera la primera vez.

Te estaré observando
Cada vez que respires
Cada vez que te muevas
Cada vez que rompas un lazo
Cada vez que des un paso
Cada uno de los días
Cada palabra que digas
Cada juego que juegues
Cada noche que te quedes
Cada movimiento que hagas
Cada juramento que rompas
Cada sonrisa que finjas
Cada frase que digas
Te estaré observando




finis


* Nota de la autora:
Jo es una semidiosa, Sting es un semidios, pero dudo que me dejen ser proferta de ambos. Y sí, de acuerdo, la canción es de The Police... pero una galleta a quien haya detectado la alusión a una canción de Peter Gabriel.



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