Volando


Por Altair

Al revés, de cabeza
Levanta mi peso del suelo
Cayendo a la profundidad del cielo
Deslizándonos a lo desconocido


– Peter Gabriel, “Al revés”



Déjate llevar, murmuras en mi oído mientras tus manos se pelean con mi ropa y me recuestas sobre nuestra cama. Déjate llevar y no pienses en nada, insistes, y permite que sea yo quien te lleve al cielo.
Quiero hacerlo. No sé cuándo volveremos a estar juntos.
Pero mi mente no se atreve. Hubo un tiempo en que no habría dudado y no habría escuchado a mis pensamientos, y me dejaría llevar de nuevo, como tantas veces ha ocurrido entre nosotros, hasta alcanzar ese instante en que nada existe para mí que no seas tú.
Hoy esos mismos pensamientos no dejan de gritarme que sea realista, que te vea por lo que realmente eres, que te confronte.
Tu cabello roza mi piel y acaricia mi rostro. Déjate llevar, murmuras de nuevo, y siento tus labios en los míos. Nuestras lenguas se encuentran, se separan, vuelven a encontrarse. Quiero acariciarte, pero una de tus manos me lo impide mientras detienes mi cuerpo con el tuyo. Regálame esta última noche, susurras, y comienzas a besar mi rostro. Aunque trato de mantenerme impasible, te sales con la tuya y dejo escapar un gemido de placer cuando llegas a mis orejas. Te detienes un instante, apenas separando un poco tu rostro; esperas y luego sigues hacia mi cuello.
Sé por qué te detuviste. Te conozco mejor que a mí mismo. Buscabas mi mirada, pero no abrí los ojos. No quiero verte. No puedo hacerlo.
Porque sólo hay un momento en el cual no hay mentiras. Puedes ocultar verdades, pero no fingir. Y es cuando haces el amor con alguien a quien adoras, y ambos saben que será la última vez por un largo tiempo. Cuando, de hecho, no sabes si volverás a ver a esa persona por lo que te quede de vida.
¿Para qué mirarte a los ojos si no podré decirte que lo sé? No, mejor intento dejarme llevar y concentrarme en mis otros sentidos y no en mi vista. Por favor, que la sensación del calor de tu cuerpo y de tus labios sobre mi pecho sean suficientes para olvidar mis sospechas y mis dudas.
Quiero volver a confiar en ti sin darme cuenta, sin tener que preguntarme si estoy o no cometiendo un error. Como antes. Como cuando éramos niños.
¿Lo recuerdas? Ahora será de noche, pero en mi mente es de día. Hace muchos, muchos años. Antes de las dudas. Antes del amor. Antes, incluso, de la amistad.
Es un brillante día de estío, con hermosas nubes esponjadas en el firmamento. Una suave brisa golpea nuestros rostros, trayendo consigo los aromas del Bosque Prohibido. Es un buen día para aprender a volar.
Todos estamos formados en una hilera, alumnos de Gryffindor y de Ravenclaw. Nosotros hasta el final. Una mujer, cuyos ojos amarillos se asemejan a los de un halcón, nos indica que coloquemos nuestras escobas del lado de nuestra mano dominante. Que extendamos nuestra mano sobre ella y gritemos “¡Arriba!”.
Le responde un coro de voces infantiles y de inmediato el susurro de muchas escobas que reaccionan y obedecen. Algunas se quedan quietas. Una es la mía.
No me pregunto a qué se debe. Lo tengo muy presente.
Los lobos son criaturas de tierra, y el mío no quiere separarse de ella. Sus sentidos le permiten controlar lo que está sobre el suelo, pero en el cielo no tendrá en dónde apoyarse. Esos mismos sentidos de los que tanto depende y que tan bien lo guían acá abajo, allá arriba no le servirán de nada.
El lobo tiene miedo.
Yo tengo miedo.
Claro que no podé confesarlo frente al resto de la clase. Espero que la maestra lo deduzca cuando llegue a mi lado y me pregunte por qué mi escoba ha permanecido inmóvil.
– Estás asustado, ¿verdad?
A pesar del bajo volumen de tu voz, alcanzo a oírte. La maestra no lo nota; está revisando las posturas de aquellos que están al inicio de la fila y ayudando a los otros que no obtuvieron respuesta por parte de sus escobas.
Volteo a verte. Eres uno de mis compañeros de casa, pero ha sido fortuito que quedemos uno al lado del otro. Presiento que si fuera un poco más abierto, tú y los otros dos chicos de mi clase podrían convertirse en mis mejores amigos.
Pero abrirme, tarde o temprano, equivaldría a revelarles lo que soy. Y no quiero aprender a querer a alguien para luego ver cómo se aleja de mí.
Si tan sólo le hubiera hecho caso a mis instintos...
Me miras con ojos azules semejantes en tono al del firmamento. Tu brillante cabello negro cae sobre tus hombros. Por supuesto, tu escoba te ha obedecido, pero tus palabras no muestran la menor señal de burla.
No respondo, pero creo que mi expresión es evidente. Sonríes y otro chico a tu lado, también compañero nuestro, voltea a vernos.
– Es de lo más normal la primera vez que vuelas –continúas, restándole importancia al hecho de que mi escoba siga en el suelo.– La primera vez que quise volar, me tomó diez minutos y una patada para que mi escoba me obedeciera. Y luego me caí. Dolió, la verdad.
– ¿Ah, sí? –pregunto, odiándome de inmediato por no poder decir algo más inteligente.
– Pero si le pierdes el miedo ,–insistes– te obedecerá. Las escobas saben.
Volteo a ver mi escoba de nuevo. Trato de concentrarme y sólo pienso en una frase. Notengomiedonotengomiedonotengomiedo.
– Arriba –murmuro.
La escoba permanece en el suelo. Y comprendo que sigo con miedo. O que el lobo sigue con miedo.
Hay momentos en que ya no sé quién soy yo y quién es el lobo. Quizá los dos sí seamos el mismo.
James, que así se llama el chico que está a tu lado, voltea a ver a la maestra. Ella apenas ha llegado a la mitad de la fila, dando indicaciones y corrigiendo posturas. De inmediato intercambia una mirada contigo y asiente.
Entonces, y procurando que la maestra no te vea, sueltas tu escoba y te colocas detrás de mí. Sin pedir permiso ni hacer advertencias, me sujetas del brazo, colocando de nuevo mi mano sobre la escoba. Sé que debería molestarme o por lo menos incomodarme; los únicos que durante mi vida me han tocado sin contener un estremecimiento han sido Mamá y Papá. Y sin embargo, sentirte no me provoca rechazo alguno.
Por un instante me pregunto si te estremecerías al saber lo que soy.
– No pienses en las caídas ni en que puedes salir lastimado –murmuras en mi oído para que la maestra no se dé cuenta de que me estás ayudando.– Eso no ayuda. Piensa en lo que sentirás cuando vueles.
Aunque en ese momento el contacto fue inocente, nunca ha dejado de sorprenderme el que recuerde a la perfección cómo percibía tu cabello rozándome el cuello.
– Piensa en lo que más deseas –sigues, tomándote tu tiempo aunque la maestra sigue su camino.– Piensa en que dejarás de percibir el suelo. Ya no habrá más gravedad para ti. Serás libre.
– ¿Libre? –pregunto.
– Sí, libre. En serio, ya nada te dominará y ya no dependerás de nada. Sólo dependerás de ti mismo y de lo que tú desees.
¿Habrías imaginado qué era lo que realmente deseaba? No, no era aprender a volar. Era que la Luna jamás volviera a llenarse. Que el Lobo nunca regresara. Que la cadena que me ata a la Luna se rompiera en mil pedazos y en que fuera imposible volver a unirlos.
Ahora sólo deseo que todo sea una pesadilla y que mis temores no sean correctos.
– Piensa –continúas– que mientras estés en el aire todo parecerá distinto. Todo lo que en tierra luce enorme e impresionante, desde el aire no serán más que puntitos. Será como si vieras un problema desde lejos y pudieras darle al fin su valor verdadero.
Pienso en mi maldición, en la soledad a la que estoy condenado, en que será así para siempre.
En que daría todo por poder contemplar todo desde lejos y creer con el alma que algún día, a pesar de ello, habrá alguien a quien no le importará averiguar lo que soy y permanecerá a mi lado, quizá (me atrevo a desear) para siempre.
– Piensa en lo maravilloso que será dejar de respirar unos instantes, en descubrir que tu cuerpo se mueve por instinto, en cuán emocionante es sentir que el corazón va a salirse de tu pecho.
Me concentro en la sensación que describes, pero sólo puedo imaginarla. Jamás la he descubierto porque nunca he volado, y todavía no puedo descubrir que no sólo el vuelo provoca las emociones que describes. Para eso tendrán que pasar algunos años, y tú también serás mi guía.
– Déjate llevar.
Y casi sin notarlo, murmuro:
– Arriba.
Y siento el mango de mi escoba en la mano. Había cerrado los ojos y no me había percatado de ello. Vuelvo a abrirlos y veo a James y a ti a punto de gritar de alegría. Casi grito con ustedes.
La voz de la maestra está más cerca que antes, y de inmediato me sueltas para recuperar tu lugar en la fila. Si ella se dio cuenta de que me ayudaste, jamás lo sabremos. Sólo corrige la forma en la que sujeto la escoba, pero me sonríe. Quizá temía que no fuera capaz de lograrlo. James y tú me sonríen de reojo, y por primera vez en mi vida creo que podría importarle a alguien que no guarde conmigo un lazo de sangre.
También me acompañan cuando la maestra nos indica que iniciemos el vuelo. James apenas sujeta su escoba, como si hubiera nacido volando. Tú permaneces cerca, como si temieras que vaya a caerme. No sólo no lo hago, sino que un rato después estamos riendo. Curiosamente, nunca me agradará del todo volar. Pero en este momento, sólo pienso en lo que predijiste que sentiría: el viento golpeando mi rostro y casi impidiéndome respirar, mi cuerpo moviéndose por instinto, mi corazón palpitando casi hasta salirse de mi pecho...
Tus labios recorren mi cuerpo y tu piel se frota contra la mía. Es como si comenzara a volar. Pero mi instinto quiere quedarse en tierra y no ceder. Esta vez no es el lobo.
Esta vez soy yo quien no quiere volar.
¿En verdad nos estás traicionando?
Y sin embargo, mañana te marcharás, llevándote contigo la seguridad de la familia de aquel que casi es tu hermano.
Y mi alma.
¿Por qué ya no puedo confiar en ti?
¿Y por qué quiero hacerlo? ¿Por qué daría mi vida porque todo fuera como antes?
Porque te amo. Y lo sabes, aunque jamás haya podido pronunciar las palabras.
– Rem...
Murmuras mi nombre como si fuera algo precioso para ti. Sin pensar, te tomo de los brazos, pidiéndote con ese gesto que me veas de frente.
Alzas la vista y finalmente miro tus ojos. ¡Cómo recuerdo el cielo de ese día cuando los veo! ¿Qué encuentras en mis ojos para mirarme de esa forma?, quiero preguntarte, pero en lugar de ello acaricio tu rostro.
Intento olvidar la inquietud que observo en tu mirada cuando volvemos a besarnos. ¿Qué te ocurre?, quiero preguntarte. ¿Qué te preocupa?
Sirius, mi Sirius, ¿vas a decirme al fin la verdad?
Pero no puedo decir nada. Las palabras no salen de mi garganta y sólo quiero concentrarme en la sensación de tu piel contra la mía, en el aroma de tu cabello, en el sabor de tu lengua. Sólo puedo pensar en cuánto deseo que todo vuelva a ser como antes. Que esté equivocado.
Que vuelvas pronto.
Me dejaré llevar esta noche. Quiero volver a sentir que estoy volando. Quiero que vuelvas a llevarme al cielo.
Quiero que vengas conmigo.
Ya mañana volveremos a tierra.


finis



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