Un songfic basado en algunos eventos de El Prisionero de Azkaban, en una excelente canción de Sting y en una tarde de aburrimiento.
Disclaimer: Jo Rowling es una semidiosa. Sting es un semidios. Yo sólo aspiro a ser su profeta, pero no creo que me dejen.
¿Por qué debería llorar por ti?Por Altair
Letra original de StingBajo la vela de la estrella del can
Sobre los arrecifes del brillo de la Luna
Bajo los cielos del estío
Al nornoroeste, las piedras de Faroe
En medio de su emoción, los cuatro permanecieron callados, mirando el castillo que brillaba en la noche como si tuviera luz propia y sabiendo que ahí pasarían los próximos siete años de su vida. Los únicos sonidos eran los de la brisa golpeando contra sus oídos y el del agua del lago que chocaba contra la barca sobre la cual viajaban. Miró hacia el fondo del lago y le pareció que algo se movía bajo el agua, reflejando la luz de la media Luna que brillaba sobre ellos. ¿Sería, como se decía, un calamar gigante? ¿Habría sirenas? ¿O eran simplemente rocas y corales que parecían moverse a su paso? Era demasiado maravilloso. Sobre todo para él, que pensó que las puertas de Hogwarts siempre le estarían cerradas.
Vio a sus compañeros, los mismos chicos con quienes habían estado en el tren. El muchacho de las gafas miraba fascinado hacia el castillo, sus ojos irradiando esa misma luz. El muchacho regordete miraba a todos lados, como intentando grabar en su mente cuantas imágenes le fuera posible. El muchacho del cabello largo, en cambio, miraba hacia el cielo, como si buscara algo. Notó que lo estaba viendo y le preguntó:
— ¿Sabes que hay una estrella con mi nombre? Leí que tanto muggles como magos la llaman la Estrella Canina, y la utilizan como Guía durante la noche. Lo malo es que nunca he podido encontrarla.
— Seguro te enseñarán a hacerlo en Astronomía —respondió, sintiendo que era lo apropiado.
El muchacho pareció meditar un segundo y, finalmente, se echó a reír.
— A eso venimos aquí, ¿o no? A aprender y a hacer maldades.
Sin saber por qué, sonrió ante las palabras del que se convertiría en uno de sus mejores amigos. Comprendió que tenía el nombre de una estrella y él estaba relacionado con la Luna. Iban a llevarse bien.
De pronto, la obscuridad que lo rodeaba comenzó a tornarse en luz. Abrió los ojos lentamente, incluso con un poco de temor. No quería enfrentarse a lo que le esperaba.
Con vista nublada, vio un cielo raso que le era conocido. El de una enfermería que había visitado muchas varias veces mientras estuvo ahí.
De golpe, recordó lo que había pasado. Cómo había recibido la carta de Dumbledore en la que le decía que algo había pasado y le pedía que no escuchara a nadie hasta que no hablara con él. Cómo involuntariamente escuchó lo que había ocurrido mientras en King’s Cross esperaba comprar un boleto de tren hacia la escuela. Cómo, impulsiva y estúpidamente, intentó Aparecer en Hogwarts, quitándole importancia al hecho de que el colegio estaba protegido mágicamente. Cómo, débil después de la luna llena y por su imprudencia, había quedado varado en el Bosque Prohibido.
Cómo había deseado morir antes de perder el sentido.
Y entonces vio que tres personas estaban a su lado. Madam Pomfrey, su mirada gentil como cuando era niño. Minerva McGonagall, la mujer más inteligente que conocía, sus ojos mostrando compasión absoluta. Y Albus Dumbledore, su mentor y protector, cuya mirada era triste detrás de sus gafas.
Sólo escuchó una frase.
— Remus... lo siento mucho.
Y de inmediato recordó qué había ocurrido en Godric’s Hollow, y sus ojos se llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo.
Bajo el fuego del Ártico
Sobre los mares del silencio
Dependiendo de cuerdas congeladas
Por todos los días que me quedan.
El frío era insoportable, pero no se debía a que la Isla estuviera en medio del Mar del Norte. Tampoco se debía a que se había negado a comer en un par de días, ni a que casi no había dormido. No, el frío se debía a algo más. A las siniestras figuras vestidas con largas capuchas que lo rodeaban y que pasaban afuera de su celda.
Estaba sentado en el suelo, los brazos rodeando sus piernas flexionadas, la cabeza apoyada sobre el pecho. Pero sus ojos miraban hacia el cielo nocturno, buscando algo.
A Alpha Canis Majoris, su estrella.
La había usado como Guía desde el primer curso de Astronomía que tomó en Hogwarts. Cuando sabían a merodear, la usaba para saber en qué dirección se habían desviado. Hacía dos noches, había fijado su vista en ella, tratando de concentrarse en su luz o perdería la razón antes de llegar a Godric’s Hollow.
"James... Lily... fue mi culpa", pensó. "Debí ser más inteligente. Debí saber que Peter era el traidor. No debí dudar de Remus... Lo siento tanto..."
Alcanzaba a oír el golpeteo de las olas contra la fortaleza y el ulular del viento entre los barrotes. Pero, sobre todo, alcanzaba a oír las voces de los otros prisioneros. Súplicas de piedad, lamentos, llantos... En poco tiempo estaría igual que ellos, a menos de que alguien hiciera algo.
"Dumbledore... Remus... vengan, búsquenme", pensó desesperado. "Ustedes creen que yo era Guardián Secreto de James y de Lily. Pero vengan, exijan que me hechicen para decir la verdad... En ese trance, no mentiré, y ustedes sabrán que soy inocente."
Pero a pesar de sus súplicas, ni Dumbledore ni Remus aparecían. Sólo lo rodeaban Dementores y, con ellos, los recuerdos de todos los errores que lo habían conducido a ese lugar . Y lo único que podía hacer para evitar caer en la desesperación era buscar a la estrella que tenía su nombre.
Concentrarse en su nombre.
Concentrarse en su inocencia.
O Sirius Black se volvería loco antes de que lo juzgaran, como ocurría con todos los prisioneros que había en Azkaban.
¿Me indicará el Norte la verdad?
¿Por qué debería?
¿Por qué debería llorar por ti?
Habían pasado un par de días, pero no había abandonado la escuela. Los alumnos del nuevo curso en Hogwarts sabían que había un ex-alumno con ellos y que estaba enfermo, así que Madam Pomfrey había solicitado que se acondicionara una habitación privada como enfermería personal. Así, pasaba la mayoría de sus horas en soledad.
Remus Lupin no hacía más que pensar en lo que había ocurrido. Su mundo, el de los hechiceros, al fin se había librado de Voldemort. Las fiestas continuaban y por las noches todavía se escuchaban fuegos artificiales aunque ya habían pasado varios días. Numerosos padres habían visitado Hogwarts para comunicar la noticia a sus hijos, perpetuando la celebración en los terrenos del colegio.
¿Sería él el único que no encontraba motivos suficientes para estar contento?
Porque la derrota de Lord Voldemort había tenido un precio.
Alguna vez, existieron cinco amigos en Hogwarts. Estudiaban juntos. Se metían en líos juntos. Eran felices juntos.
Pero la obscuridad los había rodeado a pesar de los esfuerzos que, siempre juntos, hicieron por acabar con ellos. Eso había sido terrible, más lejos habían estado de saber que lo peor estaba por llegar.
Porque el mal se había colado en su grupo. Había seducido al que, en apariencia, era el más leal y franco de todos. Y se había traducido en la muerte de tres de los cinco amigos: dos, a manos del Señor Obscuro al que servía en secreto; uno, a sus propias manos.
El traidor había sido llevado a Azkaban, donde agradecería el momento en que llegara su muerte.
Y él, el último, estaba...
Desde su cama, trató de mirar por la ventana al azul firmamento de la zona. Le pareció ver una escoba volando a la distancia, y de inmediato recordó cuántas veces había visto volar así a James durante una excursión o en un partido de Quidditch.
Lily había estado con él, en las gradas, gritando el nombre de su novio cada vez que marcaba un punto.
Peter se limitaba a ver a James, idolizándolo en silencio en medio de la algarabía.
Sirius era siempre el primero en saltar al campo para abrazarlo cuando ganaban un partido o animarlo cuando perdían.
Sirius, el mejor amigo de James. Sirius, quien lo había traicionado.
No quería pensar en él, pero era imposible. Aparecía en prácticamente todos sus recuerdos. Siempre sonriendo, planeando diabluras, dedicando poco tiempo al estudio y aún así obteniendo excelentes calificaciones. Siempre al lado de James y de Lily, de Peter y suyo, acompañándolo sin falta en las noches de Luna llena.
¿Cómo podía un amigo convertirse en un traidor?
¿Cómo podía alguien en quien confiabas ciegamente usar en tu contra todos los secretos que le has confiado?
¿Cómo puede alguien a quien llamas “hermano” ir ante alguien que te quiere matar y confesar que es tu Guardián del Secreto, sabiendo que está firmando tu sentencia de muerte?
Volvió a sentir que los ojos le ardían. Había llorado demasiado en los últimos días, pero tenía motivos. Por James y Lily, y por Harry, quien tendría que vivir con Muggles. Por Peter y su pobre madre, a quien no consolaría ningún reconocimiento ni Orden.
Por él, que había sobrevivido.
Pero no supo si debería llorar también por Sirius y por lo que estaría viviendo.Todos los colores sangran en rojo
Dormidos en la cama del océano
Llegando a mares vacíos
Por todos los días que me quedan
Atardecía. El paisaje que veía a través de su celda era realmente hermoso: el Sol, al ocultarse en el horizonte, se despedía con sus mejores tonos. Una luz rojiza se reflejaba sobre el mar. En una situación ordinaria, esa imagen podría ser un consuelo.
Pero no lo era.
Sirius no veía más que sangre donde había Sol y mar. La sangre de James, todavía fresca, brillando sobre su pecho. La sangre de Harry manando de la herida que tenía en la frente. La sangre de Peter cayendo al suelo junto con el dedo que acababa de cortarse.
"Soy culpable", pensó. "Pero también soy inocente."
Aún así, la cercanía de los Dementores lo obligaba a vivir una y otra vez sus peores recuerdos. Recuerdos que no tenían más de una semana de haberse creado.
Su única esperanza era que tenían que juzgarlo. Dumbledore seguramente acudiría y podría hablar con él, pedirle ayuda. Decirlo lo que realmente había ocurrido. Esperar que le creyera.
Pero había pasado ya una semana, y no había noticias ni de Dumbledore ni de Remus.
Ni de su juicio.
En eso, se abrió la puerta de su celda. Después de un instante a contraluz, tres figuras se trazaron ante él con nitidez. Dos eran Dementores, pero le tomó algunos instantes reconocer a la tercera.
Bart Crouch, de la Oficina de Aplicación de la Ley Mágica.
Instintivamente, Sirius dio un paso hacia atrás. Crouch pensaría que fue por respeto hacia él, pero en realidad se debía a los Dementores. No los quería tan cerca.
— Todavía estás cuerdo, Black —dijo Crouch con voz de trueno, como si lo lamentara.— Al menos espero que hayas comenzado a pagar por tus abominables crímenes.
— No tengo nada que pagar —dijo Sirius, recuperando por un instante su insolencia característica.— Soy inocente.
— Es lo que todos dicen aquí —respondió con un obvio deje de burla.
— Lo soy —insistió Sirius con ojos relampagueantes, aunque con voz más amarga, añadió— Al menos, casi por completo.
Crouch lo miró con desprecio.
— Por mí, puedes conservar esa idea por el resto de tu vida, o por lo menos, hasta que los Dementores te la quiten. Todas las pruebas te acusan. Decenas de testigos te vieron matando a un mago y a doce Muggles.
— ¡Que venga Albus Dumbledore! —dijo con voz desafiante.— ¡Dejen que hable con él y le explique qué pasó! ¡Verán que soy...!
— Ya hablé con Albus Dumbledore —interrumpió Crouch, autoridad moral y legal en su tono.— Él fue quien añadió el cargo más delicado en tu contra, Black. El de traición.
Sirius sintió como si lo hubieran apuñalado en corazón. Sólo pensó en el frío, aunque no se debía a los Dementores.
— Me dijo cómo, cuando le propuso a James Potter recurrir al encantamiento Fidelius, Potter le informó que sólo confiaba en una persona para pedirle que fuera su Guardián Secreto. Sirius Black. O sea, tú.
— ¡Le pedí a James que lo cambiara!
— Qué casualidad, ¿no crees? —preguntó Crouch sin prestarle atención.— Confiesa, Black, ¿por qué varios testigos entonces te vieron cerca de la casa de los Potter? Sabías que tu amo, El-que-no-debe-nombrarse, iría a matarlos, iría a matarlos.
— No, no lo sabía —respondió Sirius con voz ahogada.— Jamás imaginé que...
— Pero no contaste con que tu Señor sería derrotado. Por eso te escabulliste en Londres, ¿verdad? Porque sabías que tanto Aurors como Death Eaters irían detrás de ti.
Sirius negó con la cabeza. Era lo mismo por lo cual había acusado a Peter antes de su huida.
— ¿Por qué mataste a esos muggles, Black? Fue un acto realmente desesperado.
— Yo no los maté.
— ¿Y no confesaste haber matado a James y a Lily Potter cuando los Aurors te atraparon?
Sirius bajó la vista. Sí lo había dicho, pero era cierto. Por más que rechazara la idea, él era tan responsable de la muerte de sus mejores amigos como Pettigrew.
— Lo hice, pero no fui yo —murmuró.— Sólo quería ayudarlos... Había un espía entre nosotros
— ¿Y por qué no nos dijiste, muchacho? —preguntó Crouch con burla.— ¡Lo habríamos investigado por ti! Si todavía estamos a tiempo...
— Qué curioso —respondió Crouch, sin demostrar el menor interés en lo que Sirius le decía.— ¿Y se puede saber quién pensabas que era el espía? Quizá ahí haya alguna pista que explique tu conducta.
Sirius estuvo a punto de decir el nombre, más por reacción que por confesión. Pero vio la altanería y la soberbia en la mirada de Crouch, y se preguntó si investigaría a Remus aún cuando aclarara que había sido inocente. Recordó lo que había escuchado alguna vez: ante el Ministerio de Magia, los hombre lobo eran inferiores al resto de las personas. Sirius bajó la vista y confesó:
— Sospeché de la persona equivocada. Ése fue mi error.
— No, Black. Tu error fue permitir que te atrapáramos. Tu error, pero una ventaja para nosotros.
— ¿Que no entiende que soy inocente? ¡Peter Pettigrew era el Guardián Secreto de los Potter, no yo! ¡Mi verdadero error fue proponerle ese cambio a James!
Un relámpago de furia cruzó por la impasible mirada de Crouch.
— ¿Cómo te atreves a culpar a un muerto? —preguntó con desprecio y odio.
Pero antes de que Sirius pudiera explicar que Peter no estaba muerto y la historia de los tres animagos ilegales de Hogwarts, los dos Dementores se le acercaron. Aunque siempre se distinguió por su valor y por su osadía, tuvo que retroceder hasta que su espalda tocó el muro de su celda.
Veía ante él no sólo a los Dementores y a Crouch, sino el momento en que le propuso a James y a Lily que recurrieran a Peter, no a él. Era el plan perfecto.
— Pettigrew murió como un héroe y nos dio con su vida la oportunidad de atraparte —escuchó.— Deberías sentirte asqueado por intentar culparlo. Por suerte, la evidencia es obvia y la sentencia es lógica. Eres un maldito asesino y un despreciable traidor.
— ¿Qué? —murmuró Sirius, mirándolo con una expresión que aún no se perdía del todo.— Falta... mi juicio...
— No lo necesitas, Sirius Black. Nadie protestará cuando seas condenado a permanecer de por vida en Azkaban. No hay más que añadir.
— No... —gruñó entre dientes, intentando soportar los recuerdos que venían a él sin control.— No puede ser...
— Si existe la justicia, tendrás una vida larga y podrás pagar todo lo que has hecho. Si tienes suerte, morirás en poco tiempo. De cualquier forma, es un veredicto que alegrará a todo el mundo y consolará un poco a Dumbledore y a la madre de Pettigrew.
— Dumbledore... —murmuró Sirius, su mente recordando el momento en que entró en la casa de Peter y la encontró vacía.— Que venga... Dumbledore...
— Disfruta tu estancia, maldito traidor —dijo Crouch, mientras salía de la celda.— No recibirás nada que no hayas merecido.
— Soy... inocente...
Pero Crouch ya no lo escuchó. Sólo lo oyeron los Dementores, pero no comprendieron por qué el prisionero quería que acudiera el tal Dumbledore, ni qué significaba que Pettigrew estuviera vivo, y menos aún supieron por qué Remus no había ido a verlo.
¿Me indicará el Norte la verdad?
¿Por qué debería?
¿Por qué debería llorar por ti?
— Tienes una linda vista desde aquí, Remus.
La voz de Dumbledore le pareció irreal y distante aunque estaba a menos de cinco metros de él. Remus lo miró de reojo sin comentar nada, involuntariamente esperando que no se percatara de que algunos muebles del cuarto estaban rotos, al igual que el espejo que había sobre su cómoda.
— Entiendo que no quieras separarte de estas imágenes —continuó Dumbledore— pero estás perdiendo los últimos días del estío. Además, llevas encerrado casi una semana. Eso no puede hacerte bien.
— No he tenido ánimo suficiente para salir, director —respondió en un tono como si todavía estudiara en Hogwarts.
Dumbledore no comentó nada sobre las razones de su estado de ánimo. Apartó la vista de la ventana y como por primera vez reparó en los daños que tenía el mobiliario.
— He escuchado —dijo casualmente— que los hombres lobo conservan parte de su temperamento agresivo días después de la luna llena —y al ver que Lupin daba un respingo, añadió con el mismo tono amable.— No lo había creído, pero por otra parte, comprendo tu caso.
— Lo pagaré apenas...
— Remus, no te estoy cobrando nada —interrumpió, sin borrar una débil sonrisa de su rostro.— No me preocupan los muebles ni los espejos. Me preocupas tú.
— Estoy bien —mintió de inmediato, volviendo a apartar la mirada.
De momento, Dumbledore no respondió. Remus comprendió que había hecho algo digno de Sirius: mentir con tal de tranquilizar a alguien, aún cuando todas las pruebas estaban en su contra. O por lo menos era digno del Sirius que había creído conocer.
La noticia de las muertes de Lily, James y Peter por culpa de la traición de su supuesto mejor amigo había impedido que el lobo en su interior regresara a su sueño tan rápido como acostumbraba. Y eso que no había querido pensar lo que sería de él, pensó Remus, distraído.
— Me gustaría creerte —dijo Dumbledore al final.— En verdad que me gustaría creerte. Pero llevas una semana en silencio, solo con tus pensamientos.
— ¿Se ha sabido algo del juicio? —preguntó, sin querer continuar con esa parte de la conversación.
— No he recibido información alguna de Crouch —respondió Dumbledore, en apariencia comprendiendo sus deseos.— De hecho, pensaba ir a Azkaban en una hora.
Y, volviendo a mirar al que en algún tiempo fue su alumno, y sutilmente obligándolo a que lo viera a los ojos, preguntó:
— ¿Quieres acompañarme?
— No.
De momento, pareció que era la última palabra entre Lupin y Dumbledore. El hechicero más viejo no dijo nada, como si no quisiera insistir, y se dirigió hacia la puerta. De haber visto al joven, habría descubierto en su mirada la más pura de las ansiedades, como si quisiera que le preguntara las razones de su respuesta al mismo tiempo que se negaba a compartirlas con alguien más.
Dumbledore se detuvo en la puerta y, sin voltear, dijo:
— Quizá ésta sea tu última oportunidad de verlo por lo que les quede de vida.
Remus no supo si esperaba o no respuesta. Estaba mirando de nuevo por la ventana y, cuando vio hacia la puerta de nuevo, Dumbledore se había marchado.
— No quiero hablar con Sirius, director —murmuró hacia la puerta, aunque ya se encontraba cerrada.— No podré soportarlo. No podré mirarlo a los ojos. No podré preguntarle por qué traicionó a James, si lo quería como a un hermano. No podré preguntarle por qué consistió en la muerte de Lily, a quien adoraba. No podré preguntarle por qué mató a Peter después de protegerlo tanto. No podré hacerlo.
Y hasta que se calló, notó cuán insoportable era el silencio que lo rodeaba.
— No podré hacerlo... sin darle su última victoria —murmuró en voz todavía más baja.— Sin echarle en cara que ahora estoy solo...
Suspirando, Remus fijó la vista de nuevo en el campo de Quidditch. Un grupo de niños estaba a punto de tomar su primera lección de vuelo.
Cómo le desagradaba volar. Podía hacerlo, pero lo evitaba siempre que podía. James, en cambio, parecía haber nacido para ello. Y quién sabe cómo hizo Sirius para no romperse el cuello con cada pirueta que inventaba.
Siempre le quedaba más osadía de la usual después de una noche de Luna llena.
La luna, siempre la luna... la misma que los había vuelto tan cercanos, como lo presintió desde la noche que llegaron a Hogwarts. Sirius, con el nombre de una estrella; él, maldito por ella.
"¿Por qué no nos dijiste que eras un hombre lobo? ¡Demonios, somos tus amigos! ¡Dormimos en la misma habitación! ¿Pensaste que jamás nos daríamos cuenta? ¡No íbamos a rechazarte!"
Cuando llegó el momento de las confesiones, de que no le quedara más remedio que aceptar que les había mentido porque no quería perderlos, Peter había permanecido callado, tratando de no meterlo en un lío mayor; James , apoyándolo con la mirada, no había hablado hasta que los temperamentos se calmaran un poco; y Sirius había pedido —no, exigido— saber la verdad. En nombre de la amistad que compartían.
Fueron las palabras de Sirius las que lo obligaron a aceptar, por vez primera en voz alta y ante las personas que más queridas le eran, que sí, que era un hombre lobo, que había sido mordido cuando era muy pequeño y que jamás había matado a nadie, que supiera.
Y ahora, él quería la misma explicación.
Quería que Sirius Black, también conocido como Padfoot, quien se convirtió en animago por él aunque arriesgara su vida, le confesara por qué había hecho lo que había hecho. Quería que le dijera por qué se traiciona a un hermano, por qué se mata a un amigo, por qué se destroza el alma de alguien que al fin ha encontrado la felicidad en su vida.
Sin querer, Remus comprendió qué era lo que realmente quería escuchar.
Que Sirius le confesara que era inocente.
Era imposible, lo sabía. Pero era lo único que quería saber sobre el que algún día fue su amigo. Que explicara sus razones o que le dijera que todo era un error.
Sin pensar, Remus salió de su cuarto. Quizá todavía podía alcanzar a Dumbledore, pensó mientras corría hacia la oficina del director. Quizá todavía podría acompañarlo a Azkaban...
Pero su carrera no duró mucho. Se detuvo cuando se topó con Dumbledore a pocos metros de su habitación. Estaba leyendo una carta; la lechuza que la había llevado, ataviada con la insignia del Ministerio de Magia, estaba parada sobre el marco de una ventana.
— ¿Director? —preguntó, temiendo lo que iba a escuchar.
Dumbledore no volteó. Sólo dijo con voz absolutamente triste:
— Es demasiado tarde.
— ¿Qué ocurre?
— Han sentenciado a Sirius. Lo han condenado a permanecer de por vida en Azkaban.
Remus sintió que le faltaba el aire.
— Pero no lo han juzgado... —murmuró.
Dumbledore volvió a doblar la carta, pero sin mirar a su ex-alumno.
— Dadas las evidencias, no consideraron necesario hacerlo.
Vida en Azkaban, pensó Remus. Sirius jamás volvería a ver la luz del Sol, ni a sentir el calor del verano, ni a encontrar la alegría dentro de su corazón. El muchacho que buscaba su estrella en el cielo ahora sólo tendría a los Dementores como compañía.
Eso significaba que había pruebas suficientes en su contra. Que ya no había por qué dudar.
Sirius era culpable de la muerte de esos Muggles. Había asesinado a Peter. Había traicionado a Lily y a James.
Dumbledore se obligó a no mirar hacia atrás cuando escuchó que Remus, demasiado conmovido para decir palabra alguna, corría de regreso a su habitación y se encerraba en ella de un portazo. Escuchó un llanto que, de momento, pareció más un aullido. También oyó el claro ruido de un puñetazo contra un cristal que vuelve a romperse, tal vez el de un espejo. Dumbledore, lágrimas en los ojos, sólo apuntó a la puerta en su varita y murmuró un hechizo.
Aunque el ruido ya no salió por la puerta, no quiso detener a Remus. No tenía derecho a interrumpir su luto.Ángeles obscuros me siguen
Sobre un mar sin dios
Montañas de caídas interminables
Por todos los días que me quedan
¿Qué sería verdad?
¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Poco más de un año? Daba igual, le habían parecido mil.
Mil años en el infierno.
Era de noche y Sirius estaba tumbado, boca abajo, en su celda. A pesar del frío, sólo lo cubría una raída túnica gris. Su largo cabello, alguna vez hermoso y brillante, caía sucio y descuidado sobre su espalda y sobre el piso. Su piel se había vuelto muy pálida, había adelgazado mucho y sus ojos claros, alguna vez llenos de vida, parecían dos lagos hundidos en medio de la noche.
Llevaba varias horas inmóvil, incapaz de conciliar el sueño. Las lágrimas que a diario derramaba dejaban profundas sombras alrededor de sus ojos y una pesadez enorme en su corazón, negándole el consuelo del descanso. La luz de la luna llena caía directamente sobre él, pero no quiso recordar nada. Un solo pensamiento feliz atraería de inmediato a esos malditos Dementores.
Iba, eso sí, a intentarlo esa noche. No tenía nada que perder.
Por alguna razón, todavía no se había vuelto loco. A través de la puerta de su celda, había escuchado que era un caso extraordinario. Pero ni él mismo sabía a qué se debía que conservara gran parte de su lucidez.
¿Dónde estaría Peter?, se preguntó, distraído. ¿Lo habrían atrapado los Death Eaters que sobrevivieron a la caída de Voldemort? Al mismo tiempo, Sirius deseó que fuera y no fuera así. Si Peter había muerto, habría pagado cara su traición. Pero su muerte significaría que jamás podría demostrar su inocencia.
Como si importara. Ni siquiera podía salir de ese cuarto.
¿A quién, además, iba a demostrarle que era inocente? Dumbledore, obvio, jamás había hablado con él. Había confiado más en lo que James le confesó antes de morir, ¿y quién podría culparlo? El plan para engañar a Voldemort había engañado a todos, menos al que debía. Por culpa de un traidor, de un maldito traidor.
¿Se lo demostraría acaso a Harry? Sirius recordaba que la hermana de Lily era muggle y despreciaba a los de su clase. En lugar de haber pasado ese tiempo (y el que le faltaba) en Azkaban, sabía que debería haber estado al lado de Harry, educándolo como mago y protegiéndolo contra la orfandad y la tristeza. Ojalá que por lo menos fuera feliz.
¿Acaso le demostraría su inocencia a Remus?
Remus nunca había ido a verlo. No asistió antes de que prohibieron las visitas al condenarlo, y si quiso hacerlo después, le habría sido imposible. Jamás había vuelto a saber de él. ¿Estaría vivo o muerto? ¿Habría encontrado nuevos amigos que no lo despreciaran? O, como él, ¿estaría solo?
¿Habría creído, aunque fuera por un segundo, en su inocencia?
Siempre recordaba a Remus en noches de luna llena...
En eso, finalmente escuchó lo que había estado esperando. Unos pasos, indiscutiblemente de ser humano, se acercaban por el pasillo que había afuera de su celda. Notó de reojo que una luz se acercaba y cerró los ojos, fingiendo estar dormido.
Escuchó una voz que decía:
— ¡Todo bien! ¡El siguiente!
Y los pasos se alejaron. Esa ronda regresaría hasta el amanecer. Ningún humano volvería a acercársele en horas.
Sirius empezó a concentrarse. Apretó los ojos hasta que brotaron lágrimas de ellos, desesperándose al comprender que le estaba tomando demasiado tiempo. No podía ser que hubiera perdido su don.
Y, de repente, sintió un poco más de calor. Su cuerpo estaba cubierto con un espeso pelaje negro.
De no haberse sentido tan triste y cansado, Padfoot habría dado un par de saltitos. Conservaba la capacidad para transformarse. Tal vez le ayudaría un poco a sobrevivir.
Los Dementores no percibieron el cambio que había tenido lugar dentro de la celda, pero Padfoot sí lo sintió. De momento, los recuerdos tristes no pesaron tanto sobre su alma. El perro dio una vuelta alrededor de la celda, tratando de acostumbrarse nuevamente a esa forma. Un rato después, se echó sobre el piso.
Miró por la ventana. Su estrella, Alpha Canis Majoris, brillaba en el cielo. En apariencia, no estaba muy lejos de la luna llena.
En otros tiempos...
Padfoot suspiró, apoyando su cabeza sobre sus patas delanteras. El tiempo de las aventuras y de las amistades eternas había quedado atrás.
Cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño. Tenía que descansar, quizá dormir un poco. O se volvería loco, a pesar de lo extraordinario que resultara su caso.
Con ironía, supo que sólo estaba postergando el momento en que eso ocurriría.A veces veo tu rostro
Las estrellas parecen perder su lugar
¿Por qué debo pensar en ti?
¿Por qué debo?
¿Por qué debería?
¿Por qué debería llorar por ti?
¿Para qué querrías que lo hiciera?
¿Y qué significaría decir
“te quise a mi manera”?
¿Qué sería verdad?
Había hechizado las puertas y ventanas para evitar cualquier accidente. Nadie podía entrar ni salir de esa habitación hasta que desactivara las barreras y había llevado cuanto pudiera destrozar (que no era mucho) a otro cuarto.
Remus miró la luz del atardecer a través de la ventana. Involuntariamente, su tono rojizo le recordó el cabello de Lily.
No se atrevió a sonreír, aunque ése fue su primer impulso. Todo había quedado atrás.
Sin evitarlo, pensó lo mucho que ella y James se preocuparían si supieran lo que había pasado la semana anterior.
Su tercer empleo perdido en menos de un año. Y todavía no encontraba otro.
Si algo había aprendido era que de nada le servía mudarse constantemente. Tarde o temprano, los magos descubrían lo que era. Y ningún muggle soportaba a un empleado que desapareciera dos días por mes. Los únicos trabajos en donde no importaba tanto su condición requerían que se deshiciera de criaturas obscuras que se hubieran avecindado en una aldea. Lo malo es que, si lo aceptaban, era porque no podían pagarle mucho.
En otros tiempos, el dinero no le habría importado tanto. De hecho, lo recordaba sólo cuando tenía que volver a remendar sus túnicas desgarradas o cuando no le alcanzaba para comprar una barra de chocolate. Lo que más le dolía era que no podía empezar a apreciar a alguien cuando ya tenía que despedirse, sin que ese alguien le pidiera que se quedara.
Aunque sólo había transcurrido un año, era obvio que la época en que tuvo amigos había terminado. Pero al menos James y Lily y Peter ya descansaban, aunque hubiera sido contra su voluntad. Él seguía vivo.
Igual que Sirius.
Suspiró, mirando cómo la obscuridad empezaba a inundar el firmamento. En su vida diaria, Remus se había prohibido pensar en cualquiera de ellos. No porque no quisiera recordarlos, sino porque regresar al presente resultaba demasiado doloroso. Pero en las noches de luna llena, ninguna barrera mental era suficiente.
Trató de distraerse al pensar en una poción de Wolfsbane que, según escuchó, estaba desarrollándose. Se decía que le permitiría a un hombre lobo conservar su mente aunque la transformación sería inevitable. Quizá algún día la probaría, aunque sabía que quizá tomaría muchos años en perfeccionarse.
Pero la distracción no funcionó de nada. El lobo liberaba los recuerdos aunque el cambio todavía no se completaba. Comprendiendo que no tenía caso luchar, se permitió recordar lo que el resto del mes estaba prohibido.
Su mente regresó a Hogwarts, a una de aquellas tardes de visita en Hogsmeade. Los cinco estaban reunidos en Las Tres Escobas. Pettigrew empezaba a cabecear después de su segunda cerveza de mantequilla (nunca soportó bien el alcohol, por ligero que fuera). A Black le había dado por coquetear con Evans y a justificar su conducta insultando a Potter, como cuando eran más jóvenes. Y, sin embargo, todos sabían que ésa era su forma de demostrarles cuánto le importaban. Lupin se había limitado a escucharlos, opinando de vez en cuando y riendo mucho, y sintiendo en su alma el calor producido por la combinación de felicidad y de cerveza.
No había querido hablar con Dumbledore de nuevo después de enterarse de la condena de Sirius. El director le escribía con relativa frecuencia, pero Remus todavía no podía responder a sus cartas. También había dejado de llorar. Se entristecía —era inevitable— pero ya no lloraba. Sus lágrimas no le devolverían la vida a sus amigos. Ni siquiera lloraba por Harry, a quien no había vuelto a ver.
Ni por él.
Y menos aún por Sirius.
"En algún momento”, pensó, empezando a notar una débil y pálida luz plateada en el cielo, “Sirius nos quiso a todos. No podía ocultarlo. Lo que jamás entenderé es qué tipo de cariño fue, si no dudó en traicionarnos. Y tampoco entenderé cómo pude llorar por él."
Por suerte, ya no tuvo que preguntárselo. Sintió la punzada de dolor que indicaba el inicio de otra transformación, y su mente dejó de pertenecerle.¿Por qué debería?
¿Por qué debería llorar por ti?
¿Por qué debería llorar?
Cinco minutos después, un enorme lobo gris daba vueltas alrededor de la habitación, enojándose por no poder salir de ella. Furioso, arañó la puerta y las paredes, gruñendo cada vez más fuerte. Al final, furioso, el lobo comenzó a morderse una de sus patas hasta que brotó sangre de ella.
Por alguna razón, Moony pensó en un tiempo en que no fue así. Recordó un sauce y noches de aventuras y de amigos. Recordaba a Prongs, el ciervo. A Wormtail, la rata.
A Padfoot, el enorme perro negro de ojos claros.
¿Por qué se habían ido? ¿Por qué no estaban con él?
Moony se provocó una nueva herida. Pasó así toda la noche. Sólo se detenía en ocasiones para ver el cielo nocturno.
Cerca de la hermosa luna llena, brillaba una luz. La Estrella Canina.
Y lo que quedaba de conciencia en Moony se preguntó por qué se sentía tan triste cuando las veía juntas.
finis
Nota:* Este fic tiene una especie de secuela en otro songfic basado en una canción de Sting. Si quieres curiosidad, lee Esta canción de vaqueros.