¿Alguna vez has visto llover?
Por Altair
Para Esme, quien dibujó la escena (diálogo incluido) que inspiraría este fanfic.Quiero saber,
¿Alguna vez has visto llover?
¿En un día soleado, gotas caer?
— Clearance Clearwater Revival (y luego Bonnie Tyler)
Amaba la lluvia.
Durante doce años había prácticamente perdido la conciencia de las gotas de agua helada que caían del cielo cuando las nubes se cerraban. La lluvia no era más que un sonido seco que golpeaba contra las paredes de su celda en Azkaban o que las heladas ráfagas, cargadas de humedad, que alcanzaban a entrar por la estrecha ventana que le permitía saber cuándo era de noche y cuándo era de día —claro, en aquellas extrañas ocasiones en las cuales su mente era capaz de escapar de las imágenes de aquel Halloween. Por doce años, apenas los relámpagos iluminaban el firmamento y los truenos resonaban contra las barreras mágicas de la prisión, el perro negro de ojos claros intentaba capturar en su pelo cuantas gotas le fuera posible, sin estar seguro del por qué le era tan importante hacerlo.
Ahora, ya podía recordarlo, o al menos atreverse a hacerlo sin temor a que los dementores le robaran ese pensamiento.
La parte precavida y ligeramente paranoica de Sirius Black tuvo que ceder cuando el perro negro, oculto entre los árboles del Bosque Prohibido, volvió a su forma humana. Su mejor juicio le indicaba que debía permanecer transformado: había dementores en los terrenos de Hogwarts y por más que se escondiera entre los arbustos cercanos al huerto de calabazas de Hagrid, podrían encontrarlo.
Pero estaba lloviendo. La lluvia empapaba los árboles, el pasto y la tierra, y el delicioso aroma que reunía lo más embriagante de la naturaleza se combinaba con la fragancia de las calabazas que le indicaban que se aproximaba Halloween (no ese Halloween, sino otro). Los dementores no disfrutarían esa combinación de olores y de sonidos, y tal vez permanecerían bajo techo, confiando en que su perseguido no se encontraría bajo la lluvia, sino en algún refugio.
Sirius no había podido resistir a la tentación y abrió los brazos para darle la bienvenida a las gotas del firmamento. Los dementores no tenían forma de saber que su refugio estaba en sí mismo. En la capacidad que había adquirido a los dieciséis años y en las gotas que permitía que cayeran sobre su cuerpo.
Y cuyo motivo había sido, precisamente, la razón por la cual amaba la lluvia.
Sabía que James y Peter se enojarían con él, y era bastante posible que Prongs le retirara el habla por un par de días, pero no le importaba —o al menos, no tanto como debería. Y es que aunque quisiera mucho a Peter y James fuera el mejor amigo que tendría en toda su vida, su corazón le pertenecía a alguien más desde hacía tres semanas.
Llovía afuera de la Cabaña de los Gritos y la luna estaba oculta detrás de una espesa capa de nubes. Pero éstas no serían suficientes para evitar la influencia de sus rayos, y esa noche estaría llena. James, Peter y él habían quedado en reunirse en la Torre de Gryffindor y de ahí dirigirse al Sauce Golpeador usando la Capa de Invisibilidad del primero. Sirius había acordado en alcanzarlos, pero había mentido desde el inicio y por eso les había insistido tanto en que se encontraran a una hora determinada. James y Peter se enojarían con él, volvió a pensar. Pero tenía un buen motivo.
Cualquier profesor en Hogwarts diría que , a pesar de su conducta, Sirius Black era uno de los alumnos más inteligentes de su generación. Él no sabía si era tanto inteligencia u observación, y por esta última se había dado cuenta de algo. Tenían varios meses de haberse convertido en animagos y de acompañar a Remus en cada plenilunio. A la mañana siguiente, aún así, seguían apareciendo heridas en su cuerpo, no tan graves como las de años anteriores pero sí bastante dolorosas. Si combinando los recuerdos de Padfoot, Prongs y Wormtail no podían encontrar el momento en el que Remus se había herido, y tampoco se presentaba cuando volvía a convertirse en humano, tenía que significar que se lastimaba mientras se transformaba en lobo.
A Remus no le gustaba que lo acompañaran en ese trance. Además de que era uno de los momentos en que era más peligroso, le avergonzaba que lo vieran desnudo y con su cuerpo deformado. Sus tres amigos habían respetado su decisión, pero Sirius se negaba a que sufriera por pudor. Ahora menos que nunca.
— Va a funcionar, Moony —afirmaba, aunque a ratos no estaba seguro sobre si trataba de convencer a Remus o a él mismo.— Y en el último de los casos, lo habremos intentado.
Remus apartó la vista. Era obvio que tenía sus reservas, pero justo antes de su transformación prefería dejar todas las decisiones a sus amigos, su mente demasiado confundida para distinguir entre lo correcto y lo inapropiado. En silencio, comenzó a quitarse la túnica para plegarla y guardarla dentro de uno de los muebles de esa habitación. Sirius no pudo evitar quedársele viendo una vez que quedó cubierto únicamente por unos boxers de tela blanca, y de inmediato se dio un bofetón mental. No era el momento.
Del bolsillo de su túnica, sacó una cuerda. Estaba hecha con hilos de suave algodón y parecía brillar en medio de la penumbra de la casa. Remus la miró con ojos tristes y Sirius supo que sería capaz de dar su vida con tal de quitarle esa expresión para siempre.
— No hay modo de que salga mal, Rem... —murmuró.— Una vez anudada, no puede romperse a menos de que yo la toque. Ya hice la prueba convirtiéndome en Padfoot, y el efecto es el mismo. Va a salir bien.
Remus se obligó a sonreír, pero como en todos los plenilunios, su gesto se mostró nervioso.
— Por ningún motivo vayas a transformarte en humano —pidió, viendo a Sirius a los ojos.— Pase lo que pase, no lo hagas.
— No te preocupes. El que Padfoot conozca tus colmillos no significa que yo quiera hacerlo —y, sonriendo, añadió— O al menos, no así.
La sonrisa de Remus se volvió un poco más alegre. Se acercó a Sirius y lo besó suavemente en los labios. Sirius correspondió al gesto, pero se contuvo de acariciar su rostro. No tenía idea de cuánto tiempo les quedaba, así que era mejor que se dieran prisa.
Con suavidad, tomó las muñecas de Remus y las colocó frente a su pecho. Por un momento, pensó que tal vez sería más conveniente sujetarlas a su espalda, pero no tenía idea de qué pasaría cuando se convirtiera en lobo. Era mejor ir a la segura y colocarlas al frente.
Con firmeza y cuidado al mismo tiempo, comenzó a atarlas. Había hechizado la cuerda para que se ajustaran a la piel de Moony en todo momento, extendiéndose y estrechándose según fuera necesario, para impedir que se soltara. De vez en cuando, alzaba la vista y miraba a Remus, sonriendo para influirle confianza. Lupin no le dijo que su preocupación resultaba obvia.
Después de verificar que las cuerdas quedaran firmes pero que no le cortaran la circulación, Sirius hizo un último nudo y lo tocó con su varita, sellando el hechizo temporalmente. Besó las manos de Remus, cuidando de no tocar la cuerda. Moony suspiró y, como acostumbraba, se sentó sobre el piso. Miró hacia las ventanas tapiadas, tratando —como hacía cada mes— de detectar los rayos de la luna, pero la lluvia se lo impidió.
Sirius nunca lo había acompañado en ese trance y no estaba muy seguro de qué era lo que debía y no debía hacer, y menos de qué era lo que necesitaba escuchar. Al final, se decidió a sentarse sobre el piso y a abrazarlo por la espalda, apoyando su mentón sobre su hombro derecho. A diferencia de otras ocasiones, Remus no se relajó ni se apoyó contra su pecho como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Esa noche no lo tendrían.
Por un rato, el único sonido que se escuchó dentro de la Cabaña fue el de sus respiraciones y el de la lluvia golpeando contra techos y muros. De repente, Remus dio un respingo y murmuró:
— Aléjate.
Sirius alzó la vista. La voz de Remus había sido mucho más grave de lo acostumbrado y su cuerpo comenzaba a estremecerse.
— Aléjate. Ahora.
Las palabras carecían de su gentileza usual. Sirius comprendió y de inmediato se puso de pie y se alejó a una esquina de la habitación, listo para transformarse en Padfoot tan pronto como Remus cambiara.
En instantes, comprendió por qué a Remus no le gustaba que lo acompañaran durante una transformación. Porque su cuerpo empezó a agitarse con violencia. Notó un brillo en la mejilla de Remus y vio que había cerrado los ojos pero las lágrimas comenzaban a escapar de cualquier modo. Apretaba los dientes, incluso mordiéndose los labios hasta que brotó sangre de ellos, y de repente gritó.
No era la exclamación alegre de sus momentos de diversión, ni siquiera el grito de miedo y vértigo que dejó escapar esa vez que la Triumph se apagó en pleno vuelo y amenazó con tirarlos. Era un grito de dolor.
— ¡Rem! —exclamó, dando dos pasos hacia él.
Remus alcanzó a verlo de reojo y, a pesar del d0lor, gritó:
— ¡No!
Sirius se quedó en su sitio, horrorizado y fascinado a la vez por los cambios que empezaban a presentarse en Remus. Su cuerpo, que generalmente estaba cubierto por un ligero vello del tono de la miel, comenzó a envolverse en pelo más obscuro y áspero, mientras su espalda se encorvaba y deformaba. El rostro que tanto le gustaba besar no escapó; sus orejas comenzaron a alargarse, al igual que su nariz y sus labios.
La deformación de su espalda pronto alcanzó a sus piernas. Girones de tela blanca quedaron entre ellas, pero Sirius no pudo pensar que veía a Remus desnudo por primera vez desde que se habían unido. Porque ya no tenía la cadera ni las piernas de un ser humano: eran las de un lobo.
Remus volvió a gritar y dio un manotazo. El cambio se había extendido a sus brazos y sus hombros empezaban a deformarse. Sus dedos comenzaban a unirse, sin pertenecer ya a manos pero sin todavía convertirse en garras. Dio otro manotazo y Sirius descubrió que su teoría había estado correcta; de haber tenido sueltos los brazos, se habría rasgado la piel del pecho o de las piernas. Eso le indicó cuánto tiempo había perdido y se preparó para cambiar en Padfoot.
Pero el lobo que ya dominaba a Remus trató de liberarse. A pesar de los tirones que dio, la cuerda resistió y le impidió escapar, y en poco tiempo el lobo se desesperó y golpeó una de las sillas que quedaban dentro del cuarto. El impacto destrozó la silla y largas heridas aparecieron en sus brazos. Sirius comprendió que, debido al cambio, la piel de Remus estaba más sensible que de costumbre.
Otro gruñido, otro golpe —esta vez contra la pared, pero con los mismos resultados. Empezó a manar sangre de las heridas y Remus, o el lobo, o quien fuera, dejó escapar un chillido de dolor.
Sirius no pudo soportar más. Tenía que soltarlo. Las heridas de las ocasiones anteriores no eran nada a comparación de estas, por dolorosas que hubieran sido, y el experimento no valía la pena si lo hacía sufrir tanto. Sin pensar, se arrojó hacia Remus. Bastaría con que tocara la cuerda, y todavía no acababa de convertirse en lobo. Apenas alcanzó a ver un destello de horror en los ojos ya dorados del licántropo, pero éste ya no pudo decir nada.
Sirius esquivó un manotazo y otro, como si se tratara de un ataque de bludgers, y logró escabullir una de sus manos en dirección a la cuerda. Antes de lo imaginado, la percibió en la punta de sus dedos y notó cómo cedía.
Y sintió un intenso dolor en el pecho.
Por reflejo, Sirius se arrojó hacia atrás. Notó que su túnica estaba rasgada y que alrededor del corte había sangre. Su sangre.
Su sangre también estaba en la mano... no, en la garra derecha de Remu... de Moony.
Estaba frente al lobo.
Moony gruñó, listo para atacar. Sirius comprendió que no tendría otra oportunidad y se convirtió en Padfoot. Moony se le arrojó encima, todavía oliendo la presencia de un ser humano, pero al no encontrarlo se conformó con morderlo en la parte posterior del cuello y a arrojarlo de un golpe contra el piso.
Lo que quedaba de la conciencia de Sirius dentro de Padfoot decidió someterse. Su cambio no había cerrado la herida, pero al parecer estaba perdiendo menos sangre de la que había creído. “Prongs, ven...”, alcanzó a pensar. “Ayúdame.”
Temió estar a punto de perder el sentido cuando sintió un lametón en el rostro. Moony lo veía fijamente, reconociendo a su compañero de manada, y en sus ojos alcanzó a ver el equivalente lobezno de la preocupación. Padfoot decidió adoptar la conducta de un cachorrito y giró hasta quedar panza arriba. Moony comenzó a lamer la herida que tenía en el pecho y poco a poco el dolor desapareció.
En eso se abrió la puerta. Moony gruñó al percibir nuevamente el olor a humano, pero sólo vieron a un ciervo y a una rata. Habían llegado los otros dos integrantes de la manada.
Y por la expresión en los ojos de Prongs, Padfoot supo que luego tendría muchas explicaciones que dar.
La luna llena llegó y se fue sin mayores inconvenientes ni problemas. Los cuatro amigos salieron de la Cabaña a pesar de la lluvia y aprovecharon para acercarse a Hogsmeade, sabiendo que todos sus habitantes se encontrarían bajo techo. Wormtail se escondió para que Moony aullara, llamándolo. De ahí saldrían muchos rumores sobre la presencia de licántropos en los bosques cercanos a Hogsmeade.
Poco antes del amanecer, regresaron a la cabaña y esperaron en la habitación de junto a que Moony volviera a cambiar. Tan pronto un empapado Remus yació sobre el piso, Prongs se convirtió en James para pronunciar algunos hechizos de secado que devolvieron cierta tibieza a su cuerpo. Entre él y Peter recostaron a Remus en su cama y dejaron su túnica cerca. Padfoot, sin embargo, no quiso cambiar. James alcanzó a notar una mirada de preocupación en el perro, pero no dijo nada.
A poco de la hora en que Madame Pomfrey acostumbraba llegar, los tres salieron de la Cabaña y recorrieron el túnel que los llevaría de vuelta a la escuela. No fue sino hasta que estuvieron dentro de su habitación en la Torre de Gryffindor que Padfoot se transformó en Sirius.
No acababa de hacerlo cuando se tambaleó. Al transformarse, la herida en su pecho había vuelto a abrirse y sangre volvió a manchar la túnica rasgada. James y Peter se apresuraron en sostenerlo.
— Por Dios... —murmuró James.
— Tenemos que llevarlo con Madame Pomfrey —añadió Peter.
— No —repuso Sirius, su voz firme a pesar del mareo.— No lo hagan, va a deducir qué pasó...
Aunque parte de los maestros de Hogwarts, incluyendo a Dumbledore y a Madame Pomfrey, ya sabían que ellos tres conocían el secreto de Remus, ignoraban que se habían convertido en animagos —eso sin mencionar que técnicamente tenían prohibido acercarse a la Cabaña en los plenilunios. James comprendió que Sirius tenía razón y, mientras lo llevaba a su cama, indicó.
— Peter, ve por Lily. Pronto.
Peter asintió y salió corriendo. Sirius permitió que lo recostara sobre su cama y sonrió débilmente:
— Vamos, James, no estoy tan mal. Sólo me mareé al transformarme, eso es todo.
— Pero por algo no cambiaste frente a Remus —respondió James, comenzando a quitarle la túnica.— Sabías que eso volvería a abrirse.
Sirius se encogió de hombros.
— ¿Para qué asustarlo?
— Porque alcanzó a ver que te hería, ¿o no? ¿Crees que lo recordará?
Sirius no respondió de inmediato. Al final murmuró:
— Espero que no.
En eso se abrió la puerta y entró Lily, envuelta en una coqueta bata. Peter la acompañaba; de inmediato se dirigió hacia el librero que tenían en su habitación y encontró en segundos el tomo que quería.
Lily sacó su varita y preguntó:
— ¿Cómo pasó?
Era obvio que Peter la había puesto en antecedentes, así que Sirius se limitó a responder:
— Mientras se transformaba.
— Cariño, ¿podrías traer agua caliente y unas toallas, por favor? —indicó la joven mientras revisaba la herida.
James salió de la habitación hacia el cuarto de baño. Había cuatro personas en los que confiaba ciegamente, y Lily se encontraba a la cabeza de la lista. Ella era la única persona en todo Hogwarts que sabía de la existencia de tres animagos no registrados y, por supuesto, de que uno de sus mejores amigos era un licántropo —si bien la sorpresa había sido que Remus se lo había confesado antes de que James le confesara lo que sentía por ella.
Lily comprobó que no hubiera trozos de tela dentro de la herida y descubrió que, a pesar de la cantidad de sangre, no era una lesión profunda. Apenas James le llevó agua caliente, comenzó a limpiarla a la Muggle.
— Sirius, —preguntó Peter desde el librero— ¿fue un rasguño o una...?
No era necesario que completara su pregunta: era claro que estaba consultando “Todo lo que quería saber sobre los licántropos (pero no se atrevía a preguntar)” para averiguar cuán delicada era la situación.
— Rasguño —respondió Black y de inmediato exclamó— ¡Lil, eso arde!
— Da gracias de que todavía arde —respondió la joven, enjuagando la toalla y volviendo a limpiar.
— Estás a salvo —anunció Peter, con una voz que no podía ocultar su alegría.— Los rasguños son dolorosos, pero para el contagio es indispensable que te muerda.
Sirius no comentó que Remus ya lo había mordido, claro, no en una luna llena, menos aún en forma de lobo y en una ocasión en que ninguno de los demás había estado presente. Lily terminó de limpiarle el pecho y se puso de pie:
— La verdad, James, era para que ya supieran cómo curar una de estas heridas —dijo en un tono de falso reproche.— Tus caídas en el Quidditch, los plenilunios de Remus, los accidentes de Peter, los... La vida diaria de Sirius...
— ¡Oye!
— Lily, tienes el don de conservar la cabeza fría en estas situaciones —dijo James, sonriendo y dándole un beso esquimal en la punta de la nariz.— Nunca recuerdo si para cerrar una herida se necesita un Dermis sanari o un Hemo clausuri.
Lily negó con la cabeza, imitando a la profesora McGonagall.
— Dermis sanari, James. El Hemo clausuri se utiliza en caso de una hemorragia de consideración.
— ¿Estás segura?
— Cariño, ¿quién tiene mejores notas en Encantamientos?
— ¡Hola, enfermeros! —interrumpió Sirius.— ¿Recuerdan a su paciente?
Peter soltó la carcajada, obviamente aliviado de que Sirius hubiera recuperado su humor usual. Lily volteó a verlo, blandió su varita y dijo:
— ¡Dermis sanari!
A sus palabras, la herida en el pecho de Sirius comenzó a cerrarse. Cuando terminó de cicatrizar, una larga línea de color rojizo quedó en su lugar.
— Lo siento, Sirius —dijo Lily después de volver a revisarlo.— No puedo quitarte esa cicatriz. Puedes esperar a que desaparezca naturalmente o preparar una poción que acelere el proceso.
Ante la segunda alternativa, James frunció el ceño.
— ¿Es muy complicada?
— Un poco. Podemos pedírsela a Madame Pomfrey...
— ¡No! —exclamó Sirius.— No quiero que sume dos más dos.
— O puedo pedirle a Severus que nos ayude. Si no le digo para quién es...
— ¡Ni locos! —exclamó James antes de que Black pudiera anotar algo.— ¡Sirius esperará hasta que desaparezca, muchas gracias!
Si Padfoot iba a protestar, la expresión en el rostro de su mejor amigo evitó que dijera una sola palabra.
— ¿Sabes, James? —dijo Peter.—Los Muggles te dirían “Otelo”.
— Si tuvieras una novia como Lily, lograrías que te llamaran Hamlet, Romeo y Falstaff también —replicó.
Lily, por todo comentario, dejó escapar un suspiro de fingida resignación.
— Señores, me retiro. Mi presencia ya no es necesaria y no está bien que una Premio Anual esté fuera de su habitación a esta hora —afirmó, volviendo a imitar a la profesora McGonagall.
Sirius le dio las gracias por su ayuda y Peter agitó la mano en despedida mientras James la acompañaba hasta la puerta.
— ¿Te veré mañana? —le preguntó una vez que llegaron al umbral.
Ella sonrió suavemente y respondió:
— Dirás al rato, cariño.
Por toda respuesta, James se inclinó y le dio un beso suave en los labios. Lily respondió de igual manera y, cuando se separaron, murmuró:
— A veces pienso que olvidas los hechizos a propósito para que venga con ustedes.
James sonrió y, sin apartar la mirada, dijo:
— Piensa mal y acertarás.
Lily suspiró, volvió a negar con la cabeza y se retiró a su cuarto.
Sin borrar la sonrisa de su rostro, James regresó al interior de su habitación y se dirigió a la cama de Sirius.
— ¿Te sientes mejor? —preguntaba Peter, quien había abandonado el librero para acercarse a su amigo.
— Ya lo estoy. Gracias.
— ¡Pues bien! Con su permiso o sin él, me voy a dormir un rato —sentenció Wormtail, añadiendo la acción a las palabras.— El desayuno se sirve en unas horas y el mes pasado no llegamos a tiempo.
De un salto, Peter se metió en sus frazadas y corrió el cortinaje de su cama. Sirius arregló sus propias frazadas y se dispuso a correr sus cortinas cuando notó algo.
James lo miraba fijamente. Era como si quisiera preguntarle algo. Y aunque era su mejor amigo, temía a que fuera “esa” pregunta. No podría mentirle, pero no estaba listo para decirle la verdad.
Pero James no dijo nada y se dirigió a su propia cama. El único sonido que Sirius escuchó fue el de unas cortinas que se cerraban.
A pesar de los intenciones de Peter, los tres se levantaron muy tarde y, al igual que el mes pasado, se quedaron sin desayunar. Una de las ventajas de ser un Merodeador, sin embargo, era el conocer la forma para llegar a la cocina. Como de costumbre, los elfos domésticos les dicen una bienvenida entusiasta y les dieron más comida de la que realmente necesitaban. Ninguno de los tres se quejó y decidieron guardar los postres (un adelanto de la comida que se serviría horas después) para cuando Remus regresara.
Como era sábado, no había clases a las cuales presentarse. James tenía práctica de Quidditch a medio día, pero ésta se suspendió cuando comenzó a llover de nuevo.
— Adoro el clima de mi tierra —sentenció Sirius mientras regresaban a la Torre.
Dado que habían desayunado tarde, los tres prefirieron saltarse la comida. Lily, en cambio, sí se había levantado temprano, así que junto con sus amigas se dirigió al Gran Comedor.
Cuando los tres amigos llegaron a la Torre y abrieron la puerta de su habitación, descubrieron que Remus ya había regresado de la Enfermería. Estaba recostado sobre su cama, vestido con la ropa muggle que se les permitía usar los fines de semana y, de no ser por la palidez y las ojeras que le quedaban después de cada plenilunio, su semblante habría resultado excelente.
En poco tiempo, los cuatro amigos estaban sentados sobre el piso, compartiendo la canasta de postres que había sobrado de su “desayuno” y hablando sobre Quidditch.
— Si ganamos el siguiente encuentro, de nuevo la final será contra Ravenclaw —discutía James, trazando figuras en el aire con la punta de sus dedos.— Han mejorado muchísimo.
— ¿Saben? —confesó Peter, mientras mordisqueaba una tarta de fresas.— Cuando llegamos aquí, creí que los de Ravenclaw se dedicarían todo el tiempo a filosofar y a redactar ensayos sobre temas que sólo ellos comprenderían. Nunca pensé que fueran tan buenos deportistas.
Le respondieron tres asentimientos diferentes.
— Bueno, si somos estrictos —afirmó Remus— la división de las Casas crea estereotipos. En algún momento, todos pensamos eso de los de Ravenclaw.
— Y que los de Hufflepuff no sabían hacer otra cosa más que trabajar, sea lo que eso signifique —completó Sirius mientras jugueteaba con un vaso lleno con jugo de calabaza.
— Los demás han de pensar que nosotros la pasamos planeando cómo salvar al mundo... —comenzó James.
— De los de Slytherin —interrumpió Sirius.— Por supuesto que los héroes necesitamos enemigos.
— ¿Necesitamos?
— Sí, Prongs, tú también.
— Pero resulta extraño —dijo Remus, después de morder una tarta de chocolate.— ¿No se han fijado que las cuatro casas, por estereotipadas que parezcan, forman un solo equipo? —y cuando notó que Peter pedía una explicación con la mirada, continuó— Es como si los de Ravenclaw planearan qué hacer, los de Hufflepuff hicieran todo por lograrlo, los de Gryffindor encabezáramos el movimiento y los de Slytherin vieron cómo completarlo.
— ¿Gryffindor y Slytherin? —preguntó James con escepticismo.— ¿Como si Sirius y Snape lucharan juntos?
— No sólo eso. Como si necesitaran estar juntos.
— Mientras no resulte que están enamorados...
A esas palabras, Sirius, quien había dado un trago a su jugo, se ahogó y comenzó a toser. Los demás soltaron una carcajada ante las palabras de James, quien las había dicho con toda la mala intención del mundo. Apenas Sirius dejó de toser, notó que se había manchado la camiseta con jugo de calabaza. El clima no estaba para usar ropa empapada y comenzó a quitársela mientras amenazaba:
— Estúpido Prongs, sólo por eso voy a encerrarte con Avery en un baño.
Le respondieron más carcajadas de sus amigos, James incluido, hasta que uno de ellos se calló de repente. Sirius dejó que su cabello saliera por el cuello de su camiseta y hasta entonces vio que Remus no sólo se había quedado callado: sus ojos amielados estaban muy abiertos, sus labios temblaban y se había puesto muy pálido.
— Moony, ¿qué...? —comenzó a preguntar, pero no terminó.
Siguió la dirección de su mirada y descubrió que se había fijado en su pecho.
O mejor dicho, en la cicatriz que lucía sobre él.
Y que él le había provocado.
Volvió a verlo a los ojos.
— Remus...
Peter y James guardaron silencio al comprender lo que ocurría. Remus, sin decir nada, se puso se pie y salió a toda prisa de la habitación.
— Maldición —gruñó Sirius mientras se ponía de pie y volvía a colocarse la camiseta.— ¡Remus!
Se puso de pie de un salto y corrió tras él, apenas deteniéndose para tomar un jersey que estaba tirado sobre uno de los muebles. Cuando salió del cuarto, alcanzó a ver que Remus salía de la Sala Común.
Peter se puso de pie y estuvo a punto de seguirlos, hasta que sintió que la mano de James lo detenía.
— Déjalos —sugirió Prongs.— Es mejor que esta vez no vayamos
— Pero...
— Creeme, es algo que sólo ellos pueden resolver.
El que Peter estuviera viendo la puerta, preocupado al grado de no poder pensar mas que en sus dos amigos, evitó que notara la expresión en los ojos de James.
Algo finalmente le quedaba claro, si bien no sabía si algún día se atrevería a formular la preguntar que quería hacer desde la madrugada.
Para ser el día siguiente al plenilunio, pensó Sirius, Remus había corrido demasiado rápido. Por supuesto que no se había dirigido hacia la puerta principal del castillo, sino a uno de los pasajes que habían descubierto junto con James y Peter.
Había alcanzado a ver a Remus desapareciendo detrás de un tapiz que lucía el escudo de Hogwarts y lo siguió. Si mal no recordaba, tendría que dar unos golpes en el muro con su varita y poco después llegaría a los linderos del Bosque Prohibido.
Cuando salió del castillo, lo primero que notó fue que seguía lloviendo. “Nos va a dar una pulmonía”, pensó, pero aún así no se detuvo.
Le tomó unos minutos alcanzar a Remus. Moony había llegado a un pequeño claro y había apoyado su espalda contra un árbol. Había bajado el rostro y cerrado los ojos mientras hiperventilaba, como si ya no pudiera seguir adelante o como si estuviera haciendo un gran esfuerzo para controlarse.
— Rem... —dijo, apenas lo alcanzó.— Oye...
— Yo te lo hice, ¿verdad?
Su voz había sido lo más fría posible, pero aún así había traicionado lo que sentía. Sirius odiaba cuando se ponía así. Siempre lo había hecho. Remus había vivido una infancia relativamente tranquila al lado de sus padres, pero no había tenido amigos. Había puesto muchas barreras para unirse a ellos por temor a dañarlos. Y ahora, había lastimado justo al menos indicado del grupo.
— Creí que lo habías notado pero habías comprendido que fue un accidente y por eso no comentaste nada —sentenció Sirius, buscado su mirada.
— No lo recordaba —respondió sin alzar la vista.— Tenía la imagen en la mente, pero creí que había sido una pesadilla.
Sirius se obligó a sonreír.
— Es que tiene la misma importancia que un mal sueño. Tuve una mala idea, no funcionó y hasta ahí. No pasó nada grave.
Remus abrió los ojos y fijó la mirada en la camiseta sucia que Sirius había vuelto a ponerse. Extendió la mano y la acercó a la mancha de jugo, pero no la tocó.
— Ayer era sangre.
Sirius no pudo responder. La mano de Remus comenzó a temblar y, con obvio esfuerzo, se cerró en un puño. Dio dos golpecitos suaves contra el pecho de Black mientras murmuraba:
— Y yo te lo hice...
Sirius esperó a que los golpes fueran todavía más suaves para sujetarlo de la muñeca, de una forma inconscientemente parecida a la noche anterior.
— Remus, tú no me lo hiciste. Fue el lobo.
— Yo soy el lobo. Yo te lo hice.
— Nos lo hicimos. Debí saber que no soportaría verte sufrir.
Sin darse cuenta, Sirius alzó su otra mano y comenzó a acariciar el rostro de Remus, mirándolo a los ojos y apartando el cabello empapado de la piel.
— Pero al menos lo intentamos —murmuró.— No me arrepiento, y tampoco deberías hacerlo. Fue un accidente.
Los ojos de Remus relampaguearon.
—¿Un accidente?
Trató de dar un paso atrás, pero el árbol se lo impidió. Al no poder poner distancia entre ambos, hizo un movimiento brusco con la cabeza y dio un manotazo. En respuesta, Sirius lo soltó.
— No puedo creer que seas tú quien me diga eso —insistió Remus, su mirada intensa oscilando entre la ofensa y el dolor.— Sabes que fue un accidente lo que me convirtió en lo que soy. ¿Qué tal si ese “accidente” te hubiera matado?
— No me habría importado —Sirius dijo, sonriendo sin pensar.
— ¿Qué?
— No me importaba cuando sólo éramos amigos. ¿Crees que ahorita me importa, mi Rem?
Sirius esperaba que sus palabras lo tranquilizaran. Que comprendiera que confiaba en él más que en cualquier otra persona en el mundo, y que por eso no le importaría morir a sus manos.
Pero por toda respuesta, sólo vio ira en los ojos amielados que adoraba y escuchó:
— Eres un estúpido, Black.
Remus hizo ademán de irse. Intentó cerrarle el paso, pero no sirvió de nada. Moony lo apartó de un empujón y Sirius trastabilló, conservando el equilibrio apenas lo suficiente para no caer al suelo. Dio dos pasos y empezó a seguir a la figura que comenzaba a alejarse.
— Remus...
No obtuvo respuesta. Sintió un nudo en la garganta y supo que se debía a algo que había hecho o que había dicho o a ambos, pero también a la estúpida necedad que Moony tenía para poner barreras entre él y quienes lo querían. No se dió cuenta cuando apretó las manos en puños e insistió:
— ¡Remus!
— No vengas —le ordenó una voz seca y grave.
— ¡De acuerdo! —exclamó Sirius, deteniéndose.— ¡No voy a ir, no te voy a seguir y no voy a hacer absolutamente nada! ¡Pero si me dejas aquí sin hablar conmigo, no vuelvas a buscarme jamás en tu vida!
Remus se detuvo, pero no volteó a verlo. El nudo en la garganta de Sirius se había extendido hacia su pecho y quería deshacerse de él, lastimar justo como lo había lastimado, no con sus garras sino con sus palabras, y continuó antes de poder evitarlo:
— ¡Ven aquí y dime que las últimas tres semanas no han significado nada! —exclamó.— ¡Dímelo y seguiré siendo tu amigo, porque jamás podré dejar de serlo! ¡Pero vete y entenderé que no quieres absolutamente nada conmigo, ni como tu amigo ni como tu pareja!
Luego, Sirius pensaría que con sus palabras le había exigido que diera la vuelta y volviera con él. Debería haber estado feliz al ver que lo obedecía, pero en lugar de ello, sintió un vacío en el estómago.
Remus lo miraba de frente y se acercaba poco a poco. Cuando quedaban unos pocos pasos de distancia entre ellos, dijo:
— Me importas más que mi propia vida, Sir. Jamás soñé con tener amigos y, menos aún, con tenerte a mi lado.
— ¿Entonces? —preguntó Sirius, su voz finalmente quebrándose.— ¿Por qué no comprendes que fue un accidente?
— Me aterra el que haya sido un accidente.
Sirius lo miró, sin comprender qué querría decir. Pero entonces, notó algo a lo que no le había prestado atención.
Las mejillas de Remus estaban húmedas. Era lógico, pensó, estaban bajo la lluvia.
A no ser que tuviera las mismas razones por las cuales sus propias mejillas estaban empapadas.
— Sir, esta vez reaccionaste a tiempo. Pero, ¿y la próxima?
— ¡No habrá próxima! —exclamó, cerrando la distancia entre ambos.
— ¡Sí, sí la habrá, y lo sabes!
Remus apretó las manos en puños, sujetándolo inconscientemente del cuello de su jersey, y exclamó:
— ¿Acaso no lo ves? ¿No puedes ver que soy peligroso? ¿No puedes ver que puedo hacerte daño si te me acercas?
La voz de Remus se quebró y Sirius tuvo la certeza de que no había únicamente lluvia en su rostro. Sus ojos lo vieron con algo cercano a la desesperación y de algún modo supo que reflejaban lo que él mismo sentía. Remus intentó seguir, titubeó y al final añadió:
— ¿No puedes darte cuenta de que no puedo estar junto a ti como quisiera sin temer cada día por tu vida?
Tenía razón, lo sabía, Remus tenía razón. Su mente, tan hábil para tramar planes y aprender hechizos, fue cruel y no le permitió engañarse. Remus era un licántropo. Había un expediente con su nombre en el Registro del Ministerio de Magia. Si pudiera, mataría en cada Plenilunio, y ahora tenía en su pecho una prueba de cuán peligroso podía ser.
Maldita sea, respondió su corazón, lo amas. Lo has amado por años y estas tres semanas han sido las mejores de tu vida.
— ¿Quieres saber mi opinión? —preguntó una vez que Moony se quedó sin palabras.
Antes de que le respondiera, lo sujetó por el rostro y lo atrajo con fuerza. Sin darle oportunidad de escapar ni de protestar, apretó sus labios contra los de él.
Remus no cedió y no respondió al gesto. Pero si Lupin era necio, Black lo era más, y comenzó a succionarle el labio inferior. Al igual que antes, Remus intentó agitar la cabeza para soltarse, pero lo único que consiguió fue que Sirius hundiera sus dedos en su cabello para mantenerlo en su sitio mientras comenzaba a frotar su lengua contra la boca aun cerrada. No fue una caricia gentil ni dulce, como habían sido en las últimas semanas, sino un gesto exigente que parecía demandarle que despertara.
Y pronto obtuvo reacción.
Los labios de Remus comenzaron a separarse y a suavizarse, amoldándose a los labios de Sirius. Una lengua que aún sabía a chocolate (devorado hacía segundos, hacía una eternidad) se encontró con una que sabía a jugo de calabaza y a tarta de frutas. Las dos primero se tocaron, reconociéndose, pero no pasó mucho tiempo antes de que empezaran a entrelazarse, acariciándose y tocándose como si quisieran ser una sola. Sirius pasó sus dedos a través del cabello de Remus, las palmas de sus manos frotándose contra la piel de su rostro.
En eso, sintió que dos manos fuertes lo sujetaban por las muñecas, con una fuerza que no creía posible, y que eran colocadas sobre su cabeza. De encontrarse dentro del castillo, supo, Remus lo estaría empujando contra un muro. Pero estaban en el bosque y no había nada que lo detuviera. Uno de sus pies resbaló y, sin evitarlo, sintió cómo caía sobre el pasto, que estaba empapado y lleno de lodo. Pero no cayó solo.
Remus cayó encima de él, sin dejar de besarlo y de sujetarle las manos. De presa se había convertido en depredador, y no fue sino hasta que realmente les faltó el aire que sus labios se separaron.
Permanecieron unos segundos en silencio. Sirius sólo podía concentrarse en la mirada de Remus, semejante a miel derretida; en el cabello que, en hebras, se adhería a su rostro; en sus labios, ligeramente hinchados y enrojecidos.
— Sé que eres peligroso, Rem —murmuró.— Lo sé. Y sé que puedes matarme.
Remus no pronunció palabra alguna, pero su mirada le pidió que siguiera.
— Pero también sé que podría matarme el Voldemort del que Dumbledore nos ha hablado, o una caída de mi moto, o un autobus muggle si no reacciono a tiempo. Y si he de morir, daría todo porque fuera a tus manos.
— No sabes lo que dices, Sir.
— Con suerte, —continuó como si no lo hubiera escuchado— me convertirás en alguien como tú. Y seguiríamos juntos.
— ¿Por qué me haces esto? —preguntó Remus con voz grave.
— ¿Hacerte qué?
Remus soltó momentáneamente una de las muñecas de Sirius (la cual fue sujeta por su otra mano, no que a Black le interesara escapar) y empezó a pasar sus dedos sobre la piel de su rostro como si el resto del mundo no existiera, lluvia incluida.
— Llevo años convenciéndome de que, por mi propio bien, debo permanecer solo. Me atreví a aceptarlos como amigos porque jamás pude imaginar hasta dónde llegarían por mí. Pero aceptarte a mi lado...
— Mereces ser feliz, Rem. Lo merecemos.
— ¿Y cuando vuelva a perder el control?
Sirius sonrió. Procuró no separar la mirada de los ojos de Remus y sentenció:
— Cuando eso ocurra, tienes permiso para hacer conmigo lo que quieras.
— ¿Lo que quiera?
Y Black comprendió otra razón a esa pregunta cuando Remus hizo un movimiento suave, quizá para sujetarlo mejor, y notó algo al nivel de su cadera.
Ambos estaban perdiendo el control.
Sonrió como si volviera a ver el sol después de una larga obscuridad y sus ojos brillaron por la alegría de comprender qué estaba ocurriendo tanto en su cuerpo como en el de Remus. Sin pensar, respondió:
— Lo que quieras. Puedes tenerme a tu lado, alejarme de ti, hasta matarme. Soy tuyo. Eres mío. Y...
Sonrió provocativamente y se movió. Si Remus había tratado de disimular lo que había estado sintiendo, después de eso le resultó imposible y jadeó cuando su cadera entró en contacto con la de Sirius.
— Sería agradable que hicieras conmigo lo que quisieras desde este instante.
Sirius había cerrado los ojos para concentrarse en la maravillosa sensación que compartían por vez primera y, cuando volvió a abrirlos, vio que Remus sonreía. Pero no era el gesto acostumbrado del humano, sino la mirada intensa propia de un lobo que está a punto de atrapar a su presa. Sirius se estremeció y más cuando Remus se inclinó y lo mordió en el cuello.
No fue una mordida lo bastante fuerte como para romper su piel, pero sí lo suficiente para dejarle una marca que permanecería bastantes días. Sirius dejó escapar un gemido pero no tuvo tiempo de protestar; no acababa de separar sus labios cuando fueron cubiertos por una boca hambrienta e invadidos por una lengua que exigía sumisión. Una mano bajó por su cuerpo hasta llegar a su cintura; sujetó su camiseta y se escabulló bajo la tela, entró en contacto con su piel y acarició su estómago.
Sintió cómo Remus sonreía contra sus labios, y más cuando volvió a frotar su cadera contra la suya, suave y lentamente, en un contraste total a lo que le había hecho a su cuello. De momento, Sirius no pudo pensar más que en las chispas que brotan de la madera cuando ésta comienza a incendiarse: destellos breves que amenazan con encenderse y permanecer un largo tiempo, pero que de momento no son más que promesas llenas de intensidad. Remus trató de quitarle la ropa, pero con una mano no le sería posible, así que soltó por un instante sus muñecas. Subió la tela de su camiseta hasta su cuello y, al encontrar la cicatriz hecha la noche anterior, pasó su lengua sobre ella como si con ese gesto pudiera borrar lo que habían provocado sus garras.
Sirius arrojó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y dejando escapar un gemido de deleite. Comprendió que la noche anterior se había enfrentado al lobo, pero no sería hasta ese instante en que realmente moriría a sus manos, en que realmente se convertiría en la víctima de una criatura mágica por quien había arriesgado su vida y por quien moriría sin dudarlo. El cuerpo de Remus había adoptado un ritmo y el suyo le respondía con otro semejante, y de pronto se encontró con su pecho desnudo, recibiendo tanto la lluvia como la boca de su amante. Había enredado sus dedos en aquel cabello donde a veces asomaban rayos dorados que se convertirían en canas prematuras, y sin pensar comenzó a desabrochar la camisa que protegía a Remus, deseando por un momento saber algún hechizo que le permitiera quitarle la ropa en un suspiro.
Entonces sintió manos que luchaban contra sus pantalones, sin darse cuenta de que él estaba haciendo exactamente lo mismo.
En instantes, no hubo para Sirius nada que no fuera piel o besos alternados con suaves mordiscos, o la voz de Remus susurrando “eres mío” en su oído, y no pudo hacer nada más que responder con sus labios y con sus manos, e incluso rodeando aquella cintura con sus piernas desnudas. Llovía y el olor del pasto y del lodo se combinaba con aquel aroma que sólo le pertenecía a Remus y con aquel que sólo le pertenecía a él, y cuando se unieron, guiados por un instinto que no habían estado del todo conscientes de poseer, Sirius supo que había muerto y llegado a algún lugar donde la magia se percibía y no se convocaba.
Estarían ahí hasta que la lluvia se detuviera, hasta que sus vidas terminaran, hasta que se unieran a la magia como finalmente se habían unido entre ellos. Y ya no pudo formar más palabras dentro de su mente.
Para cuando el tiempo regresó a su ritmo ordinario, la lluvia se había detenido. No se alcanzaba a ver al Sol, pero sí había mucha luz.
Se descubrió con el rostro sobre el pecho desnudo de su amante, sus piernas entrelazadas y con su cabello empapado siendo acariciado por largos y firmes dedos. Percibía en su lengua el sabor de Sirius, y supo que, en aquel momento, para Black no habría otro sabor que el suyo.
Había poseído.
Había sido poseído.
Y habrían permanecido ahí por siempre, o al menos eso deseó, hasta que elaboró su primer pensamiento coherente. Les iba a dar una pulmonía.
Después, recordaría, si no les dio tal pulmonía fue gracias a una poción de pimienta que Lily les preparó, sin dejar ni un segundo de verlos con una mirada que pretendía ser de reproche. Peter y ella les creyeron cuando dijeron que se habían perdido en el bosque por estar discutiendo. James también dijo creerlo, pero su mirada expresó algo distinto por lo que no se atrevió a preguntar.
Pensó en más noches juntos, estrella y luna danzando como si estuvieran en el firmamento. Pensó en la Lupercalia de un par de años después, cuando se unieron de por vida.
Pensó en la traición. En la destrucción que había caído sobre Godric’s Hollow. En tres tumbas y en un niño huérfano. En trece muertos en las calles de Londres.
Ya no era Remus, ni Moony, y menos aún Rem. Era el profesor Lupin, y estaba mirando por la ventana de su oficina la lluvia que caía sobre el Bosque Prohibido.
“¿Dónde estás?”, pensó, golpeando suavemente el cristal de la ventana con su puño. “¿Te atreverás a venir, como tememos?”
Pensó en Harry. Dumbledore le había pedido que regresara a Hogwarts porque era una de las pocas personas capaces de enfrentarse y de detener a Sirius de ser necesario. Protegería a Harry al costo que fuera, justo como no pudo proteger a James y a Lily, cegado por el amor desde aquella tarde lluviosa.
En eso, recordó que Sirius le había dado permiso de hacer con él lo que quisiera, y sonrió con amargura.
— ¿Hasta matarte? —preguntó en voz baja al bosque.— ¿Hasta eso, Sirius?
Y recordó algo más.
Odiaba la lluvia.
finis