Por todos los días que me quedan
Por Altair
Para Nagiko, quien se atrevió a ser la beta-reader de mi traducción.
Para Nath y Ucchan, quienes se atrevieron a señalarme cómo podía mejorarlo.¿Por qué debería llorar por ti?
¿Por qué querrías que lo hiciera?
¿Y que significaría decir
que te amé a mi manera?
— Sting, "¿Por qué debería llorar por ti?"
Amor perfecto vuelto imperfecto
Tan pronto como Remus abrió los ojos, supo que algo estaba mal. El profesor Dumbledore estaba sentado sobre su cama, esperando a que despertara. Cada mes, sólo eran Madam Pomfrey y él, dentro de esa habitación especial en la enfermería, donde ningún estudiante podría entrar y descubrir su enfermedad.
Dumbledore lo había acompañado únicamente durante los primeros meses de su estancia en Hogwarts. Encontrarlo ahí era un inexplicable mal augurio.
— Profesor... —murmuró.
— Pasó algo anoche, —dijo Dumbledore, y fue hasta entonces que Remus notó que su cuerpo le dolía más de lo usual.— ¿Puedes recordar algo?
La mente de Remus era un torbellino, así que no respondió de inmediato. Recordó cómo había empezado la noche, con él esperando a sus amigos dentro de la Cabaña, pero no podía decirle eso a Dumbledore. Entonces apareció la luna y comenzó a perder su mente mientras cambiaba.
— Había alguien conmigo —empezó.— No puedo record...
Entonces recordó, y el descubrimiento hizo que su respiración se interrumpiera. Uno de los Slytherin, aquel que siempre los estaba siguiendo, el que odiaba apasionadamente a James. Aquel a quien James y Sirius molestaban cuando estaban aburridos. Aquel a quien él permitía que molestaran.
— Sí, Remus, fue Severus Snape.
Madam Pomfrey, quien estaba cerca de ellos, lanzó una mirada estricta hacia el Director, pero por algún motivo prefirió permanecer callada. Remus comenzó a asustarse.
— ¿Sabes cómo pudo llegar a la Cabaña de los Gritos? —preguntó Dumbledore con voz gentil pero firme.
— No...
No pudo continuar. Recordaba, pero esas imágenes no le pertenecían a él, sino al Lobo. Recordó el olor del sudor y del miedo y, lo peor, del terror más puro cuando el chico de Slytherin comprendió que iba a morir.
Recordó el olor de la sangre humana.
Sintió náuseas cuando recordó sus ansias de matar.
A pesar de su juventud, Remus siempre había estado secretamente orgulloso de su autocontrol. Al principio había sido una necesidad, pero se las había arreglado para convertirlo en una de sus mejores cualidades. En ese momento, aún así, perdió todo control sobre sí mismo. No pudo hacer nada cuando empezó a temblar con desesperación. Sus nudillos se tornaron blancos cuando apretó las sábanas casi al punto de romperlas y movió la cabeza de lado a lado, negándose a aceptar lo que podría haber ocurrido y que él habría hecho.
Esto es, hasta que Dumbledore tomó sus manos para tranquilizarlo.
— Está bien, Remus, todo está bien —dijo, mirándolo a los ojos, su voz más suave que antes.— Severus está bien. James Potter lo salvó.
En la mente de Remus no había nada sino confusión.
— ¿James? —preguntó, incapaz de entender.
Dumbledore asintió. Madam Pomfrey intercambió con él otra mirada de preocupación; tal vez pensaba que tales emociones eran demasiado fuertes para esa mañana en particular, pero el director no cedió.
— James llegó justo a tiempo para salvar a Severus, —insistió Dumbledore.— Severus está muy asustado, pero a salvo. Le he hecho jurar que nunca revelará tu secreto, a menos de que quiera que lo expulse de la escuela.
Remus apenas si escuchó esas palabras. Dentro de su mente volvía a ver el rostro de Snape, más pálido aún de noche, y evocaba el olor de su sudor, su miedo, su sangre fluyendo con más rapidez en sus venas. De repente todo desapareció y sólo quedaron los olores de su propio sudor, miedo y sangre.
Hasta entonces, Remus notó que sus brazos estaban vendados, y percibió curas similares alrededor de sus piernas, por debajo de su pijama. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez en que había necesitado lastimarse con tanta violencia; de hecho, justo el mismo tiempo que sus tres mejores amigos habían sido animagos.
¡Sus amigos! ¿Dónde...?
— ¿Y James? ¿Dónde está James? ¿Está bien?
El corazón de Remus no había sido azotado por una desesperanza tan profunda en largo tiempo. Severus estaba a salvo, pero, ¿y James? ¿Y qué había ocurrido con Sirius y Peter? Trató de levantarse, pero Dumbledore no se lo permitió. Hasta que Madam Pomfrey acudió en auxilio del director y lo sujetó por los hombros, Remus notó cuán mareado estaba.
— Remus, cálmate, —susurró Dumbledore, tranquilizándolo.— Perdiste mucha sangre. No debes esforzarte.
— Pero...
— James está bien. Asustado, pero bien.
Cuando escuchó esas palabras, Remus dejó de pelear contra Madam Pomfrey y permitió que lo apoyara de nuevo sobre las mullidas almohadas de la cama. Lo único en lo que podía pensar era en que James estaba bien. Estaba fuera de peligro. No lo había mordido.
Pero incluso en su alivio, quedaba una pregunta.
— ¿Cómo llegó Severus a la Cabaña?
Dumbledore no respondió, pero su mirada se volvió estricta, con obvias señales de enojo.
— Quiero decir, —continuó Remus, —Severus siempre nos está siguiendo, no sé por qué. Pero no es fácil entrar en la Cabaña y...
Guardó silencio. Dumbledore sujetó sus manos con más fuerza que antes y, mirándolo a los ojos, le dijo:
— Sabemos cómo lo averiguó. No será fácil para ti, pero creo que tienes el derecho de saber quién se lo reveló.
Remus palideció. ¿"Quién"? ¿No había sido un accidente?
Antes de que pudiera preguntar algo más, Dumbledore miró hacia la puerta y pidió.
— Minerva, entra por favor.
La puerta se abrió, destrozando el mundo de Remus.
Sirius estaba junto a Minerva McGonagall. Había fijado la mirada en el piso y su lenguaje corporal reflejaba la miseria más absoluta. Dumbledore, con voz estricta, ordenó:
— Sirius, tienes mucho que explicarle a Remus.
Sirius alzó el rostro y sus ojos dijeron más que todas las palabras en el mundo, pero Remus no pudo comprenderlas. Había dejado de respirar, como si vivir fuera más difícil que antes.
Habían pasado dos semanas. Y todo lo que Remus sabía era que extrañaba a Sirius y que se odiaba por ello.
Era algo difícil de aceptar, sobre todo porque Remus sabía que tenía derecho a estar enojado. No, enojado no: furioso. Pero cuando miró al objeto que el Profesor Flitwick estaba hechizando, el rostro de Sirius apareció dentro de su campo de visión. Un dolor sordo dentro de su corazón le recordó cuánto lo extrañaba, y aún así, se obligó a concentrarse en el objeto y en cómo Flitwick estaba cambiando sus colores y en aprender el hechizo que les estaba enseñando.
Tenía que dejar de pensar en el cabello de Sirius, en su voz queda y en la triste expresión que sus pálidos ojos mostraban cada vez que lo observaban.
A pesar de que Remus sabía cuán doloroso habría sido de ser Peter o James quienes revelaran su secreto a Snape, también sabía que habría sido un dolor diferente. No podía amar a todos sus amigos de la misma forma, y la separación le había traído un pequeño descubrimiento.
Había comenzado a entender que no amaba a Sirius sólo como a un amigo.
¿Cuándo había iniciado? Remus no tenía idea. Tal vez se debía a la empatía entre sus formas animales. Tal vez sus personalidades se oponían y complementaban a la perfección. Tal vez tenía que ver con razones más simples, como el brillante cabello negro de Sirius, o sus ojos pálidos, o cómo sonreía al menor pretexto. O tal vez, sólo tal vez, lo necesitaba.
Pensar en Sirius era doloroso, pero las dos semanas anteriores habían sido peores. Remus no podía recordar mucho de aquella mañana. Había averiguado que, a pesar de que Sirius merecía ser expulsado, no podía serlo sin que la verdadera razón saliera a relucir de algún modo. También había descubierto que James le había aplicado la ley del hielo, pero no había durado mucho —¿como podría, cuando casi se habían convertido en hermanos?
Todo lo que podía recordar era que no había querido escuchar a Sirius. Después de que confesó que sí, que él había sido el que le reveló a Snape cómo llegar a la Cabaña de los Gritos, y por favor, Moony, perdóname porque fue en un arrebato, Remus sólo tuvo una palabra para él:
— Lárgate.
Y a pesar de sus ruegos, al final Sirius había tenido que rendirse y se había ido. Pero no sólo de la habitación, sino de su vida, o al menos eso era lo que Remus intentaba. Había comenzado a replegarse en sí mismo, como había ocurrido al inicio de su primer año. James y Peter constantemente lo invitaban a que se reuniera con ellos, pero no podía estar tan cerca de ambos como antes. James insistía, aún cuando parecía comprender por qué Remus quería estar solo, y Peter sólo podía mirarlo en silencio, deseando que todo volviera a ser como antes.
Pero lo peor de todo era tener que lidiar con Sirius. Padfoot estaba muy consciente del error que había cometido y era obvio que se arrepentía de haber perdido a Remus de esa manera, así que había intentado todo para merecer su perdón y recuperar su confianza. Le escribía su tarea de Pociones, aquella clase que tan difícil le resultaba, pero Remus no la aceptaba y prefería desvelarse aunque sus ensayos estarían llenos de errores. Cada noche, Remus encontraba una barra de chocolate diferente, siempre una de sus favoritas, sobre su mesa de noche, pero eran guardadas dentro de su cajón sin ser probadas. Sirius estaba constantemente buscando una excusa para hablar con él, mejor aún si estaban solos, así que Remus se encontró pasando más tiempo en la biblioteca, donde Madam Pince hechizaría a cualquiera que hablara demasiado fuerte, o con cualquiera de sus maestros, haciendo preguntas para unos N.E.W.T. que no se celebrarían hasta después de más de un año.
Lo peor, aún así, era toparse con la mirada de Sirius por accidente, como había estado a punto de ocurrir. Sus ojos todavía le decían más que todas las palabras en el mundo. Le recordaban a Remus que había sido una de las pocas personas en el mundo que lo había aceptado como era. También hablaban de cómo Sirius había arriesgado su vida para acompañarlo durante la luna llena. Le recordaban momentos que habían pasado juntos, donde todo lo que había importado era el presente y el hecho de que él, un licántropo, tenía amigos. Pero también habían revelado algo más.
Remus había descubierto que no era el único que amaba a otro integrante de su grupo como más que un amigo.
Cuando Remus miraba los ojos de Sirius, comprendía que podría perderlo para siempre a menos de que lo perdonara.
Así, cada mañana Remus se recordaba a sí mismo que Sirius lo había traicionado y que todavía había mucho dolor y resentimiento entre ellos. Y durante las clases se concentraba en objetos que cambiaban de color y que flotaban por el aula de Encantamientos, y no en ojos pálidos que suplicaban en silencio.
En eso, la puerta se abrió. Todos voltearon a ver a la profesora McGonagall, quien estaba en el umbral. Pero, a diferencia de lo que acostumbraba, su rostro mostraba una profunda tristeza.
— Discúlpame, Filius, —dijo— ¿podrías permitirme a Lupin?
Remus no tenía forma de saber que, en cuestión de segundos, lo dominaría un dolor más profundo que el de un corazón roto.
El rey del dolor
Mientras Remus salía, Sirius supo que algo estaba mal. O peor, en todo caso.
Miró a Peter y a James y presintió que pensaban en las mismas líneas. Varios murmullos invadieron el aula, al menos hasta que Flitwick los llamó al orden. Dichos murmullos tenían una razón. Cuando se sacaba a un estudiante del aula, la razón tenía que ser algo malo. En la mayoría de los casos, lo "malo" tenía un nombre.
Voldemort.
La puerta se abrió de nuevo, se hizo el silencio y Remus regresó a su escritorio. Estaba muy pálido y se mordía los labios mientras reunía sus cosas y las guardaba dentro de su mochila. McGonagall y Flitwick intercambiaron una mirada, y la usualmente alegre cara del profesor de Encantamientos se volvió triste. Los otros estudiantes de Gryffindor y Ravenclaw guardaron un respetuoso silencio hasta que Remus dejó el aula, guiado por McGonagall.
En medio del ambiente de terror que crecía fuera de los muros de Hogwarts, todos los estudiantes comprendieron que una tragedia acababa de alcanzar a la familia Lupin. James intercambió una breve mirada con Lily, cuyo rostro mostraba tristeza, y la alegre expresión de Peter se obscureció. Sirius sólo podía concentrarse en que Remus parecía estar a punto de llorar.
— Muchachos, volvamos a la lección, —dijo Flitwick.
Su tono fue más obscuro de lo usual, y cuando continuó la lección fue obvio que intentaba distraerlos.
Sin pensar, Sirius se puso de pie y miró a Flitwick con la expresión suplicante que se le estaba convirtiendo en hábito. Sus ojos pedían algo y el profesor comprendió.
— Sí, señor Black. Puede ir.
Fue todo lo que Flitwick dijo y todo lo que necesitó decir. Sirius asintió, agradecido, miró a James por última vez como indicándole que él se ocuparía de todo, y dejó el aula.
No tuvo que caminar mucho antes de encontrar a McGonagall y a Remus, quienes se dirigían hacia la Torre de Gryffindor. De cualquier forma, prefirió seguirlos a una distancia prudente. Una vez que ambos llegaron al retrato de la Dama Gorda y entraron en la Sala Común, Sirius apretó el paso y se acercó al retrato.
— Sabía que alguno de ustedes aparecería, —dijo la Dama cuando lo vio.
— ¿En verdad?
— Era de esperarse. ¿Contraseña?
— Leones dorados.
Apenas pronunció esas palabras, el retrato le permitió entrar en la Sala Común. Vio a la profesora McGonagall esperando, mientras miraba hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones de los alumnos. Sin voltear a ver quién había llegado, McGonagall dijo:
— Deberías estar en clase, Black.
Sirius sabía que después del incidente con Snape había dejado de ser uno de sus estudiantes favoritos. No fue la primera vez que deseó poder cambiar el pasado.
— El profesor Flitwick me dio permiso. Necesito saber qué pasó con Remus.
Pareció que McGonagall estaba a punto de responder algo severo, y Sirius sabía que merecía todos los insultos en el mundo. Pero los labios de su maestra se apretaron en una delgada línea y entonces respondió,
— El padre del señor Lupin está muriendo. No llegará a la noche.
Sirius sintió un repentino vacío en el estómago. Marcus Lupin, ¿muriendo?
Como el resto de sus amigos, Sirius conocía a los padres de Remus. No era frecuente encontrar una pareja tan dedicada a su hijo. Los padres de James eran excéntricos y divertidos, y la madre de Peter era frágil y amable, pero los Lupin eran amorosos y cariñosos. Como consecuencia de la tragedia de Remus, se habían unido más cuando otras familias se habrían destruido. Así como Sirius sabía que su impaciencia y su imprudencia eran respuestas a la "vieja y honorable" familia Black, también sabía que si Remus era quien era, a pesar de su enfermedad, se lo debía a sus padres.
Notó el silencio. Miró a su maestra y preguntó:
— ¿Fue Volde...?
No se atrevió a completar la palabra. Sus amigos y él habían estado retándose a decir el nombre de Voldemort, y el único que hasta entonces seguía sin lograrlo era Peter. Pero también sabía que a muchos grandes magos no les gustaba decirlo, y no estaba seguro si McGonagall era una de ellos.
— No, —respondió.— Le detectaron una enfermedad terminal hace algunas semanas. Marie Lupin y él esperaron que los Sanadores pudieran curarlo sin que Remus supiera la verdad. Pero...
"La magia no puede sanar todo", pensó Sirius, y él, quien nunca había sentido el amor incondicional de un padre, lamentó que un progenitor tan amoroso estuviera a punto de morir.
— Marie me pidió que enviara a Remus a casa para que pueda despedirse de su padre, —continuó McGonagall.— Imagino que faltará algunos días a la escuela mientras se celebra el funeral.
Fue hasta entonces que Sirius notó que había apretado las manos en puños.
— Profesora, ¿puedo?
McGonagall lo miró sin sorprenderse, como si hubiera esperado esa pregunta.
— Puedes. Pero, Black, sé prudente.
Sirius asintió, comprendiendo sus razones, y corrió hacia el dormitorio de los estudiantes de sexto grado.
Cuando Sirius entró a la habitación, Remus ya se había cambiado de ropa y guardaba algunas cosas dentro de su mochila. Su túnica negra estaba sobre su cama, cerca de los libros que habría empleado durante el día, y todo le pareció un luto anticipado. Sirius se obligó a cerrar a la puerta y a pensar tres veces cada palabra antes de decirla.
— Remus...
Lupin volteó. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no las derramaba. Sirius comprendió que se había quedado sin palabras, sus manos cada vez más apretadas, hasta que tuvo que desviar la mirada.
— Yo...
Remus miró a Sirius, y por la primera vez en días, comprendió que había cambiado. Era como si hubiera perdido su espíritu alegre. El Sirius al que había conocido —el Sirius de quien se había enamorado— nunca habría estado tan delgado, tan derrotado, tan triste...
Tan verdaderamente arrepentido.
A pesar de que un dolor más profundo estaba destrozando su alma, un dolor diferente llenó su corazón.
— Yo... —murmuró Sirius de nuevo, la vista fija en el piso.
— Lo sé.
El silencio fue su única respuesta, pero antes de que Sirius pudiera responder, añadió:
— Yo también.
Sirius lo miró a los ojos. Remus estaba muy pálido, se mordía los labios, sus ojos estaban llenos de lágrimas. ¡Su padre estaba muriendo! Y aún así...
Sin pensar, Sirius se acercó a Remus y, sin darle la oportunidad de reaccionar, lo abrazó. Sintió cómo se tensaba y, temiendo que intentara soltarse, lo apretó con más fuerza mientras decía:
— ¡Lo siento! ¡Por favor, perdóname! ¡No pensé en lo que hacía! ¡Te juro que si pudiera cambiar lo que ocurrió, lo haría! ¡Por favor, te lo suplico!
Por toda respuesta, sintió una mano que, con dudas, comenzaba a tocar su espalda. Todo que Sirius pudo hacer fue apretar aún más el abrazo y, en reacción, Remus finalmente le correspondió.
Permanecieron algunos segundos en silencio, abrazándose. Las palabras casi habían destruido su amistad. Tal vez el silencio la sanaría. Sirius apenas si notó que un par de lágrimas escapaban de sus ojos y se odió a sí mismo por ello. Al menos, hasta que escuchó:
— Lo sé. Olvídalo.
¿De dónde habrían surgido esas palabras? Tal vez una vez que se calmara, Remus descubriría que habían provenido del fondo de su corazón. Después del silencio, la sinceridad de esas palabras era más fuerte que cualquier resentimiento y que cualquier dolor, lo bastante poderosa para lentamente empezar a salvar la amistad rota dos semanas atrás.
Se separaron. Sirius miró a Remus a los ojos y, por primera vez en días, no los evitó.
— Soy tan estúpido. No puede ser que precisamente ahora...
Remus se obligó a permanecer calmado, aunque una lágrima empezó a rodar por su rostro.
— Papá está muriendo, —susurró.
— Todo saldrá bien, —respondió Sirius.
— Sabes que no es verdad.
— Pero debes creerlo.
Remus, incapaz de seguir la conversación, se fue a reunir sus cosas. Sirius permaneció donde estaba.
— Sabes que, pase lo que pase, estaremos contigo. Que yo estaré contigo, ¿no es así? —preguntó.
Remus regresó, mochila y abrigo en sus manos. Se detuvo junto a Sirius y, por última vez en esa conversación, murmuró:
— Lo sé. Siempre lo he sabido.
Y a pesar del dolor, sonrió muy débilmente. Suspirando, se dirigió a la puerta, Sirius a su lado. Aunque sabía que lo que iba a ocurrir sería extremadamente amargo, se sintió más fuerte que antes.
No fue sino hasta la mañana siguiente, a la hora del desayuno, que recibieron noticias de Remus. Aeolus, la lechuza de los Lupin, entró en el Gran Comedor junto con el resto del correo. A pesar de que se dirigió a James, Sirius notó que su nombre y el de Peter también estaban escritos en el sobre.
James abrió la carta sin querer saber su contenido, dado que podía adivinarlo. No se equivocaba.
"El funeral será durante el fin de semana. Volveré a la escuela algunos días después de él. Los extraño."
Era un día soleado, pero de repente sintieron mucho frío.
Sirius sabía que había algo mal con Remus, pero le tomó algunos días comprender qué era exactamente lo que le ocurría. Como un testimonio a cuánto conocía (y algo más) a Remus, la primera vez que lo notó fue durante el funeral.
A solicitud de Marie Lupin, Dumbledore permitió que James, Peter y Sirius asistieran al funeral. Ella no quería que su hijo estuviera solo, algo que se resolvería con la presencia de sus mejores amigos. No fue difícil para James y Peter obtener permisor, y Sirius lo recibió por parte del padre de James, dado que ya no vivía con su familia en Grimmauld Place.
Cuando llegaron al cementerio y los vio, los ojos de Remus mostraron un poco de alivio. Cuando Sirius lo abrazó para ofrecerle sus condolencias, sintió que Remus compartía con él (o con ellos, no estaba seguro) una vulnerabilidad que no se notaba a simple vista. Pero algunos minutos después, Remus volvió con su madre para acompañarla. Su enfermedad había alejado a algunos parientes, y a pesar de que habían asistido al funeral, Remus parecía temer que algún comentario inapropiado pudiera lastimar a su madre.
Hubo una breve ceremonia, una elegía y, al final, el sepelio. Fue hasta entonces que Marie comenzó a llorar y se apoyó en su hijo, quien sujetó sus manos con firmeza. Y fue entonces que Sirius notó que algo parecía estar mal con Remus.
No lloraba. A diferencia de lo ocurrido en la Torre de Gryffindor, ni siquiera tenía lágrimas en los ojos.
Sirius sabía que cada persona reaccionaba de modo diferente, que Remus se había convertido en el soporte de su madre y que él mismo no lloraría en el funeral de su padre. Pero Marcus Lupin, a diferencia del honorable señor Alioth Black, merecía ser llorado. Demonios, se le habían humedecido los ojos durante la elegía, a pesar de que no supo si era por Marcus, por Remus o incluso por él mismo y por su incapacidad para amar a su padre.
Pero ya habían pasado algunos días. Remus había regresado a Hogwarts, y continuaba comportándose con calma y reserva. Cuando estuvo con ellos, no hizo comentario alguno sobre su padre o sobre el funeral; sólo les pidió los apuntes que había perdido durante su ausencia, y pronto volvió a ser el responsable Prefecto de siempre.
Un día, como para confirmar sus sospechas, Sirius lo había encontrado leyendo cerca del lago. Dado que James estaba en práctica de Quidditch y que Peter había insistido en ser "el apoyo moral de Prongs", no le sorprendió encontrarlo solo.
— Remus, ¿quieres hablar de lo que ocurrió? —le había preguntado una vez que se agotaron los tópicos escolares (la copa de Quidditch, los últimos ridículos de los Slytherin y el permanente hábito de James de acosar a Lily Evans).
— Pensé que ya lo habíamos resuelto —respondió Remus, una expresión de sorpresa en su rostro.— Cometiste un error, fui duro contigo, estamos a mano.
Sirius negó con la cabeza.
— No, no de eso. Pensaba en tu padre.
Remus, con una voz demasiado controlada para los gustos de Sirius, respondió:
— No hay nada de qué hablar.
— Sí lo hay. Quiero decir, ¿estás bien?
— Tanto como puedo estarlo.
— Pero...
— Sirius, ¿no deberías irte al campo de Quidditch? Tal vez James también necesita tu apoyo moral.
Y con esas palabras, Remus volvió a su libro aún cuando cambiaba las páginas a una velocidad mayor a la usual.
Sirius no había sido el único que lo había notado.
— No me sorprende, —concluyó James, quien añadía un nuevo corredor, hallado un par de días atrás, al Mapa del Merodeador.
Junto a él, Sirius escribía los últimos párrafos de un ensayo para Binns que tenía que entregar al día siguiente. Remus y Peter se habían ido a dormir temprano, y solamente su mejor amigo y él quedaban en la Sala Común.
— Pero no es normal, ¿no lo crees? —preguntó, apartando sus ojos del pergamino.— Quiero decir, Dios no lo quiera, pero si tu padre...
James negó con la mano, como si con ese gesto pudiera apartar la reciente sensación de luto.
— Sí, y Peter apenas puede recordar al suyo, —respondió.— Pero ninguno de nosotros estamos en la situación de Remus.
— ¿Situación?
— No necesitamos tanto control como él, Sirius.
— Explícate.
— ¿Estamos lentos hoy?
— Escribe un ensayo para Binns a la una de la mañana y luego me dices.
James sonrió.
— Punto para ti.
Terminó de trazar la línea y, dejando su pluma sobre la mesa, se apoyó contra el respaldo de su silla.
— Mama suele decir que todos actuamos siguiendo dos emociones, pequeño Padfoot. Amor y miedo. Hacemos algunas cosas porque amamos a algo o a alguien y hacemos otras cosas porque tememos a lo que pueda ocurrir.
Sirius imitó a su mejor amigo y apartó su pergamino.
— ¿Amor y miedo?
— Creo que puede aplicarse a tu caso, pero no estoy hablando de ti.
— ¿Y qué hay de ti, Prongsy?
Esperó que James riera ante su nuevo apodo, pero por toda respuesta, Potter sonrió débilmente.
— Sé que mi vida es determinada por amor y por miedo, pero tampoco hablamos de mí. Hablamos de Remus, y él es determinado por el control.
Sirius, quien todavía sujetaba su pluma, comenzó a mordisquear uno de sus extremos.
— Seguramente estoy exagerando, ¿pero te has preguntado por qué Moony se enojó tanto contigo cuando le dijiste a Snivellus cómo llegar a la Cabaña?, —preguntó James.
Por toda respuesta, Sirius alzó la vista. Como James permaneció callado, dijo:
— Porque lo traicioné.
— Bueno... sí, en parte fue por eso, —dijo James, desarreglando su cabello sin darse cuenta.— Es sólo que no he podido dormir mucho últimamente y he estado pensando... ¿por qué una traición puede doler tanto?
Sirius continuó mordisqueando la punta de su pluma y fijó la vista en la chimenea.
— Una traición, —comenzó, ligeramente asqueado por la idea de que todo lo que diría se aplicaría a él— es una falta de confianza, amistad y lealtad. Le da al traidor poder sobre la otra persona porque ahora es quien está en...
Guardó silencio. Miró a James, comprensión en su mirada, y murmuró:
— Control.
— Creo que cuando le diste a Snape la clave para descubrir el secreto de Remus, le quitaste su capacidad para decidir quién lo sabría. Eso fue lo que más lo lastimó: que ahora alguien más conoce su secreto aunque nunca quiso revelárselo. Claro, además del hecho de que te comportaste como un amigo malo e insensible.
— ¿Te molestas si después juzgamos la calidad de mi amistad?
— Sólo estoy tratando de entender, Sirius... Tengo una teoría sobre por qué esa pérdida de control influyó en la reacción de Remus después del funeral, pero no estoy seguro. ¿Tú qué piensas?
Gruñendo, Sirius se apoyó contra su sillón, concentrándose en lo que había dicho James. "Control", pensó. "A Remus le gusta estar en control. Necesita tenerlo. Siempre debe estar en control porque es un licántropo. Esa es la razón por la cual se porta bien aunque James y yo no lo hagamos. Pero también eso explica por qué no nos detiene cuando nos portamos mal con Snivellus. Somos sus amigos. No quiere perdernos. Así que intenta mantenerse en control, a pesar de que me encantaría que perdiera su control conmigo. Sólo conmigo. Sin James, sin Peter, sin ropa... ¿De dónde diablos salió eso? Pero me estoy distrayendo. Así pues, es todo sobre control. Y ahorita tiene que estar aún más en control porque su madre es la única persona que le queda, y debe apoyarla tal como nos apoya a nosotros. Así que debe mantenerse calmado y tranquilo porque por mi culpa perdió el control y ya no puede atreverse a perderlo de nuevo, incluso aunque para ello..."
— Demonios, —murmuró.
— Entonces, ¿llegamos a la misma conclusión? —preguntó James tentativamente, leyendo el rostro de su mejor amigo casi como leía el pergamino que tenía frente a él.— Remus no ha llorado a su padre porque necesita recuperar el control a cualquier costo, ¿verdad?
La expresión de Sirius había cambiado. Mostraba absoluta culpa y tristeza.
— ¿Yo le hice eso?
James se levantó, tomó el mapa y se dirigió hacia su recámara. Cuando pasó junto a Sirius, le dio unas palmaditas en el hombro como muestra de solidaridad.
— No era tu intención. Él lo sabe. Ya se le pasará.
— ¿Y qué puedo...?
— Nada, Sirius. Creo que lo mejor que podemos hacer es dejar que él decida qué sigue. Y claro, estar ahí cuando lo sepa.
Le dio un ligero apretón en el hombro y, segundos después, lo dejó solo. Pasaría un largo rato antes de que Sirius se marchara a dormir, su ensayo olvidado.
Si le había hecho tanto daño a Remus, lo menos que podía hacer era tratar de arreglarlo, a pesar de que James pudiera tener razón en cuanto a que sería mejor no estorbarle. No podía hacer nada con respecto a Snape y no podía regresar a su padre de entre los muertos, pero al menos podría tratar de romper esa barrera emocional que estaba construyendo alrededor de su corazón.
Después del incidente con Snape, todas sus visitas a Hogsmeade habían sido canceladas, así que tenía que pensar en algo que pudiera hacer por Remus, no en algo que pudiera comprarle. Al inicio, había pensado en invitarlo a hacer algo divertido (buscar pasadizos nuevos, ir al Bosque Prohibido, jugar Quidditch), pero eran cosas que podían hacer con James o Peter cualquier otro día. No, debía ser algo diferente. Especial. Sólo para Remus.
Día y noche, Sirius pensaba en las posibilidades y cada vez que Remus lo miraba con ojos tristes, pero secos, se decidía más a encontrar una respuesta.
La clase de Historia de la Magia no lo interrumpía. La única diferencia era que, en lugar de dormirse durante los discursos del Profesor Binns, su cerebro buscaba alguna respuesta. Era toda una hazaña, dado que James y Peter estaban casi dormidos y que Remus, el único de ellos que tomaba notas en aquella clase, se distraía dibujando en el margen del pergamino.
Era común que, si alguien hacía una pregunta, por pura curiosidad los demás despertarían ante el sonido de una voz diferente; segundos después, todos volverían a dormirse. Esa vez no fue una excepción y sus pensamientos se interrumpieron cuando Lily Evans, alzando la mano, pidió permiso para hablar. Binns tardó un rato en notarla.
— ¿Sí, señorita Evergreen?
Binns solía confundir los nombres de todos sus alumnos, así que Lily ni siquiera intentó corregirlo.
— Perdone, Profesor, ¿dijo que el conflicto entre goblins y elfos se debió a una tradición?
— Sí, señorita, eso dije.
— Disculpe, no lo comprendo,—insistió Lily. Prefería formular docenas de preguntas que quedarse con dudas.— ¿No se debió a sus diferencias raciales?
La mayoría de sus compañeros ya habían regresado a su siesta, a excepción de James, quien la veía con cierta adoración idiota, y Sirius, quien estaba despierto de cualquier modo. Binns no pareció notarlo y, después de aclarar una garganta que ya no estaba ahí, dijo,
— Si bien goblins y elfos son razas diferentes, están más relacionadas entre ellos que con relación a los seres humanos. Sin embargo, los elfos desde siempre han dedicado sus vidas al servicio de los seres humanos y lo marcaban por tradiciones y rituales. Los goblins tenían un ritual semejante al de los elfos, así que los magos de aquella época confundieron a ambas razas y esperaron recibir la misma servidumbre por parte del grupo equivocado, algo que no agradó mucho a los goblins.
— ¿Y qué tipo de ritual era? —insistió Lily, quien siempre se interesaba por los detalles.
— Un ritual funerario.
Sirius ya no escuchó el resto de la lección, y no le importó si Lily y Binns seguían intercambiando puntos de vista sobre criaturas que llevaban siglos muertas, ni si James seguía con su mejor cara de idiota o si Peter no había despertado. Todo lo que pudo hacer fue mirar a Remus. No había prestado atención y, perdido en sus pensamientos, seguía garabateando.
Sirius sonrió.
¿Por qué debería llorar por ti?
Días después, como su amistad con Remus había mejorado bastante, a Sirius no le fue difícil convencerlo de que lo acompañara a buscar pasajes nuevos en lugar de irse a dormir. Remus, con su acostumbrada responsabilidad, le propuso que llevara a James, pero Sirius afirmó que Prongs tenía demasiada tarea pendiente después de su último castigo. Curiosamente, no le dijo que si James tenía tanta tarea se debía a que había aceptado hacer también la de Sirius, producto del mismo castigo.
Era de noche y ya era tarde, así que los dos iban protegidos por la Capa de Invisibilidad de James. Sirius traía una mochila y aunque Remus no sabía cuál era su contenido, imaginó que eran Dungbombs o algo parecido por si se encontraban a Filch o a la señora Norris.
Se detuvieron en un pasillo. Sirius consultó el Mapa del Merodeador y comprobó que conserje, gata y fantasmas estuvieran lejos de ellos.
— Estamos cerca— murmuró.
Remus asintió y siguió a su amigo. Tenía el presentimiento de que estaban abandonando el edificio principal del castillo.
No se equivocaba. Después de pasar por un pasillo oculto por un par de tapices y de atravesar dos columnas que carecían de antorchas, se encontraron afuera, en uno de los patios más pequeños. Remus lo identificó de inmediato: era un pequeño jardín cercano a la Torre de Astronomía y que bien podría haber servido para el cultivo de plantas medicinales antes de la edificación del invernadero.
Sirius se quitó la capa, apuntó su varita hacia las cuatro esquinas del pequeño jardín y dijo:
— Silencio.
Remus notó que el ruido externo se extinguía. Todo permanecía normal dentro de la burbuja a la cual Sirius había convocado, como verificó cuando caminó sobre el suave pasto que cubría el suelo.
— Listo, —dijo Sirius mientras comenzaba a sacar algunos objetos de su mochila.
Remus miró a su alrededor, en especial hacia la Torre de Astronomía.
— Sé que no pueden escucharnos, ¿pero no pueden vernos?
— Nah, —respondió Sirius sin voltear a verlo, ocupado con los preparativos de lo que fuera que estaba planeando.— Revisé los horarios de los otros grupos. Nadie tiene clase a esta hora. Además, el cielo está muy nublado. Va a llover. Y sólo para estar seguro, averigüé que muy pocos vienen a este jardín incluso durante el día.
La información le pareció razonable a Remus. Aún así, tomó el mapa y lo revisó de nuevo. No había nadie cerca.
— Ya está.
Hasta entonces, Sirius le permitió ver lo que había llevado. Remus notó que, sobre el pasto, había colocado un tazón hondo; debía haberlo llenado con alguna sustancia extraña, porque un líquido parecía brillar en su interior. Junto al tazón había colocado un par de velas y un vaso lleno con agua, y un suave aroma reveló que también había empezado a quemar una varita de incienso.
Sirius le hizo una seña a Remus para que se acercara y se arrodillara a su lado. Su amigo obedeció:
— ¿Qué es esto? —preguntó Remus mientras veía el líquido plateado.
Sirius titubeó, como si su plan ya no fuera una idea buena.
— Una tradición, —respondió.— Un viejo rito funerario que el tío Alphard me enseñó.
En otra situación, Remus habría estado muy interesado en aprender sobre la única rama de la familia Black que amaba a Sirius, pero se tensó mientras escuchaba sus palabras. ¿Funerario?
— ¿Sabes qué es un Pensadero?
A pesar de los intentos de Sirius para cambiar la conversación, Remus estaba más tenso que antes.
— Por supuesto que sabes qué es un Pensadero. Tú sí tomas notas en clase, —divagó Sirius, sin querer notar que sus manos temblaban.— Para este rito necesitamos uno, pero no iba a enviar una lechuza a mi familia para pedírselos, puedes entender por qué. Creo que esta poción creará un efecto semejante, claro, sin comparación alguna, pero...
Remus se levantó y comenzó a marcharse. Sirius maldijo en voz baja y se levantó para detenerlo unos cuantos pasos después.
— Espera, yo...
— ¿Cuál de tus parientes murió hace poco? —Remus preguntó, el ceño fruncido y sospecha en su mirada, mirándolo a los ojos e impidiendo que los desviara.— ¿Realmente lo amabas tanto como para celebrar un ritual en su honor? Debió ser un pariente perdido, supongo, dado que no sabemos nada de él.
Sirius no respondió. Remus podía lastimar mucho con sus palabras, y se preguntó si estaba consciente de ese poder. Pero eso aumentó su decisión y dijo:
— No era mi pariente, sino un hombre al cual admiraba mucho y al que me habría encantado tener como padre. Marcus Lupin.
Remus trató de marcharse de nuevo, pero Sirius lo sujetó por el brazo.
— ¡Sabía que reaccionarías así, por eso no te lo dije antes!
— Si lo sabías, ¿para qué me trajiste?
— ¡Porque necesito tu ayuda!
A pesar de que Remus no se movió, sus ojos mostraron algo parecido al rencor.
— Quiero paz, Remus. Para mí, tu padre era el símbolo de todo lo que mi padre no es. Quiero llorarlo y honrarlo por eso. El hecho de que no hayas derramado una lágrima por él no significa que el resto del mundo deba ser tan reprimido como tú.
Sirius esperó que Remus respondiera algo en las líneas de "¿y a ti qué te importa?" o de "métete en tus propios asuntos", e incluso estaba listo para esquivar un golpe. Pero Lupin permaneció callado, lo cual confirmó la teoría de James sobre su necesidad de recuperar el control a cualquier precio.
— Por favor, ayúdame —insistió.— No es un ritual largo, y si quieres golpearme cuando terminemos, no me defenderé.
Por largos momentos, Remus y Sirius se miraron en completo silencio, uno preguntándose por qué debería escucharlo y el otro esperando que sus verdaderas intenciones no fueran demasiado obvias. Al final, Remus desvió la mirada y regresó al pequeño altar que Black había improvisado. Sirius suspiró y lo alcanzó justo mientras se arrodillaba.
— Entre más pronto comencemos, más pronto acabaremos, —gruñó Remus.
Mientras lo imitaba, Sirius asintió, creyendo por primera vez en su vida que el silencio era una opción conveniente. Tomó de nuevo su varita y, murmurando un hechizo, encendió las velas.
— Por favor, haz lo mismo que yo —pidió.
Remus, aún enojado, se limitó a asentir. Entonces Sirius colocó su varita sobre el tazón, gesto que Lupin imitó, y dijo:
— Aire. Agua. Tierra. Fuego. Por vivos y muertos. Por las almas que nos escuchan y nos observan, y por aquél a quien quiero honrar esta noche. Por un final y por un principio. Por todos los días que me quedan.
Sólo le respondió el silencio. Miró de reojo a Remus y notó que el rencor y el enojo empezaban a ser remplazados por tensión.
— Tu turno —dijo.
Remus repitió las palabras con la voz más fría que tenía. Apenas terminó, Sirius volvió a tomar su varita y acercó su punta a la sustancia plateada, sin alcanzar a tocarla.
— Conocí una persona en cuyo honor efectúo este ritual, —dijo mientras la poción tomaba un tono aperlado.— Le pido, suplico e imploro que, de ser posible, escuche mis palabras y acepte mi despedida.
Y, sin ver a Remus, corrigió:
— Nuestra despedida.
No tuvo que recordarle a Remus que repitiera sus palabras. Después de algunos segundos de tenso silencio, añadió en voz más baja:
— Necesito tu ayuda.
— Hasta ahora no la has necesitado —respondió Remus con un tono que trataba de ser frío pero que no lo era del todo.
— Te dije que es una tradición para despedir a los seres queridos y admirados. El problema es que tu padre y yo no éramos lo suficientemente cercanos. Para efectuarla con propiedad, uno de los presentes debe haberlo amado.
Remus se mordió los labios, pero Sirius tuvo el cuidado suficiente de no felicitarse por un triunfo tan pequeño.
— Necesitamos recordar los momentos que compartimos con tu padre, lo que nos gustaba más de él e incluso aquellos momentos en los cuales lo detestamos. No se trata de santificar a nadie. Por cada recuerdo, —añadió, tomando una de las flores que se encontraban junto a él— necesitamos dejar caer un pétalo en el tazón. Será como si removiéramos un pensamiento de nuestras mentes. Por eso habría sido ideal tener un Pensadero, pero ésta es la segunda mejor opción.
Remus miró las flores. Tenían demasiados pétalos para su gusto.
— ¿Cuándo nos detendremos?
— Créeme, lo sabré, —respondió Sirius, y fue en parte una verdad y en parte una mentira.
Remus suspiró y, resignado, tomó la otra flor. Sirius tocó la suya con su varita mientras decía:
— In memoriam.
Remus hizo lo mismo. Para su sorpresa, la flor pareció brillar por un segundo. Sirius, con una expresión calmada, dejó su varita cerca del tazón y sujetó el primer pétalo de su flor, sin arrancarlo.
— Gracias por invitarme a su casa la Navidad pasada. La pasé muy bien y me evitó tener que pasar esos días con mi familia —dijo. Arrancó el pétalo y lo dejó caer en el tazón.
El pétalo cayó con suavidad hacia el líquido. Apenas hicieron contacto, ambos parecieron brillar. Sirius notó que Remus veía la reacción con asombro reprimido.
— Tu turno, —murmuró.
Durante un par de segundos, Remus no se movió y se limitó a sujetar el pétalo que había elegido sin separarlo de la flor. Al final lo arrancó y, mientras lo dejaba caer dentro del tazón, dijo:
— Gracias por permanecer a mi lado a pesar de todo.
— Gracias por ofrecerse a hablar con mis padres para mejorar mi situación, aunque ahora sabrá que no habría servido de nada, —dijo Sirius.
Una vez más, Remus se tomó su tiempo antes de tomar el siguiente pétalo. Sirius se preguntó si tenía demasiadas cosas que decirle a su padre y se le dificultaba elegir alguna, o si lo que se le complicaba era formar las frases y tener que decirlas en voz alta.
— Gracias por hacer todo en tus manos para curarme.
— Gracias por regañarme después de que golpeé al capitán del equipo de Quidditch cuando no me aceptó en el equipo. Lo necesitaba.
— Gracias por no abandonar a mamá después de que me mordieron.
— Gracias por regañar a James cuando se rió porque me había regañado. Eso me animó —añadió Sirius con ojos brillantes ante el recuerdo.
— Gracias por amarme a pesar de todo.
A esa frase, Sirius volteó a ver a Remus. Su voz se había quebrado. Lupin lo notó y murmuró:
— Lo siento.
— No te preocupes, —respondió Sirius, sonriendo débilmente.— Todo está bien.
Antes de que Remus pudiera comprender qué ocurría, tomó otro pétalo y continuó como si nada hubiera ocurrido:
— Gracias por prestarme a uno de mis mejores amigos.
— Gracias por narrarme historias donde no había lobos, —murmuró Remus.
— Gracias por todos los consejos que me daba cada verano en la plataforma 9 3/4. Aunque no les hiciera caso siempre.
— Gracias por abrazarme a pesar de que estabas tan asustado como yo.
— Gracias por portarse más como mi familia que... bueno, ya sabe.
— Gracias por ser el mejor padre que pude...
Remus no pudo terminar la frase. Sirius notó que, sin sollozo ni ruido alguno, estaba llorando. Todavía sujetaba la flor y había arrancado el pétalo correspondiente, más no lo había dejado caer. Estaba muy quieto, su mirada llena de lágrimas fija en el tazón pero sin verlo en realidad.
Sirius no dijo nada. Dejó su propia flor junto al tazón; con suavidad, tomó la mano de Remus y le ayudó a soltar el último pétalo.
— Marcus Lupin, gracias por compartir nuestras vidas y hacerlas más brillantes, —murmuró.— Te extrañaremos y ya aguardamos el momento en el cual nos reencontraremos.
Y todavía sujetando a Remus, murmuró en su oído:
— Es momento de despedirse.
Al contrario de las frases anteriores, Remus no titubeó al elegir su despedida.
— Te amo, papá.
Y eso fue todo. Remus no sollozó en voz alta, ni se lamentó, ni gritó; nunca lo haría, independientemente de su nivel de autocontrol. Pero fue incapaz de moverse, las lágrimas fluyendo lentamente sobre su rostro sin que intentara detenerlas.
Sin decir una palabra, Sirius lo abrazó y sintió cómo Remus escondía su rostro contra su pecho, abrazándolo a su vez; lágrimas comenzaron a caer sobre la parte delantera de su túnica. Suavemente, Sirius empezó a acariciarle el cabello, murmurando palabras de consuelo.
Pasaron minutos antes de que Remus se calmara. Sirius pacientemente lo abrazó hasta que dejó de llorar. Se preguntó cuánto dolor habría estado guardando Remus dentro de su corazón, reprimiéndolo por un error que él había cometido.
Demasiado dolor. Simplemente demasiado.
Se sintió culpable y, apartando todo pensamiento, besó la frente de Remus, pidiéndole perdón de la forma más sincera que conocía.
Se hizo el silencio. Remus se mantuvo muy quieto. Sirius maldijo su falta de prudencia y esperó que su amigo no lo considerara como una falta de respeto. Pero no pudo idear alguna buena excusa para ese beso, tal vez porque no lo lamentaba.
— ¿Ya terminó el ritual? —preguntó Remus.
Sirius notó que no había cambiado de postura y que seguía abrazándolo. Tal vez no estaba enojado. Tal vez había comprendido la situación como otra petición de perdón. Sí, debía haberlo hecho. Era un muchacho inteligente.
— Ha terminado, —susurró, y no pudo evitar volver a acariciar el cabello de Remus.
— ¿En verdad?
— Te dije que sabría cuando hubiera terminado.
Remus no respondió. Sirius esperó que no estuviera reconsiderando lo que acababa de ocurrir. Tal vez ya lo había hecho. Todo lo que podía desear era que no hubiera condenado su renovada amistad.
Pero si Remus lo sabía, no lo demostró. Sirius notó que había comenzado a frotar, con suavidad, su rostro contra su pecho.
No era muy diferente a cuando Moony lo exploraba durante una luna llena, así que permaneció quieto, justo como Padfoot lo haría. Pero nunca había visto a Remus actuar de esa manera cuando estaba en forma humana. Como James decía, Remus era una criatura de control: de conservarlo, nunca permitiría que algún instinto del Lobo se manifestara cuando fuera humano.
Eso, o lo exploraba a propósito.
Remus comenzó a levantar el rostro con lentitud, como si olfateara el cuello de Sirius. Éste sabía (pensaba, esperaba) que sólo estuviera jugando, quizá incluso vengándose por el ritual muy a su modo.
Entonces, la punta de la nariz de Remus tocó la piel de su cuello y olvidó todo pensamiento.
Tenía que decirle algo, ¿o no? Preguntarle qué estaba haciendo, o si estaba enojado. Pero Sirius sólo pudo entrelazar sus dedos en el cabello de Remus, cuyos labios rozaban la piel de su cuello.
Remus no se detuvo. Y a pesar de los consejos de Marcus o de las advertencias de McGonagall, Sirius no era una persona prudente. Nunca lo sería. Así que lentamente giró su rostro y en un instante su nariz se topó con la de Remus.
Ambos permanecieron quietos, sin atreverse a continuar o a separarse. Intercambiaron una mirada, pero cada uno fue incapaz de interpretar las mudas palabras en los ojos del otro.
— ¿Qué ocurre? —murmuró Sirius, su aliento rozando la piel de Remus.
Hasta entonces, notó que su corazón latía con tanta fuerza que estuvo seguro de que James podía escucharlo y preguntarse qué demonios era ese sonido.
Remus sonrió. Sirius lo percibió en su piel.
— Otro ritual.
Se acercó un poco más. Sirius no pudo contenerse y lo imitó.
El primer toque de labios fue temeroso, abrupto y extraño. Sirius no pudo pensar en dónde debía colocar su nariz, o qué tanto debía succionar los labios de Remus, o si su abrazo era tan fuerte que podía lastimarlo. No supo si debía respirar o no, o si sujetar el cabello de Remus serviría para mantenerlo cerca por más tiempo o si lo lastimaría. Lo único de lo que estuvo seguro era de que su corazón nunca había latido con tanta fuerza ni con tanta rapidez y de que sus manos nunca habían temblado tanto.
Entonces sintió que las manos de Remus tocaban la piel de su cuello y suavemente subían hasta que alcanzaron su nuca y permanecieron ahí. Fue como si él también intentara mantenerlo en su sitio. Percibió su suave aliento sobre su piel, y el ligeramente salado sabor que sus lágrimas habían dejado en sus labios. Remus también temblaba y, en ese segundo, todo fue nuevo entre ellos.
Nunca había sido mejor.
Sirius trató de sonreír y, suspirando, abrió la boca y comenzó a frotar su lengua contra los labios de Remus. Había sido demasiado atrevido, así que esperó que esa última muestra de atrevimiento fuera perdonada junto con las demás.
Cuando Remus lo imitó y sus lenguas se encontraron por primera vez, comprendió que ya había sido perdonado por lo que había hecho en esa vida y en las dos anteriores.
El contacto fue lento y temeroso, pero sólo al inicio, y pronto el corazón de Sirius fue invadido por una sensación de vida y de felicidad que nunca habría creído posible. Era poderosa, creadora y devastadora a la vez, y Sirius supo que había entrado en uno de los grandes misterios de la existencia humana y que no importaba si nunca lo entendía del todo. Todo lo que pudo hacer fue abrazar a Remus con más fuerza.
Remus gimió, pero Sirius no supo si se debía al placer, al dolor o al deseo. Tal vez tenía que ver con todo y con nada. Lo olvidó cuando Remus lo abrazó con más fuerza, como si quisiera embriagar sus sentidos en él, los del Lobo incluidos.
Una brillante luz blanca rompió la obscuridad del pequeño jardín y un estruendoso trueno anunció la llegada de la lluvia. Sirius y Remus la ignoraron, demasiado interesados en su nueva actividad, pero otro relámpago más intenso los obligó a separarse.
Por algunos segundos, todo lo que pudieron hacer fue verse uno al otro, hasta que Remus sonrió:
— James tendrá un ataque cardiaco si su capa se moja demasiado.
Sirius asintió. También estaba sonriendo. Sujetó su varita e hizo que la sustancia que estaba dentro del tazón desapareciera mientras Remus guardaba el resto de los objetos dentro de la mochila. No pasó mucho tiempo antes de que ambos estuvieran nuevamente protegidos por la Capa de Invisibilidad.
Como acostumbraban durante sus expediciones, estar debajo de la capa los obligaba a caminar tan juntos que sus cuerpos se rozaban; en esa ocasión, sin embargo, tardaron más de lo usual aunque no dijeron palabra alguna hasta que alcanzaron su Sala Común (sin importar que el Mapa les mostrara una costa clara). Una vez que estuvieron ahí, mientras Remus se arrodillaba frente a la chimenea y colocaba la capa cerca de ella para que se secara, todo lo que Sirius pudo hacer fue mirarlo y sonreír.
Al igual que tantas cosas en su vida reciente, algo más había cambiado. Por fin era un cambio que agradecía de todo corazón.
Se acercó a Remus. Se arrodilló a su lado y rodeó su cintura con sus brazos. Besó con suavidad una de sus orejas y preguntó:
— ¿Te sientes mejor?
Remus asintió. Giró el rostro lo suficiente para besar a Sirius en la mejilla y murmuró:
— Gracias.
— Si empezamos a agradecernos mutuamente, envejeceremos antes de terminar.
Remus rió en voz baja. Sirius estuvo a punto de molestarlo sobre cuán placentero era que perdiera el control, pero eso podría arruinar el ambiente y prefirió permanecer callado. La lluvia había intensificado los olores y, sentado ahí y ocultando el rostro en el cabello de Remus, comprendió que podría volverse adicto a su aroma con demasiada facilidad.
También podía volverse adicto a sus besos.
En eso escucharon pasos y, contra su voluntad, se separaron. Segundos después, un adormilado James Potter los acompañaba, protestando en broma por el abuso que su capa había sufrido a sus manos.
Incluso durante aquella conversación, Sirius logró intercambiar una mirada con Remus. Cuando recibió la sonrisa que, sabía, era sólo para él, decidió empezar a guardar todos esos momentos dentro de su corazón. Su alma sería su propio Pensadero.
El Cielo nunca estuvo tan lejano
Murmuró el hechizo que encendería las velas y su suave luz rompió la obscuridad nocturna. Sabía que podría haberlo hecho bajo la luz del día, pero prefería la noche. Aquella vez, Sirius había elegido la noche.
Colocó un tazón redondo en el centro de un pequeño altar. Además de las velas, el altar tenía un vaso con agua, una varita de incienso que ya se estaba quemando y una flor llena de pétalos. La más grande que había podido conseguir.
Sabía que podría haberle pedido su Pensadero a Dumbledore. Sabía que la sustancia que estaba dentro del tazón no era sino una poción base empleada para elaborar perfume. Lo había sabido por años: era terrible en Pociones, pero tenía un magnífico sentido del olfato.
Sabía que no se trataba de una tradición pasada por Alphard Black. Sabía que era algo que Sirius había inventado para ayudarle a llorar a su padre y ayudarle a encontrar paz.
Pero era el ritual de Sirius.
Y era muy apropiado efectuarlo de nuevo.
Más que nunca.
— Aire. Agua. Tierra. Fuego, —murmuró después de colocar su varita sobre el tazón.— Por vivos y muertos. Por las almas que nos escuchan y que nos observan, y en especial por aquél a quien quiero honrar.
¿Cómo podía recordar las palabras, a pesar de que las había escuchado una sola vez en su vida? ¿Había sido el momento? ¿La situación? ¿O que Sirius había creado esas palabras e inventado esas oraciones sólo para él?
— Por un final. Por un principio.
Su voz se quebró. ¿Cuál principio? Catorce años atrás, había conservado un poco de esperanza después de esa horrible noche de Halloween; luego la arrancaría de su corazón, pero había estado ahí.
Ahora, no habría un nuevo inicio. Sólo un final que había llegado demasiado pronto.
— Por todos los días que me quedan.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, así que se obligó a sí mismo a respirar profundamente y calmarse. Ahora comprendía por qué Sirius se había molestado en ayudarle cuando su padre murió. Quería paz —la necesitaba. Tan pronto como el ritual hubiera terminado, finalmente tendría la certidumbre de que todo había terminado.
Sirius no regresaría.
Pero ese ritual, ese estúpido ritual inventado por un adolescente años atrás, era algo que quería hacer. Por ambos. Para honrar a Sirius. Para despedirse. Porque tal vez, en algún lugar, Sirius lo escuchaba.
Respiró profundamente un par de veces más y murmuró:
— Conocí a una persona en cuyo honor efectúo este ritual. Le... Sirius, te pido, imploro y ruego que, de ser posible, escuches mis palabras y aceptes mi despedida.
No debería estar solo. Alguien debería acompañarlo.
¿Tonks? ¿Lloraría por el tío a quien apenas conoció?
¿Dumbledore? ¿Lloraría por uno de sus soldados, especialmente cuando su desobediencia había provocado su muerte?
¿Harry?
No se atrevió a pensar en él. El rostro de James. Los ojos de Lily. El espíritu de Sirius. Temió el momento en el cual volverían a encontrarse, no lo soportaría.
Además, había cosas que quería decir (que necesitaba decir) que no podría pronunciar enfrente del muchacho.
Ese pensamiento pareció tranquilizarlo. Tomó la flor y la tocó con la punta de su varita.
— In memoriam.
Y cuando esta brilló y sujetó el primer pétalo, por alguna razón sintió como si tuviera todo el tiempo en el mundo. Se olvidó de la Orden, de las advertencias de Moody, de las Marcas Obscuras que empezaban a verse en el cielo, de la guerra.
Tenía tiempo. Tenía tiempo para Sirius y para él.
— Gracias por inventar este ritual para que pudiera llorar a mi padre, —murmuró mientras dejaba caer el primer pétalo al tazón.
A diferencia de en el pasado, no había quien lo escuchara. Tal vez por eso, no le resultaba difícil encontrar las palabras necesarias.
— Gracias por entrar en mi vida y cambiarla para siempre.
Vaya que la había cambiado. Le había enseñado algo que nunca se había atrevido a imaginar.
— Gracias por no dejarme cuando averiguaste lo que era.
Que a pesar de su enfermedad, sus padres habían tenido razón.
— Gracias por reírte de mi enfermedad y enseñarme a reírme de ella.
Que en algún lugar, habría alguien a quien su licantropía le importaría poco.
— Gracias por todas las veces en que Padfoot estuvo conmigo, bajo la luz de la luna.
Que haría todo lo posible para estar a su lado en cada segundo de su vida.
"Gracias por darme una razón para esperar a la siguiente luna llena en lugar de temerle."
Porque no dudaría en demostrarle que lo amaba con todo su corazón.
"Gracias por aquel primer beso."
Remus no notó que había dejado de decir las palabras en voz alta, pero continuó arrancando pétalos y soltándolos dentro del tazón. Su mente era incansablemente asaltada por recuerdos. Sirius había sido su luz y su obscuridad, su razón principal para vivir y el único motivo por el cual había deseado morir. Su presencia significaba amor y alegría y odio y tristeza. Había sido la inquietud para su calma, la estrella para su luna.
Tampoco notó en qué momento empezó a llorar silenciosamente. Lágrimas rodaron por su rostro y cayeron sobre su túnica. Sus manos temblaban, pero no dejó de arrancar pétalos, de evocar instantes y de agradecerle a Sirius por cada uno. No había comprendido que guardaba tantos recuerdos dentro de su alma, mente y corazón hasta el momento en que empezó a mencionarlos.
Como cuando Sirius le dijo a Snape cómo llegar a la Cabaña de los Gritos (porque, a largo plazo, eso fue lo que los unió).
O cuando tuvieron su primer pleito, justo debajo de la lluvia (porque, minutos después, también sería la vez en que descubrirían juntos cómo se sentía el amor al expresarse físicamente).
O cuando le mostró el nuevo departamento que había comprado con la herencia del tío Alphard (porque algunas semanas después estarían viviendo juntos, en teoría para ahorrar pero en realidad porque no imaginaban dormir en cuartos separados).
O cuando comenzó a sospechar que Remus era el espía (porque eso le ayudó a comprender cuánto lo amaba aunque lo estaba perdiendo).
Cuando se lo llevaron a Azkaban sin darle oportunidad de despedirse (porque eso le dio una fuerza que no creyó que tenía).
Ese abrazo dentro de la Cabaña. Olvida a los niños, Sirius está de vuelta. Y era inocente.
Su segundo encuentro, algunos días después de aquella noche. A pesar de todo lo que necesitaban sanar entre ellos, estaban juntos de nuevo.
Las cartas que intercambiaron cuando él necesitó estar cerca de Hogwarts por si Harry lo necesitaba. Largas cartas donde finalmente vació los sentimientos de su corazón sin control alguno.
Ese año completo en Grimmauld Place. Días aburridos que pasaban juntos, largas noches aún más unidos, tratando de compensar doce años de separación.
Sus manos sobre su piel, tratando de destruir sus barreras con el simple toque de las puntas de sus dedos. Lográndolo en cada ocasión.
Su seductora voz susurrándole cuánto lo amaba.
Un nudo de brazos y de piernas sobre su cama, envueltos en silencio. Roto sólo por suspiros y gemidos. Por palabras apasionadas. Por su propio nombre dicho por otra voz.
Su rostro oculto contra su pecho, su negro cabello empapado en sudor mientras él descubría que estaba comenzando a encanecer. Sólo un poco.
Sus pálidos ojos, luz de día durante la noche.
Su sonrisa iluminando su vida, aún cuando los rodeaba la obscuridad de la incertidumbre.
Su cuerpo —amante, amado, deseado— cayendo dentro del Arco. Atrás del Velo.
Sirius estaba muerto.
Pero tal vez —oh, por favor, que haya un tal vez—, donde quiera que se encontrara, Sirius lo observaba. Tal vez recordaría aquella noche de su sexto curso. Tal vez sonreiría y finalmente confesaría algo como: "Moony, siempre supiste que lo había inventado, ¿o no?". Tal vez, sólo tal vez, comprendería cuán importante había sido para Remus. Aunque seguramente lo había sabido.
Por segunda vez en su vida, Remus había llorado sin tratar de contener sus lágrimas. Frente a Harry y a Neville, se había obligado a permanecer calmado, a colocar esa barrera emocional que a veces lo hacía parecer como indiferente, a pensar únicamente en que había Death Eaters que intentarían matar a ambos chicos y no en que el amor de su vida acababa de morir.
Pero ahí, en un momento que sólo les pertenecía a Sirius y a él, había sido capaz de llorarlo con propiedad. De permitirse sentir el luto y la pena que amenazaban con destrozarlo.
Sirius siempre le había hecho perder el control, como si ése fuera el único objetivo de su vida.
La muerte no había podido detenerlo.
Cuando pensó en ello, sonrió. Dejó caer el último pétalo y dijo:
— Gracias por compartir tu vida conmigo y llenar la mía con luz. Te extrañaré con todo mi corazón y ya espero el momento en el cual volveremos a vernos. Pero, por ahora, viviré. Por ti. Por Harry. Por mí mismo.
Había dejado de llorar. Sonrió aún cuando su rostro seguía empapado en lágrimas.
— Te amo, Sirius. Siempre lo hice. Siempre lo haré.
Por alguna razón, apenas dijo las palabras, su corazón se sintió más ligero. Como si hubiera recibido una respuesta idéntica.
Minutos después, cuando Remus apagó las velas, pudo ver a la luna. Sabía que la Estrella Canina estaba por ahí, en el mismo cielo. Sería una simple cuestión de tiempo para que ambas volvieran a unirse.
finis
Esta historia fue escrita para el primer Sirius/Remus Fuh'Q Fest. La versión original y en inglés se encuentra aquí.