Otro songfic basado en los últimos capítulos de El Prisionero de Azkaban, en otra excelente canción de Sting y en una mañana de aburrimiento.
Disclaimer: Jo Rowling es una semidiosa. Sting es un semidios. Yo sólo aspiro a ser su profeta, pero no creo que me dejen.
Esta canción de vaqueros...Por Altair
Letra original de StingViajamos toda la noche por un desierto interminable
No teníamos luna que iluminara nuestro camino
Y a pesar de que un millón de estrellas comenzaban a mirarnos lentamente
No teníamos conciencia suficiente para rezarCuando era joven y no estaba tramando maldades, le había gustado leer. Las demás personas sabían que tenía mucha imaginación y que de ahí surgían las innumerables bromas que le hacía a sus compañeros en Hogwarts. Pero esa imaginación no había llegado sola: había sido cuidadosamente alimentada durante muchos años con docenas de libros.
Aunque Sirius Black provenía de una familia de sangre pura, el no pasar mucho tiempo dentro de su casa y vagando por la aldea en donde vivía le había llevado a una biblioteca cercana. Ahí, sin que nadie le prestara demasiada atención, había leído a conciencia cuanta novela de aventuras había podido encontrar.
A pesar de su nacionalidad, a Sirius le habían aburrido las novelas de caballeros. De acuerdo, todo eso del honor y de la grandeza le agradaba, pero desde niño había aprendido que la vida no era así. La vida, o por lo menos la suya, era como en las historias de vaqueros escritas más allá del océano; un mundo donde cada quien establece sus propias reglas y donde sólo existe una constante: salir adelante lo más intactos posible. No importaba si el personaje era héroe o villano: en algún momento, siempre acabaría huyendo, montado sobre su caballo, en la obscuridad de la noche.
Él, su montura y su estrella guía.
Por eso le gustaban las historias de vaqueros.
No le pasó desapercibido que estaba viviendo una.
Cerró los ojos un momento, concentrándose en sentir el viento contra el rostro. Era libre... Después de doce años de encierro, era libre.
Bueno, legalmente no lo era. Era un fugitivo, con docenas de Dementores persiguiéndolo, por trece cargos de asesinato, uno de traición, uno de evasión y los que se acumularan (como tentativa de homicidio, allanamiento de morada y nombres por el estilo) después de su conducta en Hogwarts durante el último año. Y además, como si no fuera bastante, estaba huyendo a bordo de un hipogrifo que debería haber sido ejecutado. Ni modo, un cargo más.
Pero el viento golpeaba contra su rostro y la luz de las estrellas tocaba directamente su piel. Para Sirius Black, eso era libertad. Y no necesitaba pedir mucho más, al menos de momento.
Apenas regresara el Sol, sabía, recuperaría su objetivo de hacerse justicia. Ahora tenía mucho por lo cual cazar a ese maldito Pettigrew y probar su inocencia. Harry sabía la verdad y ya no lo rechazaría, y apenas pudiera, se lo llevaría a vivir con él, justo como quiso hacerlo hacía doce años. Dumbledore también se había enterado de la verdad, y saber que ahora lo tenía de su lado lo animaba, aunque estaba consciente de que no podría interceder mucho por él ante el Ministerio de Magia hasta que no atraparan a Pettigrew.
Y Remus Lupin, el otro Merodeador que quedaba vivo, también sabía la verdad.
Había perdonado el que dudara de él años atrás.
Le pidió perdón por haber dudado de él.
Si no fuera porque estaba huyendo y apenas acababa de librarse de un destino peor que la muerte, Sirius habría pensado que era uno de los mejores días de su vida.
Sin embargo, al pensar en Remus se le ocurrió que quizá había sido el más afortunado. En ese momento, su amigo (al final, el único a quien le bastó un nombre en un mapa para creer en él) estaba rondando el Bosque Prohibido, maldito por la Luna llena que se ocultaba tras las nubes después de haber hecho su mal.
Si Moony seguía siendo como cuando eran jóvenes, las doce peores noches de cada año eran las correspondientes a su transformación. Por eso, James, era rata maldito-sea-su-nombre y él se habían convertido en animagos, a pesar del riesgo que implicaba. Porque sabían que, en esas noches, Remus se enfrentaba a una parte de sí mismo que jamás pidió, sin más compañía que el dolor, la soledad y la Luna.
Después de que James se convirtió en Prongs, aquél en Wormtail y él en Padfoot, la Luna llena dejó de ser una tortura para Moony y se convirtió en el pretexto para disfrutar algunas de las mejores noches de su vida. Pero cuando terminó su educación en Hogwarts, sólo uno o dos de ellos podían acompañarlo en esos días –generalmente él, quien se ofrecía como voluntario. Cuando Lord Voldemort alcanzó el poder absoluto, ya nadie pudo estar con él.
Y había sido así por doce años.
Sirius miró hacia atrás. Desde la torre, Harry y Hermione no alcanzarían a verlo. Se inclinó sobre el cuello de Buckbeak y, seguro de que las nubes ya lo ocultaban, murmuró:
– Beaky, tengo que pedirte un favor.
Y Buckbeak, que lo había visto y conocido en su forma de perro durante todo el año, escuchó.Nuestros caballos corren como si los persiguieran demonios
Sus patas apenas tocan el suelo
Sí, estoy familiarizado con el aullido de un lobo gris
Pero estoy seguro que nunca había oído algo así
Al diablo pagaré el día del Juicio
¿Se enojará Jesús si rezo un poco?
No es igual pisar el pasto si eres humano o si eres un perro. Como humano, tus zapatos (por viejos que estén) te evitarán percibirlo. En cambio, como perro, la naturaleza y tú vuelven a ser uno y, por un instante, todo parece estar bien. Al igual que durante el año escolar anterior, Sirius percibía la frescura de las hojas y el olor de la hierba con una profundidad que jamás comprendería quien no fuera un animago.
Olfateaba el ambiente, tratando de percibir el aroma del lobo. Alcanzaba a oler a otras criaturas –un centauro, un par de unicornios, incluso a un hinkypunk–, pero no encontraba a Remus.
Se encontraba en una de las áreas más profundas del Bosque Profundo. Había atado a Buckbeak a un árbol, jurándole que volvería por él y seguro de que nadie se atrevería a atacar a un hipogrifo. Aunque dudaba que hubiera Dementores en esa zona después de que los habían reunido en el castillo para su ejecución, el transformarse había sido una medida de seguridad adicional. Además, así podía olfatear mejor.
El Bosque Prohibido era demasiado grande, comprendió. A ese paso, podría recorrerlo completo sin encontrar a Remus antes del amanecer, y tenía que marcharse de ahí antes de que el Sol pudiera delatarlo. Pero de todas formas, no podía abandonarlo. Él no lo había abandonado cuando Snape lo amenazó en la Cabaña, cuando apuntó su varita contra su pecho, afirmó que lo llevaría con los Dementores y sobre todo, cuando los dos sabían de lo que era capaz un hombre que no sólo los odiaba, sino que estaba fuera de sí.
¿Qué tal si volvía a transformarse en la mitad del bosque y se encontraba con ve a saber qué criatura extraña? Moony sería un experto en cómo defenderse de las Artes Obscuras, pero sin varita le sería mucho más difícil canalizar su poder si despertaba débil y herido.
Heridas, claro, que Sirius había tenido que hacerle para que no atacara a Harry, a Ron y a Hermione. De haber estado en forma humana, Sirius se habría llevado la mano al rostro. Su morro tenía algunas lesiones que ya habían cicatrizado, y cuando estaba encerrado en Hogwarts, apenas si se retiró la sangre con la punta de los dedos. Hacía años que no les pasaba eso.
Quizá porque hacía años que Remus y él no se veían.
Ojalá, eso sí, que no hubiera Dementores. La última vez les había resultado demasiado fácil detenerlo, y eso estuvo a punto de costarle el alma a Harry.
En eso, escuchó un aullido. No era el aullido común de un perro o incluso el de un lobo ordinario. Sólo un perro podría distinguir la frecuencia de otro aullido e identificarlo, y Sirius pudo identificar a la perfección la "voz" de Remus.
Sin pensar, corrió hacia el origen del aullido, su mente pensando a toda velocidad lo que iba a hacer pero dudando de todas las opciones. Habían pasado demasiados años. Remus no lo había reconocido en los prados de Hogwarts unas horas atrás. ¿Tenía realmente posibilidades de que lo reconociera ahora? ¿Podría someter un perro a un lobo cuando habían pasado años desde la última vez que lo intentaron?
Tuvo que suspender sus pensamientos de inmediato. Al pasar entre algunos árboles, y en un pequeño claro, lo encontró.
Un lobo gris, cuyos ojos dorados parecían emanar tristeza, se lamía una pata de la cual manaba sangre. También tenía heridas en el cuello y en el lomo, pero al parecer ésa era la que mas le dolía. Dejaba de lamerse para aullar al cielo, mirando hacia las nubes que ocultaban a la Luna.
En eso, el lobo olfateó el aire y volteó a ver hacia la presencia que había aparecido entre los árboles. Padfoot se quedó quieto, mirándolo. De inmediato, Moony se incorporó y comenzó a gruñir amenazadoramente.
Sirius se suplicó cuánta calma le fuera posible mientras se obligaba a salir de entre los árboles y acercarse a Remus. Éste gruñía cada vez más fuerte, y Padfoot no retiró la mirada de sus ojos dorados sino hasta que estuvo a una distancia en la cual podían verse con claridad, pero también podría saltar en caso de que Moony lo atacara.
Moony gruñó más, comenzando a encoger las patas, listo para atacar.
Pero Padfoot, después de asegurarse de que lo veía a los ojos, desvió la mirada e inclinó la cabeza mientras meneaba su rabo. Ojalá fuera suficiente.
Se obligó a mantener los ojos abiertos pero sin mirarlo de frente, listo para saltar y huir si era necesario... El lobo se le acercó, todavía gruñendo. Pasos muy lentos, los colmillos desnudos...
Padfoot, sin querer, volvió a mirar a Moony a los ojos.
Y fue el turno de éste de bajar la vista. Dejó de gruñir y se sentó a su lado, volviendo a lamer la pata que tenía herida.
Si los perros sonreían, Padfoot tenía la sonrisa más grande del mundo. Sin pensar, también se le acercó y comenzó a lamer la herida que Moony tenía en el lomo, como en los viejos tiempos.
Si tan sólo Prongs estuviera con ellos, vigilando a su alrededor que nadie se acercara...Esta canción de vaqueros es lo único que conozco
Que me devolverá a sus brazos,
Su sol distante, su luz brillante
Serán mi estrella canina esta noche
Todavía era de madrugada cuando Remus volvió a abrir los ojos. La Luna apenas comenzaba a dirigirse hacia el horizonte, pero ya había recuperado su figura humana. Confuso, trató de moverse y de inmediato se percató de tres cosas. Una, que aunque las heridas que tenía en un brazo, en el cuello y en la espalda ya habían cerrado, le seguían doliendo. La segunda, que estaba cubierto con una túnica gris y raída, como las que visten los prisioneros en Azkaban. La tercera, que el hipogrifo de Hagrid (y que supuestamente debía haber sido ejecutado el día anterior) estaba atado a un árbol, buscando su desayuno en la tierra.
– Al fin despiertas, Moony.
Volteó a ver a la persona que estaba a su lado y se encontró con el rostro hundido de Sirius Black, cuyos ojos brillaban de nuevo.
– ¿Qué haces aquí? –preguntó con la voz ronca que le quedaba después de una transformación.– Los Dementores...
– Ya me topé con ellos hace horas. En este momento deben estar en Hogwarts, revisando cuantos salones puedan antes de que Dumbledore solicite que regresen a Azkaban.
Remus lo miró en silencio y Sirius se obligó a sonreír.
– Todo está bien. Créeme.
Pero Moony volvió a tumbarse de espaldas sobre el pasto y murmuró:
– No. Nada está bien.
Sirius, frunciendo el ceño, se apoyó contra un árbol. Sabía que llegarían a eso.
– Sin duda –respondió con sarcasmo.– La luna no se ha ocultado por completo y ya eres otra vez humano.
– Imagino que fue por tomar Luparia todo el año –murmuró Remus de modo casi ausente.– Conservaba mi mente, pero no mi cuerpo. Supongo que ahora que no lo tomé, perdí mi mente pero recuperé mi cuerpo más rápido.
–Tal vez.
Remus sonrió débilmente.
– Se supone que eres mejor en pociones que yo, Sirius.
– He perdido la práctica –respondió Black con voz amarga.
Remus no supo qué responder, entendiendo por qué Sirius había perdido la práctica en la elaboración de pociones y sintiéndose culpable por mencionar el tema. Permanecieron en silencio un par de segundos, hasta que simultáneamente dijeron:
– Lo siento.
– Toma, un regalo.
Sirius hizo como que ignoraba la disculpa de Remus y le entregó su varita. En reacción, Lupin se incorporó.
– ¿Dónde la encontraste? –preguntó Moony, sorprendido, mientras la tomaba.– Percibí que alguien más la usaba. ¿Fuiste tú?
La mirada de Padfoot se volvió obscura.
– No. Fue Peter.
Remus no necesitó preguntar si Peter había escapado o no. Sólo bajó la mirada y se quedó callado nuevamente.
– No fue tan difícil –dijo Sirius, como intentando cambiar de tema.– Realicé un Accio. Claro, sin mi varita, la tuya se quedó atrapada entre las ramas de ese árbol de allá, nada grave si se sabe trepar. Luego intenté un Duplicatus en mi túnica porque no podías regresar desnudo a Hogwarts. Habrías dado una mala imagen, ¿no crees?
Pero Remus no respondió. Sirius volteó a verlo de reojo.
– ¿Moony?
– Fue mi culpa, Sirius –dijo en voz baja.– Recuerdo haber visto una rata que escapaba, pero entonces no comprendí...
– Oye, Remus...
– Tuviste tu libertad en las manos, ¡y por una idiotez mía la perdiste de nuevo!
Furioso, Lupin dio un puñetazo contra el suelo. O el efecto de su transformación no había pasado del todo o estaba dominado por una rabia poco usual en él. Sirius quiso pensar que se debía al primer motivo, mas no lo creyó del todo.
– No fue tu culpa, Remus.... Tu enfermedad...
– Mi enfermedad no tiene que ver nada con esto –respondió con brusquedad.– Si hubiera recordado que anoche era Luna llena...
Para su sorpresa, Sirius se echó a reír. Su risa no fue alegre, como en el pasado, pero no por ello fue menos franca.
– Moony, si te hubieras dado cuenta de que la Luna era llena, ¡quién sabe qué habría pasado anoche!
Remus lo volteó a ver, el ceño fruncido.
– Peter no habría escapado.
– No... porque Harry no me habría dejado explicar lo que pasó.
Ante el sorprendido silencio de su amigo, Padfoot añadió:
– Claro, ni sus amigos ni él habrían podido matarme... pero estaban tan enojados que la habría pasado mal. Lo bueno es que tienes labia de profesor y lograste que te oyeran.
– Acepta que no fue la forma apropiada de reencontrarte con Harry –dijo con un ligero reproche.
– No tenía de otra –admitió Sirius, sonriendo sin querer.– El pelirrojo, es un Weasley, ¿verdad?, y la muchacha educada no lo dejaban solo en momento alguno.
Remus sonrió débilmente.
– Hermione es realmente capaz –murmuró.– Lily y ella se habrían llevado bien. Ron es una de las personas más leales que conozco, y seguro se llevaría bien contigo. Y Harry...
– ¿Comprendes, Remus? –preguntó Sirius con voz más calmada.– Quizá James tenía razón y todo pasa por algo.
– Supongo –dijo, no muy convencido.
Hubo un nuevo silencio entre ambos.
– Mi objetivo no ha cambiado –dijo Sirius finalmente.– Tengo que ocultarme un tiempo, pero apenas pueda, volveré a buscar a Peter. Y esta vez no se me escapará.
Remus se limitó a verlo y añadió:
– Te ayudaré en lo que pueda.
– Lo sé, Moony –dijo Sirius, mirando de nuevo al cielo.– No se nos escapará esta vez. Lo único bueno de esta noche es que he recuperado mucho. Muchísimo.
Remus lo vio en silencio.
– He vuelto a sentir lo que es la libertad –confesó, más para sí que para su amigo.– Dumbledore ha vuelto a confiar en mí, y...
Sin querer, sonrió mientras volteaba a ver a Moony.
– ¿Recuerdas lo que te conté sobre mi estrella guía? Ahora tengo dos.
Y añadió con ojos brillantes
–Un ahijado a quien proteger... y un amigo a quién recuperar.
Pero antes de que Remus pudiera hacer o decir algo, los dos percibieron una corriente helada a su alrededor. Sirius palideció y Remus miró de inmediato hacia la causa, que hacía ruidos atrás de unos árboles.
No acababa de hacerlo, cuando un Dementor entró al claro donde se encontraban.He sido lo más bajo de lo bajo en el planeta
He sido un pecador todos mis días
Cuando vivía con mi mano en el gatillo
No tuve sentido común para cambiar mis costumbres
El predicador preguntó si aceptaré la resurrección
Para sacar el veneno de mi vida
Como un vaquero villano y filosófico
Medí sus palabras en mi cuchillo
Durante doce años, esas espantosas criaturas siguieron cada uno de sus movimientos y robaron cada uno de sus pensamientos alegres. Le habían provocado tal daño que Sirius llegó a pensar, por una parte, que jamás volvería a sentir calor en su vida y, por otra, que había perdido todos sus recuerdos felices. Durante el año que estuvo ocultándose en Hogwarts, aún así, había descubierto que los recuerdos volvían poco a poco. Quizá le tomaría años recuperarse del todo y habría momentos que jamás regresarían, pero ahora comprendía que lo que verdaderamente hacía un Dementor era darle tal fuerza a los recuerdos dolorosos que parecía que los agradables jamás habían existido.
Pero en ese momento no pudo pensar en nada. Al ver la capucha del Dementor, sólo recordó doce años de dolor, soledad y frío. Ese mismo temor había impedido, horas atrás, que escapara de los Dementores que lo encontraron mientras perseguía a Peter. El terror de regresar a Azkaban había detenido a Padfoot, que había llorado de la desesperación aún en forma de perro, y lo había obligado a transformarse de nuevo en humano. Si no hubiera sido por Harry...
Aunque era sólo un Dementor, Sirius sintió que la sangre se le iba a los pies y, sin querer, se estremeció. A su alrededor, sólo podía percibir niebla que empezaba a reunirse y a escuchar sonidos muy distantes.
El de una motocicleta que vuela, su dueño acelerando lo más posible porque teme que llegará demasiado tarde para salvar la vida de su mejor amigo.
A través de la neblina, alcanzó a ver una figura que se movía con dificultad y que se colocaba frente a él. Pero no pudo hacer nada para alejarla. Trató de levantar una mano para apartarla, pero su mente estaba en otro lado.
Entre las ruinas de una casa, rodeado por el crepitar del fuego... abrazando el cadáver de su mejor amigo... tomando su sortija de matrimonio.
– ¡Expecto Patronum!
La niebla se volvió menos densa, aunque no desapareció. Sirius pudo volver a ver lo que le rodeaba, y descubrió que la figura que estaba frente a él no era un dementor, sino Remus. Se había levantado, tomado su varita e invocado a un Patronus.
Pero algo no estaba bien
De la varita sólo fluía una neblina plateada y difusa. El dementor se había detenido, pero no se marchaba. Sirius, tratando de recuperar su conciencia por completo, notó que Remus estaba muy pálido, con sombras bajo los ojos y la frente llena de sudor.
– Sirius... –murmuró.– Ayúdame...
Black no necesitó que le explicaran qué estaba ocurriendo. Lo había visto infinidad de veces cuando era joven. Cómo James y él tenían que ayudar a Remus a mantenerse en pie, demasiado débil después de una transformación. Y ahora no sólo estaba de pie, usando magia, sino realizando un hechizo demasiado complicado con tal de salvarle la vida.
– ¿Qué hago? –preguntó con un hilo de voz.– ¡No tengo varita!
– Tendrás... que usar... la mía.
Sirius no tuvo tiempo ni para protestar. La neblina plateada se disolvió por completo y Remus, incapaz de sostenerse por más tiempo, cayó al suelo. La única reacción de Black fue sujetar la varita y levantarse, apuntando con ella al dementor que empezaba a acercarse de nuevo.
Sabía invocar a un Patronus. Voldemort se había rodeado de Dementores, y años atrás Remus les había enseñado ese hechizo a Lily, a James y a él. Necesitaba un recuerdo feliz para invocarlo.
Pero lo único que había en su mente en aquel momento era una calle en Londres llena de gente. Y a Peter Pettigrew dándose cuenta de que lo había encontrado.Al diablo pagaré el día del Juicio
¿Se enojará Jesús si rezo un poco?
"Un recuerdo feliz... un recuerdo feliz", pensó Sirius, tratando de contener un estremecimiento sin lograrlo cuando el dementor dio otro paso hacia ellos. A sus pies, escuchó cómo Remus no podía reprimir una queja, aunque no supo si era de dolor físico o por algo que no había querido recordar. ¿O sería por ambas? Jamás le había contado la noche en que fue mordido...
Blandió la varita al frente, casi como si fuera una espada, y saltaron chispas de ella. Pero no más. No podía recordar ningún momento feliz en su vida, la varita ni siquiera era suya y, a cada instante, percibía menos del Bosque Prohibido y más del Londres de hacía doce años.
"Hola, viejo amigo. Gusto en verte. Acabo de pasar por Godric's Hollow, ¿y sabes lo que vi?"
Ahora el recuerdo era el de su propia voz. Las primeras palabras que le dijo a Peter cuando éste, temblando, llorando y pidiendo perdón, empezó a tramar cómo huir e inculparlo de su crimen.
El frío se volvía más intenso a cada segundo y, entre la niebla, volvió a ver al dementor. Sirius recordó lo que Fudge le había dicho cuando estuvo encerrado en Hogwarts: el Ministerio de Magia había dado permiso a los Dementores para besarlo apenas lo encontraran, un destino mucho peor que la muerte. También le había dicho que, al parecer, habían intentado besar a Harry (aunque las razones tanto de su ataque como de su retirada permanecían como un misterio). Por un segundo recordó que Snape había amenazado a Remus con compartir su misma suerte, por supuestamente haber ayudado a un asesino durante casi un año.
Las dos personas que más le importaban habían estado a punto de perder sus almas por haber querido ayudarlo y defenderlo. Cómo lo sentía...
"¡Sentirlo no les devolverá la vida!", fue lo único que escuchó. Ante sus ojos, a través de la silueta del Dementor, veía a Peter, las manos a la espalda, dando un respingo por lo que acababa de decirle.
Si no hacía algo, iba a quedar muerto en vida.
Remus también podría quedar muerto en vida.
Alzó la varita de nuevo y, de un modo automático, murmuró:
– Expecto Patronum.
Pero no pasó nada. En su mente sólo estaba el recuerdo de una voz... James y Lily, Sirius, ¿cómo pudiste?... una explosión... una rata escapando por las cañerías... una docena de cadáveres frente a él... su propia risa resonando en sus oídos...
Una mano helada salió de abajo de la capucha negra que tenía frente a él. Una mano semejante a muchas otras que durante doce años jugaron con sus recuerdos, haciéndolo vivir de nuevo los peores momentos de su existencia. De momento, ese frío fue muy parecido al del primer día que estuvo en Azkaban, cuando entre insultos y burlas lo arrojaron al interior de una celda, cuando gritó que era inocente sin que nadie lo escuchara, cuando suplicó que llamaran a Albus Dumbledore y a Remus Lupin para hablar con ellos, y lo único que obtuvo a cambio fue una sentencia de por vida sin previo juicio.
Sintió que una mano lo sujetaba por la parte delantera de su túnica. Entre la neblina, vio que el dementor empezaba a quitarse la capucha.
Iba a besarlo.
Su alma iba a morir.
A lo lejos, escuchó un chillido. Debía ser otro recuerdo de Azkaban, alguna de las muchas voces implorantes que oía desde su celda. Pero era un chillido diferente.
El dementor lo soltó. La neblina se volvió un poco menos espesa, aunque no desapareció.
Un hipogrifo lanzaba zarpazos. Era Buckbeak.
Pero a pesar de sus intenciones, Beaky no podía hacer mucho. Estaba atado y no había roto la correa especial que Hagrid le había puesto, y no hay forma en que un hipogrifo hiera a un guardia de Azkaban. Pero lo estaba distrayendo.
Aunque continuaba oyendo gritos dentro de su cabeza, Sirius miró a su alrededor. Remus seguía en el suelo, cerca de él. Alcanzó a ver que tenía lágrimas en el rostro y escuchó que murmuraba.
– No... él no...
Algo dentro de Black lo obligó a prestar atención a sus palabras. La misma intuición que lo había mantenido cuerdo dentro de Azkaban y que le había ayudado a ocultarse durante todo un año.
De momento, pensó que Remus le hablaba al dementor, intercediendo por él. Pero pronto comprendió que no era así: también había caído bajo el poder de la criatura y se enfrentaba a su peor recuerdo.
– No pudo ser él, profesor... Sirius no... él moriría por James y Lily... él no...
Al oírlo, Sirius se estremeció y supo que no era por el dementor.
El peor recuerdo de Moony era el momento en que Dumbledore le dijo que James y Lily habían muerto. Que él, Sirius Black, los había traicionado. Que había matado a Peter y a doce muggles en su desesperación.
Esta canción de vaqueros es lo único que conozco
Que me devolverá a sus brazos,
Su sol distante, su luz brillante
En una ráfaga, Sirius comprendió muchas cosas que no había querido pensar durante los últimos meses. Que él había pasado doce años de helado infierno en Azkaban, pero que no había sido el único.
Que Remus Lupin había pasado esos doce años huyendo de los recuerdos en completa soledad, porque las únicas personas que no lo despreciaban por ser un hombre lobo habían muerto a manos de uno de sus mejores amigos.
Que Harry Potter, el hijo del hombre al que amó como a un hermano, había pasado doce años lejos de su mundo, y hasta entonces recordó cuán entusiasmado estuvo ante la posibilidad de abandonar a sus tíos.
Si él caía, si no detenía al dementor, la criatura también besaría a Remus. La primera persona que volvió a confiar en él se convertiría en un cuerpo sin alma.
Harry jamás podría escapar de su vida con los Muggles.
Y ahora que Peter había escapado y no se había sabido nada de Voldemort en un tiempo, ¿qué ocurriría si el Señor Obscuro regresaba y elegía a su ahijado como primer objetivo?
No podía permitir que le hicieran daño a Remus.
No podía permitir que le hicieran daño a Harry.
Tal como una vida atrás no quiso que le hicieran daño ni a James ni a Lily.
Necesitaba un recuerdo feliz.
Pero, ¿tenía alguno?
"¡Por supuesto que quiero dejar a los Dursley! ¿Tienes una casa? ¿Cuándo puedo mudarme?"
Harry quiere estar conmigo. Harry quiere vivir conmigo.
"De ningún modo, Padfoot, viejo amigo... Hasta que me perdones el que haya pensado que tú eras el espía."
Remus me ha perdonado y me ha pedido perdón. Sabe que no fui quien traicionó a James y a Lily.
"¡Sirius, vete rápido! ¡Llegarán a la oficina de Flitwick en cualquier momento! ¡Descubrirán que te has marchado!"
Estoy a las puertas de la muerte, pero se abre una ventana. Me he salvado por un milagro que traen mi ahijado y su amiga. Por primera vez en años, siento el viento contra mi rostro.
"A menos de... de que lo cambiaran... sin decírmelo."
Remus me tiende la mano, sus ojos brillantes. Me abraza como a un hermano. Ha comprendido la verdad y reconoce mi inocencia. Aún tiene preguntas, pero ya no duda. Ha vuelto a ser mi amigo en un segundo, tras doce años de rencor.
"Jamás habría traicionado a James y a Lily. Antes, habría muerto".
Y Harry asiente en silencio. Él también me cree. Me ve a los ojos. Ya no hay odio en su mirada. Quizá reconozca la parte de culpa que tuve en la muerte de sus padres, pero sabe que no los traicioné.
Harry, mi ahijado.
Remus, mi amigo.
Harry, por quien daría mi vida justo como la habría dado por James.
Remus, por quien arriesgué mi vida para que no estuviera solo.
Harry, tan parecido a su padre pero con los ojos de su madre, a quien conocí cuando tenía horas de nacido y que representa cuánta esperanza me queda en la vida.
Remus, el muchacho silencioso de la Torre de Gryffindor, quien representa la vida feliz que tuve y que quiero recuperar.
¿Qué fue lo que pensaba antes de que apareciera el Dementor?
Que Harry y Remus serán mis guías de ahora en adelante, justo como la estrella que lleva mi nombre fue mi guía mientras estuve en Azkaban.
Con ellos tendré recuerdos nuevos.
Justo como ambos me recuerdan el tiempo que estuve con James y con Lily y que fueron los días más felices de mi vida.
Y sin darme cuenta, exclamo:
– ¡Expecto Patronum!Serán mi estrella canina
Esta noche
Una neblina plateada, brillante y densa brotó de la punta de la varita que Sirius apuntaba contra el dementor. La tenue obscuridad de la madrugada fue momentáneamente iluminada por la sombra plateada, y Sirius no apartó la vista de ella.
Al inicio, su Patronus había parecido una sola estrella fugaz, pero de repente se dividió en varias luces. Black sonrió al identificar a la más brillante, en honor a la cual había sido nombrado, y sus compañeras adoptaron el resto de la constelación de Canis Majoris, la primera que aprendió a identificar en su clase de Astronomía en Hogwarts aunque la había buscado por años. Cada punto luminoso dejó atrás una cauda plateada que rodeó a Black y a Lupin, y su energía y su alegría mantuvieron a raya al Dementor. Más que recuerdos felices, el Patronus reunía toda la fe que Sirius Black debería tener en los tiempos por venir, trayendo consigo la esperanza de volver a encontrar la felicidad al lado de sus dos seres más queridos.
El dementor no pudo enfrentarse a la energía del Patronus como había hecho con el primero, e instantes después salió del claro y se alejó, devolviendo a la zona el calor propio del verano.
No fue sino hasta que su Patronus se disolvió que Sirius descubrió que estaba jadeando. Aunque ya no hacía frío, ahora sentía escalofríos e incluso pensó que tenía un poco de fiebre.
No había practicado magia por años, pero acababa de realizar un hechizo complicado. No había perdido el toque.
Un pensamiento tan parecido a los que tenía años atrás hizo que reaccionara. De inmediato, se inclinó y sujetó a Lupin por los hombros.
– Oye, Remus –dijo, sacudiéndolo ligeramente.– El dementor ya se fue. ¿Estás bien?
Moony alzó la vista, como si estuviera acostumbrándose de nuevo al presente. Miró al frente y sólo vio a Buckbeak, nuevamente tranquilo, y después a Sirius. Hasta entonces se percató de que había estado llorando y de inmediato apartó el rostro, como si intentara ocultarlo.
– ¿Estás bien? –insistió Sirius.
– Sí, sí lo estoy... pero necesito un chocolate.
Sin querer, Sirius sonrió.
– ¡Tantos años y sigues con esa adicción!
– No es una adicción. Es por protección.
– Sí, claro, y por eso siempre llevabas chocolates en los bolsillos desde antes de que supieras qué era un dementor.
Fue el turno de Remus de sonreír de nuevo.
Mientras se incorporaba, escuchó que Sirius, quien había apartado la vista, preguntaba:
– ¿En verdad soy responsable de tu peor recuerdo?
Pero Remus no respondió.Todas mis distancias, a lo lejos
Donde hay un dementor, hay diez. Ésa era una de las pocas lecciones que Sirius había aprendido en Azkaban, y si su experiencia era correcta, no tardarían en aparecer los compañeros del dementor que los había atacado.
Remus le había propuesto que se llevara su varita, pero Sirius tuvo que rechazar el ofrecimiento. Pasaría gran parte de los días por venir en forma de perro, y además una varita ajena no funciona tan bien como la propia. Lo que no confesó es que no quería que, si lo atrapaban, dedujeran quién le había dado esa varita si el Ministerio recurría al señor Ollivander y a su prodigiosa memoria. De momento, no quería arriesgar a nadie más que a Buckbeak, quien al igual que él, ya estaba condenado a muerte de todos modos.
– Si puedes y si no resulta arriesgado, escríbeme de vez en vez –le dijo Remus poco antes de que se fuera.– No me gustaría saber de ti sólo a través de El Profeta.
– Sabrás de mí, igual que Harry e igual que Dumbledore –respondió.– Puedes preguntarles a ellos, pero te escribiré de todos modos.
– Si les pregunto, será vía lechuza –sentenció Remus con voz calmada.
Sirius se le quedó viendo. Estúpido Moony, no podía ser que...
– ¿Por qué no he de escribirte a Hogwarts?
– Porque ya no voy a estar ahí. Después de lo de anoche, no me atrevo a mirar al Director a la cara.
Sirius hizo una mueca de disgusto. Cómo había gente necia en el mundo...
– Traicioné la confianza del Director y de los demás y, por un descuido mío, todos ustedes estuvieron en peligro –dijo Remus, bajando la vista.– Pero puedes escribirme a la casa que era de mis padres, ¿la recuerdas?
– Sí, la recuerdo, pero si renuncias, harás una estupidez.
Lupin no respondió. Era obvio que sabía que cometía un error al privarse del único lugar donde había sido feliz en mucho tiempo, pero también que era lo único decente que le quedaba por hacer.
– No te he dado las gracias por salvarme de ese dementor –dijo en un obvio cambio de tema.
– Si a esas vamos, no te he agradecido por acudir en mi ayuda después de ver el mapa.
– No fui sólo por ti. Fui por Harry.
– Bueno, por la parte que me toca.
– Espero que también le hayas dado las gracias a Harry.
– Eh...
– ¿Qué quieres decir?
Sirius volteó a ver a Remus de reojo.
– No recuerdo si le di las gracias después de que me ayudó a escapar –confesó.
Remus se le quedó viendo con una expresión que usó muchas veces cuando eran jóvenes y Sirius admitía haber cometido alguna imprudencia.
– ¿Alguna idea sobre un detalle para mi ahijado y que de momento no necesite que esté cerca de él?
Lupin pensó un instante y finalmente dijo:
– Hace semanas, Harry se metió en un lío con Severus porque no tenía un permiso firmado para ir a Hogsmeade. Tuvo que recurrir al mapa y a la capa de James. Quizá si...
– Hecho. Todo sea por fastidiar a Snape.
Los dos permanecieron en silencio un par de instantes. Sabían que había llegado el momento de despedirse. Sirius reconoció, a pesar de la palidez y de las canas, al amigo de su juventud, y murmuró sin darse cuenta:
– Gracias por todo, Moony.
Remus, tendiéndole la mano, respondió en el mismo tono:
– No. Gracias a ti, Padfoot. Por todo.
Sirius tomó la mano que le ofrecía y atrajo a su amigo hacia sí, abrazándolo de nuevo. Ignoraba cuándo podría volver a verlo, si lo hacía.
– No renuncies, Moony –le dijo con voz triste.– Sé que te quieren mucho en Hogwarts.
Remus no respondió.
– Dumbledore no te rechazará. No lo hizo antes, no lo hará ahora. Y te vas a arrepentir si te marchas.
– Vete. Los Dementores no tardarán en llegar.
Sirius soltó a Remus. Éste había apartado la vista, como negándose a aceptar que su amigo tenía razón.
– Le dije que James, Peter y yo nos volvimos animagos –confesó.– No se enojó. Al contrario, pareció divertido de que nos atreviéramos a...
– Vete.
Sirius comprendió que había perdido la discusión. Sin decir más, tomó la correa que sujetaba a Buckbeak al árbol, la soltó y montó sobre él después de una breve inclinación de cabeza. El cielo empezaba a clarear y no podía esperar más tiempo o alguien lo vería.
– Sólo prométeme –dijo, sujetando las riendas con fuerza– que renunciarás únicamente si Dumbledore te lo pide o si algo peor ocurre.
Para su sorpresa, Remus volteó a verlo y respondió:
– Te lo prometo. Pero sólo si no desapareces demasiado tiempo.
Sirius le devolvió la sonrisa y dijo:
– No puedo separarme de mis dos estrellas. Nos vemos.
Y dicho eso, arreó a Buckbeak. El hipogrifo respondió extendiendo sus alas, alzándolas y elevándose. Remus los miró en silencio hasta que las copas de los árboles los ocultaron de su vista.
Y casi sin darse cuenta, sonrió con una alegría que creyó haber olvidado doce años atrás.
De momento, no le importó lo que habría de pasar con él. Lo que importaba era que Harry y él sabían la verdad.
Sirius ya no estaba solo.
Y él tampoco.
Todavía sonriendo, se le ocurrió que tal vez debería ir a la Cabaña de los Gritos a recuperar la capa de James. Después, regresaría a Hogwarts. Quién sabe qué le esperaría en la escuela, si el encuentro con Snape le permitía presagiar algo.
Pero supo que, al menos, siempre tendría un amigo, un protegido y chocolate con él. No necesitaba más.Esta canción de vaqueros es lo único que conozco
Que me devolverá a sus brazos,
Esta canción de vaqueros, esta vida de vaqueros
Seré su estrella canina esta noche
Su estrella canina
Su estrella canina
El viento volvió a golpear contra su rostro. Y Sirius volvió a pensar que era libre.
En realidad –recordó– era un fugitivo.
Pero a la larga, la suya podría igualarse a las viejas historias de vaqueros que tanto le gustaba leer de niño.
Él, su hipogrifo...
Y un ahijado y un amigo como estrellas guía.
finis
Notas sobre este fic:* En la canción, Sting hace frecuentes alusiones a la Estrella Canina, que muchos viajeros utilizan como Guía. La estrella canina (o Dogstar) no es otra sino Sirius, en la constelación del Can Mayor y la estrella más brillante en el cielo nocturno. De ahí vino mi inspiración.
* Confesión: la letra original dice "me devolverá a tus brazos". Como "your" puede interpretarse como "tus" o "sus", decidí aludir tanto a Harry como a Remus.
* Cambié un poco algunas de las frases citadas del libro, pero sólo si la traducción "oficial" (la española) modificó el sentido que Jo quiso darle (en específico, la frase con la cual Remus demuestra que ha descubierto el cambio de Guardián Secreto).
* Muchos detalles, como lo de la sortija de James o lo que Sirius le dijo a Pettigrew cuando lo encontró en Londres, no proceden del libro.